La ciudad y los días

Carlos Colón

ccolon@grupojoly.com

Dickens vive 150 años después

Se le ha atacado mucho. Como a Chaplin o a Ford. Pero sus atacantes han sido olvidados y él vive

Llego tarde a los oficios por el 150 aniversario de la muerte de Dickens, ocurrida el 9 de junio de 1870 en su casa de campo de Gads Hill Place. Me sitúo al final, tras quienes han escrito sobre él en este aniversario que, a causa de los tiempos difíciles que vivimos, ha pasado relativamente inadvertido. Hasta a mí, que lo tengo en mi personal panteón junto a Conrad, se me pasó el día 9. En 1970 el centenario de su muerte se conmemoró con exposiciones, ediciones, películas, una emisión de sellos de la Royal Mail y un divertido mercadeo kitsch -tan suyo- del que he recuperado tazas, ceniceros y platos con las ilustraciones que Seymour, Cruikshank y H. K. Browne Phiz hicieron para sus obras. También en 2012 se celebró por todo lo alto el bicentenario de su nacimiento con ediciones, mercadería, más sellos y la espléndida exposición Dickens and London. Pero ahora hay otras urgencias.

Se le ha atacado mucho. Hasta con rabia. Como a Chaplin o a Ford, que tanto le deben. Pero sus atacantes han caído uno a uno en el olvido mientras él sigue vivo, leído y amado. Porque, como ha escrito el ogro de la crítica literaria Harold Bloom, "si existe un tercer autor occidental de la misma universalidad [que Shakespeare y Cervantes] desde el Renacimiento hasta ahora, sólo puede ser Dickens". Dedicándole el más alto elogio, dada su veneración por él, que pudiera hacerle: "Dickens es el Shakespeare de la novela". Pero no es necesario, aunque nunca esté de más, citar autoridades. Dickens se basta a sí mismo, sus obras le defienden mejor que los elogios de los críticos y sus lectores le aman sin precisar que ese amor se justifique. Basta lo mucho que le debemos desde hace tantos años y el placer inteligente, divertido y emocionado que sentimos al releerlo.

¡Tantos años con él! ¿Cuándo lo leímos por primera vez? Está tan unido a nuestras vidas que a muchos nos lo leyeron nuestras madres antes de que pudiéramos leer libros. Mi primer Dickens fue la edición de Oliver Twist en la Colección Historias de Bruguera con ilustraciones de Ángel Pardo (a quien, como sucesor del gran Miguel Ambrosio Zaragoza Ambrós, debo muchas entregas de El Capitán Trueno). Si algún día fuera necesario huir al bosque de los hombres libro de Farenheit 451 lo tendría difícil para elegir en cual convertirme. Pero sé que al final solo dudaría entre Lord Jim y Los papeles póstumos del club Pickwick... O quizás Grandes esperanzas.

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