TRIBUNA LIBRE

Carlos Martín Ballester

Don Antonio Chacón: flamenco y genio (y renovador)

Lejos, muy lejos de lo que pretenden algunos, el flamenco ha sido siempre una música en continua evolución. Adoptando y adaptando sones más o menos cercanos, fue ensanchando su lenguaje y repertorio, ajeno al ensimismamiento y la repetición inane, salvo a partir de mediados del pasado siglo, cuando se empezó a confundir –en ciertos ambientes– pureza con encorsetamiento. Esas aportaciones se dirigieron no solo a los cantes más asentados en el repertorio, sino a los tangos de variada ralea, al inmenso campo malagueño-minero-levantino, las canciones o cuplés por bulerías, los fandangos personales, etc.

Con ese fin, es obligación de todo artista –siempre que lo sea– aportar su personalidad, es decir, pasar por esta vida dejando algo de su impronta flamenca. Lo que Pastora Pavón, la gran Niña de los Peines, venía a decirle en 1950 al periodista Miorgo: “Cante a su capricho, que así lo hago yo. El cantaor tiene que serlo de corazón. Esto no se aprende, sino que sale así, así o así”. Esto, que de por sí es un gran logro, tiene un escalón superior: la renovación.

Hoy, que tanto se emplea este término en el flamenco para justificar los proyectos más insólitos, se suele olvidar un axioma fundamental: el intérprete que aspire a renovar alguna faceta del flamenco debe conocer a fondo nuestra música. Pero –siendo esto cada vez más infrecuente– necesita algo más: si no posee una personalidad muy marcada, o un grado de virtuosismo excepcional, o una inteligencia musical desbordante, por mucho que persista, jamás alcanzará su objetivo. Quien no posea alguna de estas virtudes, que no desespere: en la actualidad el aficionado –más o menos despistado–, la prensa –¿musical?–, y por supuesto, los gestores públicos, suelen engullir multitud de propuestas ‘rompedoras’ e ‘iconoclastas’ con el argumento de que se está renovando en el uso de la libertad creativa. Y, claro, ¿quién puede estar en contra de la libertad?

Este preámbulo viene a cuento del tema objeto del presente artículo: Don Antonio Chacón. Jamás hubo –ni habrá– cantaor más conocedor del conjunto de cantes y formas que le precedieron, ni más audaz en su universo de creación ni, por supuesto, más dotado vocalmente para llevar a buen puerto tan difícil tarea. En cuanto al primero de los asertos, recordar que Chacón –nacido en 1869 y dotado de una infinita afición–, tuvo la posibilidad de impregnarse del cante de figuras fundamentales como Silverio, Curro Dulce, el Loco Mateo, Joaquín Lacherna, La Serneta, El Mellizo, La Trini, El Marrurro, y tantos otros.

Con esos conocimientos y vivencias, en el ocaso del siglo XIX, se adentró en el segundo de los desafíos: la creación. El género flamenco sería otro bien distinto, más pobre, sin duda, sin la aparición del jerezano. Gracias a él, el horizonte malagueñero se amplió con diferentes estilos, verdaderas cumbres de nuestro género. Asentó y dio forma definitiva a la granaína y media granaína, parándolas y dotándolas de una musicalidad desconocida. En el mundo de los cantes minero-levantinos vertió buena parte de su creatividad, tanto en las cartageneras como en las tarantas. Cantes como el mirabrás, los caracoles, o los diferentes tangos que impresionó, se convirtieron en canon para las generaciones posteriores.

Todo lo anterior no habría sido suficiente si Don Antonio –andaluz por los cuatro costados– no hubiera sido obsequiado con un instrumento vocal único. Musicalmente hablando era un prodigio: voz de tenor, de emisión y afinación perfecta, con graves ricos y envolventes, agudos inalcanzables, y con seguros pasos medios sin caídas en color o intensidad. Así le confesó al periodista Juan Ferragut en 1926: “El año 90 [1890] me oyó Gayarre, y me dijo una frase que nadie ha acertado a explicarme: ‘Muchacho: si tú quieres, yo te llevo a Milán y te costeo los estudios para tenor. ¡Tienes una voz que parte un tono en cuatro!’ Yo no he sabido lo que quiso decir aquel coloso que, como murió poco después, no pudo cumplirme su promesa...”

Para fortuna nuestra, su arte se registró tanto en cilindros de fonógrafo, como en discos de 78 rpm. En el primer caso, en varios de los gabinetes fonográficos más prestigiosos de la España de finales del XIX y junto al guitarrista Miguel Borrull Castelló. Y en discos de pizarra, con la bajañí de Juan Gandulla ‘Habichuela’, Ramón Montoya y Perico el del Lunar. Quienes alcanzaron a escuchar en persona a los grandes cantaores que impresionaron en ambos soportes de grabación (circa 1890-1960), suelen asegurar que sus registros nada tienen que ver con su verdadera dimensión flamenca, lo cual es comprensible y lógico. Pero que este argumento no confunda al buen aficionado de lo que realmente aportan esos registros sonoros: una muestra –más o menos aproximada– de lo que fue el arte y la creatividad de una época concreta, un abanico de detalles en los que detenerse, en cada tercio, en cada inflexión de voz. En definitiva, el inmenso legado sonoro de un periodo fundamental, en el que la transmisión oral fue un elemento consustancial al proceso creador, lo que propició un amplio ejercicio de la libertad interpretativa. Y en eso, Chacón, fue primus inter pares.

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