Crónica personal

Pilar / Cernuda /

'Excalibur'

09 de octubre 2014 - 01:00

EXCALIBUR es el perro de Teresa Romero y su marido, y se ha convertido en un símbolo para las asociaciones que luchan contra el maltrato animal, así como para centenares de miles de personas que han emitido tuits para intentar salvarle la vida.

El Gobierno madrileño, de acuerdo con médicos y especialistas, determinó que debía ser sacrificado porque no se conoce el comportamiento del ébola ante los perros, si pueden o no ser afectados por el virus y si pueden contagiar el ébola durante el periodo de incubación de la enfermedad o cuando ya han aparecido los primeros síntomas, como ocurre con las personas. Por no saber, ni siquiera saben los expertos cuánto dura en los perros el periodo de incubación, si efectivamente pueden sufrir la enfermedad.

Es evidente -no hay más que salir a la calle- que existe una psicosis generalizada respecto al ébola, y es evidente también que las autoridades han fallado en la forma y fondo de transmitir información, porque han provocado la alarma social que pretendían evitar. No ayudamos los medios de comunicación, tampoco quienes ponen en cuestión la sanidad española cuando es una de las mejores del mundo aunque siempre se pueden cometer errores, y tampoco han ayudado algunos miembros del sector sanitario que aprovechan la desgracia para hacer política.

En todo este cúmulo de desgracias, causa estupor que se haya puesto más el acento en Excalibur que en el estado de salud de Teresa Romero, cómo evoluciona su enfermedad, si son efectivos los anticuerpos que le han suministrado, cuál es su estado de ánimo y el de su marido, si la causa del contagio está en que se tocó inadvertidamente la cara o que se desprendió con excesiva rapidez del traje especial pensando que no eran necesarios los detalles que exigía el protocolo de actuación… La atención se ha centrado en el perro de la familia. El marido de Teresa exigía que fuera puesto en observación; las autoridades indicaban que no se sabía el tiempo que se necesitaba para desarrollar la enfermedad ni tampoco de qué forma podía contagiar a quienes tuvieran contacto con él.

El dolor que provoca enviar a un perro al sacrificio sólo lo conocen quienes conviven con ellos, saben de su lealtad, el afecto tan profundo que se siente por ellos. Pero dicho esto, provoca amargura que haya tantos a los que parece inquietar más Excalibur que Teresa Romero. Que les importa más la vida de Excalibur que la vida de quienes podrían ser sus víctimas.

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