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Gaudeamus igitur

Hay muchas más historias de amor apasionadode las que a simplevista pensamos

Hace unos días hablé de la película Bola de fuego (Howard Hawks, 1941). Un amable lector pasó un kilo de lo que yo comentaba acerca de la fugaz y feliz justificación de la existencia de los personajes secundarios y se fijó en una escena fundamental. ¡Bien por el lector pasota! Primero, porque una columna tiene que ser -horizontal- un trampolín que permita al inquieto lector lanzarse de cabeza a sus propias sugerencias. Es un comienzo de conversación. Y bien por el lector también porque la escena que él señalaba era maravillosa.

La de un puñado de viejos sabios, generosamente estremecidos ante el enamoramiento apasionado de un joven colega, que hablan de amor. El único viudo de los presentes les pide que tarareen una canción que le recuerda a su esposa. Cuando acaban, les pide que vuelvan a hacerlo. Y otra vez: por favor, que vuelvan a hacerlo. Qué manejo del tiempo. Qué valor el del director, que sabe que no nos va a aburrir con esos viejos tarareando mal una canción desconocida y antigua. Todo lo contrario: nos estremece hasta lo más profundo.

¿Hasta lo más profundo? No, qué va, aún va más hondo muy disimuladamente. Cuando terminan, se ponen a cantar el Gaudeamusigitur. Ya saben ustedes que es el himno universitario por excelencia, como resume la Wikipedia. Se trata de una canción estudiantil anónima. En realidad se titulaba De brevitate vitae (Sobre la brevedad de la vida). Aunque su letra es poco académica, la mayoría de las universidades la suelen tomar como himno en las grandes solemnidades. Para colmo de gozo y de vida universitaria auténtica, algunas estrofas no son políticamente correctas. Aunque muchos coros se autocensuran, otros, en la mejor tradición goliárdica, no. La universidad es una institución tan venerable como rebelde.

¿Por qué me parece tan emocionante que ese puñado de viejos profesores se ponga a cantar el Gaudeaumus? Pues porque estaban hablando de amor y ya habían cantado una canción de amor, y el amor de sus vidas (nos dice la película sin una sola moralina y sin una sola explicación, apenas con la música) ha sido el saber y la universidad. Ellos también tienen su historia romántica, saben lo que es estar enamorados y han conocido realmente el compromiso y el riesgo de apostar toda la vida a una sola carta. Parecen achacosos y ridículos, pero han vivido por una pasión: la pasión de la inteligencia, de la enseñanza, de la verdad.

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