Tierra de nadie

Alberto Núñez Seoane

Hijos de la Moncloa

ES difícil elegir por donde comenzar, complicado escoger uno entre tantos asuntos sobre el que centrarme, para escribir sobre él. Cuando los acontecimientos se precipitan con atolondrada rapidez y lo hacen sin atención a ningún tipo de orden, faltos de concierto y en absoluto y frenético tropel; la posibilidad de opinar sobre ellos con cierta calma y el aconsejable equilibrio, es remota. Por desgracia, en la España en la que estamos, la abundancia de “material”, en lugar de ser muestra de riqueza, variedad y alternancia social, lo es de locura, incoherencia y deslealtad, amén de toda una larga serie de bárbaros desatinos que no predicen otra cosa que no sea angustia y enfrentamiento, violencia y dolor, me temo que mucho dolor.

La tromba de espeluznantes nombramientos, decisiones insostenibles, pasmosas falsedades, desprecios injustificables, vomitivas afrentas, olvidos imperdonables y, sobre todo, de traiciones inaceptables, que copa periódicos e informativos, no deja tiempo a la reacción; asombrados y estupefactos ante la incesable sucesión de estupideces, mamarrachadas y barbaridades que se permiten, suscitan o fomentan desde el Gobierno, incapaz y oportunista, que nos ha caído encima. Esto, pinta bastante peor de lo que, ya de por sí, parecía.

Puesto a decantarme por una de las penúltimas sonoras estupideces, lo voy a hacer por las declaraciones, para enmarcarlas, de un personaje un tanto peculiar: la ministra Celaá.

“No podemos pensar, de ninguna de las maneras, que los hijos pertenecen a los padres”, afirmó la sin igual lumbrera. Es obvio que los padres no queremos, ni pretendemos, “apropiarnos” de la personalidad de nuestros hijos. Educarlos no significa anular su carácter. Protegerlos no implica destruir su individualidad. Aconsejarlos, prevenirlos y guiarlos, hasta que “vuelen” solos, no supone absorber ni suplantar su libertad ni su capacidad de decisión; son evidencias, permítanme la redundancia, palpables. El contexto en el que la individua a la que me refiero nos “ilustró” con su verborrea nacional-socialista no era otro que el derecho de los padres a permitir, o no, el adoctrinamiento de sus hijos de muy corta edad en determinas materias. Intento de “apropiación indebida”, alarmante, por los que ahora se sientan en La Moncloa.

A los chavales hay que enseñarlos, no condicionarlos, menos, someterlos. Los padres, responsables de sus hijos, que no el Estado, que no lo es; tienen el derecho, inalienable, a educar a sus hijos en sus creencias y tradiciones. En tanto no se incumpla ley vigente alguna ni se atente contra los derechos fundamentales de la persona; soy yo, no la ministra mentecata de turno, quien decide si mis hijos van a un colegio católico, judío o musulmán; yo, quien decide el modelo educativo que prefiero para ellos; yo, quien les enseño lo que creo mejor o peor para ellos; yo, quien le prevengo, por ejemplo, de mamarrachos como la ministra en cuestión.

“Vuestros hijos son del partido. El partido está por encima del individuo”, lo dijo el mayor criminal de guerra de la Historia: Stalin. “Tú hijo ya nos pertenece”, lo dijo el que sigue en la lista del horror al anterior: Hitler. Como ven, no es nada nuevo; pero sí muy inquietante. No se trata de que la insignificante ministra de no sé qué tenga, ni vaya a tener, relevancia alguna: desaparecerá del panorama y en poco tiempo nadie se acordará jamás de ella; lo preocupante, y mucho, es lo que sus palabras delatan.

El Gobierno de Sánchez está dispuesto a llevar a los tribunales el derecho de los padres a evitar que sus hijos de cuatro, cinco, o seis años, sean adoctrinados en determinadas tendencias sexuales, las que decida el gobierno. Si algún miembro del colectivo LGTBI quiere educar a sus hijos en su modo de vida, en sus costumbres y preferencias, a mí me parece muy bien, es lo que ellos han elegido y lo que piensan mejor para aquellos a los que quieren; pero yo haré lo mismo con los míos: ni yo le voy a decir a ellos lo que es mejor para sus hijos, ni ellos me lo van a decir a mí; mucho menos el Estado, manejado, falseado y pervertido por vaya usted a saber quién: de momento, miren, miren el “nivelazo”, cultura, principios y formación de la mayoría de los que tenemos ahora apalancados en el gobierno…

Luego… llegó Ábalos, la auténtica, más que lumbrera yo diría que tragaluz o tal vez, claraboya del Gobierno, para “ayudar” a su compañera de gabinete y, de paso, apuntalar sus desvaríos: “Los padres no tenemos derecho a decidir lo que tienen que pensar nuestros hijos”, dijo el botarate; pero el Estado sí, ¿no?, pregunto. ¿Quién pretende decidir lo que van a pensar nuestros hijos, cuerpoescombro? Lo que queremos es que, con la mejor educación posible, sean ellos quienes decidan cómo quieren pensar, lo que quieren hacer y, sobre todo, cómo y qué quieren “ser”; no espero que lo comprendas, ¡gurriato! Puedo replicar durante horas y días, con contundencia, la demagogia, pero lo de este hombre es demasiado burdo, mediocre y chapucero como para hacerlo, mejor ignorarlo, ni vale la pena rebatirlo, además, seguro que no se enteraría de ná. Lo tremendo, es que este fulano es ministro de Transportes, Movilidad y Agenda Urbana: cientos de miles de millones de euros a sus órdenes y antojo…

Celaá, Ábalos, Sánchez… y compaña: la libertad no se toca, al menos, no la que ya hemos conseguido. El derecho a la educación, “e-du-ca-ción”, no implantación, manipulación ni adoctrinamiento, es sagrado, “sa-gra-do”. No me vais a decir vosotros lo que está bien y lo que está mal, ni lo que tengo que enseñarle, o no, a mis hijos. No metáis vuestras manazas en mi familia.

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