Uno se pasa el invierno soñando con leer por las tardes en el jardín, pero llega el verano y llegan los insectos y tiene que embadurnarse de Autan y de Halley para poder sentarse fuera un rato corto. Las moscas bajo el sol y los mosquitos por la noche se han repartido el globo terráqueo como en un Tratado de Tordesillas. Y los mosquitos hacen incursiones dentro de casa. Suena el zumbido de su vuelo a ras como el de un triplano Fokker de un barón rojo diminuto y sediento de gloria.

Si hago memoria, tenemos un consuelo. Las hormigas de casa de mis padres (cierro los ojos y oigo las quejas desesperadas de mi madre) eran voraces e incansables como las de la fábula. Quizá de entonces viene mi afiliación fatal al partido de la cigarra lírica. Las hormigas asaltaban la panera, incursionaban en los azucareros, desvalijaban la harina y entraban a saco en los plásticos de espaguetis. La despensa era Troya. Incluso se llevaban el pienso del perro.

Las hormigas de hoy se han aburguesado una barbaridad e ignoran el pan y el azúcar de la cocina, que deben de parecerles alimentos lumpen, como le gusta decir al snob de Pablo Iglesias. Este nuevo toque gourmet lo tengo comprobado empíricamente. En mi casa se pasean como Pedro por La Moncloa, esto es, dando una vuelta, por estar. Nuestras migajas las desprecian. Sin embargo, mi mujer hizo ayer un paté al oloroso, cuya receta heredó de su abuela. Algo cayó en la tabla de cortar de la cocina y, cuando por la noche entré allí, la marabunta enfebrecida se daba un festín bárbaro de hígado macerado al jerez.

Los mirmecólogos (la rama de entomología que estudia a las hormigas) quizá tengan algo que decir sobre esta variabilidad de los hábitos alimenticios hacia lo delicatessen. No tendría nada de extraño. Si los mosquitos se han hecho inmunes a los insecticidas comunes, ¿qué no lograrán las hormigas, reputadas como una de las especies más progresistas que existen, entre su gusto por la comuna y su capacidad de adaptarse a todas las circunstancias? ¿Tan raro sería que se hayan aficionado a la vida buena y suntuosa, aunque sin perder su férreo control estatista? ¿No tienen derecho a hacerse su particular Galapagar o qué?

Espero ansioso el estudio de algún mirmecólogo de prestigio. Las hormigas siempre nos proveyeron de didácticas metáforas políticas. Sería un detalle por su parte que nos diesen otra para el comunismo de última generación.

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