Gafas de cerca

Tacho Rufino

Con Íker, 'homófono'

Los sacerdotes de la corrección prestos a escandalizarse y montar piras acusaron a Casillas

18 de octubre 2022 - 01:35

Casillas fue un gran portero de fútbol, al que Mourinho fulminó (el portugués, llegado un cierto punto, hubiera querido dinamitar al Real Madrid, creo yo, pero se tuvo que contentar con cargarse a un símbolo merengue principal). Lejos de los palos, se comportaba serio, demasiado serio, reconcentrado, como con la escopeta cargada; quizá por un cóctel de rasgos donde no faltaban dos taponazos de timidez, puede que unas gotas de limitado entendimiento para tanta exposición pública, más un golpe de la angostura de la inseguridad. Íker protagonizó una guinda al título de campeona del mundo de nuestra selección, cuando le pegó un bocado sin cobra a la periodista que lo entrevistaba en caliente, Sara Carbonero: doble contra sencillo a que no fue su primer roce. ¿Cotilla, esto? El gesto daba toda absolución al alcahueteo. Miren lo que ha dado de sí aquel otro beso mítico, en Times Square, el que le encasqueta a tornillo a una enfermera que pasaba por allí un marinero borracho de vuelta en 1945 tras la Gran Guerra, probablemente más caliente que un soldado acuartelado en Ibiza. Casillas y Carbonero se separaron tras tener pocos hijos para tratarse de un futbolista caro, y quedarse en dos vástagos. Se les acabaría el amor de tanto usarlo, vuelve a cotillear uno.

Hace unos días, Casillas tiró de ironía -la madurez lo ha refinado- al defenderse en Twitter de la lluvia de novias que se asignan a los famosos emancipados. Que ya les dice este émulo ocasional de Jorge David que un futbolista famoso tiene las novias que se le atribuyen, y diez veces más: pero son novias exprés y hasta en paralelo. "A la misma vez", que diría Lopera, otra estrella -de otro tipo- de aquel fútbol ya pretérito. "Espero que me respeten, soy gay", tuiteó el madrileño, hartito de coles (todas las coles fueran esas, dicho sea de paso). Los sacerdotes del compromiso ateo con la diversidad, de la orden de la transversalidad y la estaca escandalizada bien enhiesta, lo señalaron a coro con sus índices: ¡Homófobo! ¡Homofobia! ¡Penitenciagite! Tarzán Puyol, de aquella misma selección nacional, le siguió la broma antes de que se armara con leños secos la pira LGTBI -sección ultraortodoxa y castigadora-, y se puso homófono, es decir, le siguió el tono y el cante a su amigo: "Es hora de contar lo nuestro", y acabó teniendo que rectificar de forma vergonzante. Ya queda poco espacio y, la verdad, no tengo palabras. Bueno, sí, dos, en honor a aquel ministro, Federico Trillo: "Manda huevos". Toma machismo. Uy, lo que he dicho. Pun, pun, detenido.

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