HABLANDO EN EL DESIERTO

Francisco Bejarano /

Izquierda sexual

Los fastos carnavalescos de la homosexualidad internacional nos hacen pensar en cuál habrá sido el proceso mental de la izquierda para haber derivado de la persecución de homosexuales por parte de las reaccionarias dictaduras comunistas, a pasearlos en carrozas vestidos de mamarracho. Es posible que, ya que no se pudo erradicar la homosexualidad del socialismo real, una conjura de la internacional comunista quiere desacreditarlos organizándole cabalgatas ridículas. El régimen iraní, autoproclamado revolucionario, ha sido más listo y sigue el consejo de Sthendal: negar la existencia de lo que nos molesta. En Irán no hay homosexuales y, por tanto, nada hay que discutir sobre este asunto. Lo que más nos gusta de la conversión de socialistas, comunistas y sindicalistas a las manías sexuales liberadas, es la cara de incomodidad que se les pone encabezando manifestaciones entre zerolos y ménades, olvidando, y desdeñando, sus tradiciones. Las esquizofrenias sexo-políticas no pueden traer nada bueno.

La sexualidad tiene impulsos muy fuertes de los que no se libran ni las altas magistraturas de los organismos internacionales ni de ninguna institución humana, ni la izquierda ni la derecha, de ahí que el cristianismo haya proclamado siempre, mucho antes de las revoluciones, la igualdad esencial de todos los hombres al nacer y su sujeción a la miseria de las pasiones. Pero la homosexualidad es minoritaria en todas partes y lo ha sido en todos los tiempos. ¿Por qué, entonces, desde no hace mucho ciertas sexualidades caprichosas, en sus facetas conservadoras, han pasado de ser perseguidas por la izquierda a ser bandera izquierdista? Se nos ocurren dos, aunque el asunto da para mucho más: la izquierda ha perdido clientela, la busca desesperadamente y lanza la especie de que las perseguidoras de la homosexualidad, y de la sexualidad en general, son la derecha y la Iglesia. La ignorancia y la pereza mental hacen el resto.

Por otro lado, la pornografía, que nunca satisface, crea adicción, aburre y hay que renovarla de continuo, mueve tales cantidades de dinero, con lo que comporta de poder, que la izquierda no ha querido estar fuera del festín, aunque el negocio sea casi en exclusiva norteamericano. No importa. De lo que se trata es de transmitir la idea de que la heterosexualidad es conservadora y la homosexualidad progresista, y que cualquier grupo pedigüeño de imposibles debe ser abducido por la izquierda. No se nos han olvidado las políticas contra los homosexuales de Stalin, Castro y todas las dictaduras socialistas, ni que fue la izquierda la encargada de propalar, como un baldón, la homosexualidad de Hitler. Estos conversos no son de fiar: ahorcan, encarcelan, dan muerte civil o montan en carroza, en nombre de su Libertad única y sospechosa, a una circunstancia personal que no debería salir de la vida íntima y de la conciencia de cada uno.

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