Jerez íntimo

Marco Antonio Velo

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Jerez: Lorenzo, las esquelas, la muerte…

Alfa: Tempus fugit. ¿Tiempo, detente: a las sevillanas maneras? ¿Un hoy vale por dos mañanas, al decir de Benjamin Franklin? ¿Reloj, no marques las horas con voz de bolero de Antonio Machín? Se cumple -¿ya?- un año del fallecimiento del gran hombre que fue Lorenzo Díez Lacave, esposo de Magdalena Romero-Valdespino Hermosa. Y su familia ha celebrado misa en sufragio por su alma en la parroquia San Juan de Ávila. Mando un sentido abrazo tanto a la viuda como a sus hijos Salvador, Lorenzo -amigo personal-, Antonio, Gemma, Patricio y Jaime. También para Adela Escudero Barrau, María Inmaculada de Soto Díez, Isabel Oswaldo-Cruz y Reyes Dávila Miura. Para sus nietos Carlos, Pablo, Marina, Gemma, Clara, Isabel, Beatriz, Reyes, Lola y María. Nieta política Arán, biznieta Arán…

Beta: La muerte seca los lienzos de la noche. La muerte es como la tribulada imprecisión de todo conjuro. La muerte desata una sed de rimas asonantes. La muerte posee en derredor contumaces acólitos: algo así como una hueste ducha en la reprogramación del dolor. La muerte es intervalo -o migración- entre la inocuidad y la iniquidad. Entre la borrasca y la calma chicha. Aquel marasmo que siquiera posee adjetivos. El doble salto al vacío sin precipicio. La herrumbre del silencio. La cresta -¿o la concavidad?- de la última conciencia.

La muerte es un veredicto sin picaporte. El aluminio de la sombra. El ímpetu -opaco- de lo indistinto. El estigma del miedo que nada enturbia. La incumbencia ajena. La sombra inapreciable del ciprés. La muerte es la analogía de la bruma que solapa toda segunda oportunidad. La muerte es harapo sin vagabundo. La muerte es un quebranto virtual fundido en negro. Brocal de pólvora sin fuego. Resonancia sorda y bocanadas de la nada. Transmutación del ser o amotinamiento de lo tornadizo. Llanto contiguo.La muerte es la implosión que sucede a la explosión (vital). La muerte es la medianía limítrofe. La muerte, en su contra, acrecienta un acopio de esperanzas. La muerte, muy a su pesar, suele coronar -vez tras vez- biografías enjuagadas en el crédito del amor. Tanto das, tanto derrotas a la muerte en su artificio de pompa luctuosa. La muerte, cuando agarra de sopetón a personas nobles y bienhadadas, no logra sino inmortalizar. Es su penitencial efecto boomerang.

La muerte es un nudo que no anuda: en todo caso abrocha el corazón del finado a la memoria de su gente viva: ni conato ni coartada: sólo una variante de eslabones entre quienes son y quienes (se) fueron. En todas estas cábalas, en todas estas recreaciones de imágenes verbales, en todos estos cercos reflexivos me detengo cuando comienzo a ojear y hojear nuestro Diario de Jerez por su trasera: valga decir: por la zona trascendente del papel prensa: o sea: por las esquelas. Una esquela es la fina planicie capaz de horizontalizar la lectura del quebranto según los cangilones del almanaque.

La esquela habita entre linajes intramuros. Imprime la perforación y la perduración de lo indiviso. In ictu oculi. La esquela amortaja lo unitario frente a lo múltiple. La esquela desdeña toda indiferencia. Se produce una fragmentaria reacción en el lector en función de si conoce y reconoce el nombre y apellidos del difunto o si por el contrario únicamente deletrea un censo de ciudadanos sin rostro.

¿Cuánto ofrece la esquela de ecos de sociedad? En todo caso un eco de ultratumba. Pero mismamente un multiplicador -esencialísimo- eco informativo. Una -verosímil- función social. Un llamada a filas del consuelo. ¿Un toque de queda? No. ¿Un toque de diana? Sí. ¿Un toque de silencio? También. ¿Una amanecida? En efecto. ¿El anuncio del encuentro con Dios? ¡Pleno al quince! ¿Con música de Edvard Grieg? Siempre. Allá donde los pájaros seguirán cantando la belleza de la creación, el algodón celeste de la vida otra: la que, como una transacción del tic-tac inmarchitable, alcanza todos los parámetros y los perímetros de la mismidad. De la identidad. De la eternidad.

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