Jerez íntimo
Marco Antonio Velo
Jerez, 31 de diciembre de 1946: Argudo, García-Figueras y Montenegro
En la Semana Santa apenas ningún atisbo emocional queda relegado a imaginación. Todo cuanto ocurre, sucede in situ. Aunque los sentimientos -esa eclosión por lo común con carácter retrospectivo- procedan de la nostalgia y precedan a la vivencia -aún no experimentada- de la grandeza -siempre con naturaleza de majestad, con envergadura de Torre de David, con soporte exponencial de patíbulo decisivo y decisorio- de cuanto ha de sobrevenir: Ego sum via, veritas et vita. En Semana Santa también se produce y reproduce la cuenta atrás del tempus fugit. Como una pintura de Valdés Leal con estética de canon cofradiero. En Semana Santa deseamos vivamente -con viveza de estructura circular- dejar dormida a la muerte. Porque la Parca siempre es derrotada en el ámbito de la corneta y el azahar. Desde el mismo Jesucristo en su resurrección hasta los cofrades fallecidos que siempre permanecen omnipresentes en el recuerdo y la referencia de sus hermanos vivos. La muerte, en las Hermandades, es la crónica de una derrota anunciada.
La Semana Santa nunca es un verso de pie quebrado. Porque la Fe también aplica su podología sanadora a los extremos inferiores de nuestra andadura de cofrades de la cuna a la sepultura. La Semana Santa es una recóndita armonía que todo lo equilibra. Hasta los desniveles de la orografía de la ciudad. La Semana Santa no es una cripta cerrada a cal y canto. La Semana Santa, si sabe interpretarse, también tiene mucho de humanidad y humanidades, con hache de Homero. La Semana Santa, si sabe releerse, también tiene cuarto y mitad de chavalería y churumbeles y chispa y chisporroteo, con hache de Chaves Nogales. La Semana Santa, si la somatizamos, contiene mucho de reenganche, de rememoración, de recuperación y de reconciliación, con erre de Romero Murube.
El cofrade no bebe de las fuentes del Nilo sino del agua bendita de cuanto legaron sus mayores. La Semana Santa son los padres, Antonio Burgos dixit. El pasado viernes lo comentaba con el magistral capataz Ezequiel Simancas: de tanto esperar estas vísperas a lo largo de dos años -confinados de normalidad a la antigua usanza- todo ha reaparecido como de golpe, ¡chas!, ¡eureka!, incluso sorprendiéndonos en una saturada agenda que ni por asomo da abasto. Ahora se produce una especie de isotopía en el dictado de nuestra mente. La redundancia jamás es molestosa cuando el incienso del frontal del paso de misterio se nos aproxima como un monumento a la cercanía de Dios.
La Semana Santa a su vez es recordación por aquellos hombres que jamás murieron en el ínterin de nuestro día a día. Verbigracia -ahora que un sol de justicia ha clareado los prolegómenos del Domingo de Pasión, del Domingo de Pasión-, nombremos a José Cádiz Salvatierra. A Francisco Almagro Castro -¡qué cristiano tan ejemplar y qué nazareno tan nimbado de la Gracia de Cristo!-. Al verso hecho catequesis de Francisco Montero Galvache. Al rezo popular que resuena con soltura casi de copla mediadora en la poesía de escalofrío final de Antonio Gallardo Molina. La prosa profunda y doctrinal de Paco Barra -quien me confesara en repetidas ocasiones el porqué escribió su Pregón de la Semana Santa sumido en una acuciante “amargura interior”-. Manuel Ríos Ruiz, Emilio Rivelott Pérez, Manuel Ruiz Cortina, Miguel Trujillo -un pregonero experto en aforismos-, Jesús Fernández de la Puebla y el canto del ruiseñor encima de las tablas del Teatro Villamarta…
La Semana Santa es color encendido del cielo: Ego sum lux mundi. Niños que ocupan su lugar en el planillo de la cofradía. Luna del Parasceve y su ciclo áureo. Barroquismo de un espíritu renacentista. Renacimiento de un corazón barroco. Lo mudéjar y lo ojival incrustado en lo etéreo. La Semana Santa es interioridad. Es lágrima de miel, es pentagrama, es mano de abuelas que ya no planchan túnicas porque habitan el reino celeste de otra Semana Santa sólo con un paso único de Cristo Resucitado…
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