Monticello
Víctor J. Vázquez
Lo que mueve un cuerpo
Años de desarrollismo económico. Los comerciantes del centro de la ciudad eran agentes activos de la alegría y el dinamismo diario de aquel Jerez de Medio Tapón en su definición más costumbrista. Tras la primera peonada de la jornada cabía en calle Bodegas una copita de fino McKenzie. Jerez entretejía su parnaso social de confianzas recíprocas entre industriales de diferentes sectores -donde todos se conocían entre sí-. Eran tiempos de retirar un producto de cualquier comercio gracias al aval de ir tan sólo de parte de Fulanito o Menganito -contraseña suficiente para no tener que pagar in situ, en metálico, nada-. La honradez se daba por supuesta. Años de chavalería que soñaba con vestir algún día la camiseta blanca del Real Madrid como entonces la enfundaban Ignacio Zoco, Pirri, Amancio o el estilista del balón Manolo Velázquez. Abundaba, por decirlo con título de libro firmado por Delmira Agustini, ‘Correspondencia íntima’. Y es que, como escribiera el grecolatino periodista Carlos Luis Álvarez, “la realidad nunca es sospechosa de querencias”.
En la Alameda Cristina pitaba cada mañana un rumor despierto de niños. La algarabía animosa de los peques lasalianos que otorgaban párvula voz al timbre de la inocencia. La luz caía como un signo favorable. El ritual vértigo de la memoria se torna ahora gustoso e incluso idealizado. Vibraba el ornato amable de la sociabilidad. El egoísmo no campó a sus anchas en aquel Jerez de mediados y finales de los sesenta -al que no conocí sino por referencias de mis mayores-. En la revista de educación ‘Crónica’ puede leerse que “la Ley 35/1966, de 31 de mayo, introduce un cambio transcendental en la estructura y cometido del Ministerio de Educación Nacional. En virtud de esta disposición, se cambia la denominación del actual Ministerio de Educación Nacional por la de Educación y Ciencia y le compete, junto con las funciones que hasta ahora tenía asignadas el Ministerio de Educación Nacional, impulsar el desarrollo científico, fomentando la investigación y promoviendo la coordinación de ésta con la que llevan a cabo otros centros nacionales y extranjeros”.
Flequillos caídos y cortados a ras por encima de las cejas. Como un casco de pelaje y soplido. Corbatas infantiles de elástico al cuello. Pantalones cortos. Campañas de vacunación contra la poliomielitis. El Scalextric era un juguete de lujo en los suelos blanquinegros de los patios de las casas de las abuelas: la promoción anunciaba “carreras de coches sobre pista con controles eléctricos a distancia. Nuevos circuitos, nuevos accesorios, más novedades”. Raramente ningún padre de familia cabeceaba durante la sobremesa. La vuelta al tajo se adelantó a primerísima hora de la tarde. En Jerez imperaría como una cierta voluntad descriptiva. Los ejemplares de Selecciones del Readers Digest aportaron un tamiz intelectual sobre las mesas de estufa. Salomé triunfaba en Euovisión con el pegadizo tema ‘Vivo cantando’. En los tabancos no se propagaba el bisbiseo sino la charleta de risas y camaradería.
La foto que hoy colocamos en el escaparate de este papel prensa corresponde al curso 1968-1969. Los niños que forman tan distinguido grupo hoy gastan sesenta y poco años de edad. Para describirlos no resultan necesarias expresiones de cuño gongorino. Ni abstraerse en ninguna esfera de la ensoñación. Están todos agrupados junto al profesor don Aníbal. Era la clase de Segundo de Primaria de la Salle de la Alameda Cristina. Colegio de vestíbulo con el hermano Julián despachando libros de Bruño, cuadernos y reglas de madera en la librería del fondo. Colegio donde los chiquillos, con ímpetu cuasi militar, cantaban en la fila de cada mañana aquel himno patriótico de “Isabel y Fernando, el espíritu impera. Vamos siempre gloriando, la sagrada bandera”. Notas musicales que precedían a la sentada de los más de ochenta alumnos en sus pupitres de maderas -de tapas abatibles- con huecos en redondel para el recipiente de la tinta china. Aquello tenía sabor del puesto de chuches de Ana. Imagen de un Jerez de antaño con nerviosismo de críos que entonces ya palpaban las mágicas sensaciones del despertar a la vida.
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