Jerez y aquellos televisivos anuncios navideños

La televisión nos ha ofrecido icónicos anuncios de Navidad.
La televisión nos ha ofrecido icónicos anuncios de Navidad.

Jerez, 08 de diciembre 2023 - 04:04

No pocos amigos jerezanos -al calor de una animadísima zambomba- me solicitan - hablando de lo divino y lo humano, de lo apolíneo y lo dionisiaco- que dedique algunos artículos a la televisión navideña de antaño. Apunte nada desdeñable. Aunque la selección recaerá siempre arbitraría, en tanto un servidor operaría por mera aproximación. Y por tientos de los recuerdos. Vaya por delante -como introducían cada pasodoble los componentes de la chirigota de ‘Selu’ metidos en el tipo de ‘Mi suegra, como ya dije’- que televisión no hubo siempre en los hogares españoles. Léase: en casa de los jerezanos. El 28 de octubre de 1956 comenzaron las emisiones regulares de Televisión Española. A partir de entonces -paulatinamente- las Navidades más domésticas irían concentrándose en torno a la aún no denominada caja tonta -de hecho no lo era ni por asomo-. A la anual ilusión de los Reyes Magos se unieron las expectativas creadas por la programación de los Reyes Catódicos. He escrito bien: catódicos. Los contenidos televisivos marcarían el pulso de las tendencias sociales ya inmersas en el desarrollismo de los años sesenta. La tele fue pronto un acontecimiento social. Vertebrando incluso mucha parrafada de los ciudadanos. Desde su nacimiento los espacios televisivos formaron parte del día a día de los españoles de a pie: sus programas y series generaban tertulias en barras de bar, mostradores de comercios, recreos de colegios, susurros de novios que pelan la pava… Y, como diría Paco Umbral, “por ahí seguido”.

Quizá un apartado no chusco pero sí menos entrañable -o de menos empaque religioso corresponda a la consecuencia consumista de la Navidad. Inevitable por lo demás. Y, por ende, a la acción directa de las agencias de publicidad -entonces descargando toda la artillería pesada- sobre los televisivos anuncios navideños -que conforman un género en sí mismos-. Muchas de estas propuestas comerciales han quedado grabadas en el imaginario popular. Como una cantinela con eslóganes inolvidables cuya musicalidad permanece y dura – así como el soneto de Quevedo dedicado a Roma- en nuestra memoria. Por ejemplo aquel -que ni pintiparado- ‘Hola, soy Edu: ¡Feliz Navidad!’. No cupo más ternura ni potencial credibilidad en mejor síntesis escénica (a cámara fija). El televidente por estas fechas se encuentra harto sensibilizado y dicho estado de ánimo -propenso a la bondad, a la empatía, a la remembranza- es, por descontado, muy tenido en cuenta por los creativos publicitarios. Otro botón de muestra: desde mediados de los años ochenta hasta bien entrada la década del dos mil el spot de Freixenet constituía todo un boom nacional. Y esto a su vez porque revelaba quiénes fueron destacados personajes del año (famosos en boga): recordemos a bote pronto aquel anuncio -tan coloreado de glamour- que protagonizaron Don Johnson -popular entre nosotros por su papel principal en la serie ‘Corrupción en Miami’- y la burbuja del renombrado cava catalán encarnada por la exuberante Norma Duval -siempre en estado de gracia-.

La añoranza se torna generalista. La televisión sostiene un poder omnímodo al hilo de la nostalgia comúnmente compartida. De ahí que reseñe una publicidad icónica: la protagonizada en el año 1999 -ante la inminencia del llamado efecto 2000- por la mediática e inconmensurable Montserrat Caballé junto a jóvenes artistas del momento tales Hevia, Estrella Morente, Cristina Pato, el grupo Ketama o la Miss España Lorena Bernal. Todos ellos incluidos en la coctelera de una producción fastuosa, colorista, sobrada de minutaje (posiblemente demasiado pretenciosa al punto de mezclar la despedida de un siglo y la bienvenida del siguiente). Por el contrario, un guiño de excelencia: la elegancia y cierto atractivo dialéctico nos ofreció -desde 1998 al año 2005- el actor Clive Arrindell -pongamos que hablamos del famoso calvo de la lotería, de la Lotería Nacional por más señas-, quien personificó la ilusión de todos los españoles y el viejo anhelo -jamás caduco- de ganar el premio gordo que al alimón cantan los niños de San Ildefonso.

En Jerez siempre han gustado sobremanera los anuncios de Navidad porque en esta bendita tierra se sabe mucho de publicidad. Este tenor sí exige explicación aparte. Queda pendiente. Si enseguida entonamos el “queremos turrón, turrón, turrón”, cualquier hijo de vecino proseguirá añadiendo “pero vea que sea Antiu Xixona”. Nadie discute que el turrón ‘El almendro’ vuelva a casa por Navidad. O que ‘El lobo’ sea un buen turrón. Muchos años antes, allá por 1971 y 1972, ya Coca-cola quiso reunir al mundo entero para formar un humano árbol de Navidad que generaría el más iluminado mensaje de paz. En 1972 tres niños aseguraban que “los Madelman lo pueden todo. Madelman, para vivir las más apasionantes aventuras”. Ahora bien: un anuncio de Navidad por antonomasia -que contó con intervención de profesionales cinematográficos de la época- poseía una sintonía sin par: cantemos todos a coro: “Las muñecas de Famosa se dirigen al portal para hacer llegar al niño su cariño y su amistad”. Todo un clásico. Y, como dijera Rafael El Gallo, “lo clásico es lo que no se puede hacer mejor”. Al fulgurante éxito de ventas de esta muñeca nos remitimos. “Y Jesús, en el pesebre, se ríe porque está alegre…”.

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