Se veía venir. Después de expropiar la colección de arte de la baronesa Thyssen y de declarar la república, la capital de España se traslada finalmente a Galapagar, en espera de lo que decida el gobierno de transición que ha formado Ana Belén con el cura y el barbero. Sí, vale, me lo acabo de inventar, pero es que me hacía ilusión sumarme a la avalancha de bulos que cada día nos sirven en tertulias, parlamentos y demás corrillos, por no hablar de esa feria mundial de la patraña que es internet.

Hay que reconocer que en situaciones desconocidas como la que atravesamos, discernir entre una mentira cochina y una verdad, que las hay también bastante cochinas, no es fácil. Por eso, junto a las versiones oficiales, que un día dicen una cosa y al otro pueden decir la contraria, circulan cientos de versiones distintas de los mismos hechos, para que cada uno escoja según el humor con que se haya levantado. Si se ha levantado con ánimo sombrío y no está para bromas, la oferta de mentiras es tan amplia que no le costará trabajo encontrar alguna lo bastante negra como para quitarle las pocas ganas que le quedaban de sobrevivir al primer café. Si en cambio ha dormido estupendamente y se despereza con la ilusión del que disfruta con los placeres del confinamiento, no tendrá más que buscar mentiras agradables, que hagan juego con el estampado de su pijama y le pinten los datos de la epidemia con los colores del arco iris.

El problema está en que los ciudadanos, con tanta engañifa para escoger, nos acabamos armando un lío y ya no sabemos si nuestra sanidad es la mejor del mundo, como habíamos escuchado mil veces, o la peor de Europa, y no sabemos ya ni cuántos muertos van por culpa del coronavirus ni cuál es el precio que deberíamos pagar por una mascarilla cuando salgamos a buscarla en el mercado negro.

La gente de derechas se asombra con las mentiras procedentes de la margen izquierda, mientras la de izquierdas se echa las manos a la cabeza con las barbaridades que inventan desde las filas conservadoras. Miente el Gobierno alegremente, miente la oposición sin que le tiemble el pulso, y así nos vamos entreteniendo con un juego que ayuda a pasar el rato pero que hace doblemente necesario el confinamiento, pues a los riesgos del contagio habría que sumar el peligro de acabar todos a palos, tal como se está caldeando el ambiente.

Hasta el presidente Sánchez, que tiene que dar ejemplo, dijo, sin ser del todo cierto, que España es el país de Occidente mejor valorado, según la Universidad de Oxford, por el rigor de sus medidas contra la epidemia. Y digo que no es del todo cierto porque España ni por asomo es el país mejor valorado, pero llevaba más razón que un santo al decir que estamos en Occidente, que en Oxford hay universidad y que últimamente se publicó allí un informe o algo.

MÁS ARTÍCULOS DE OPINIÓN Ir a la sección Opinión »

Comentar

0 Comentarios

    Más comentarios