Jerez íntimo
Marco Antonio Velo
Y la Atalaya registró un lleno hasta la bandera a favor de Uniper
HACE calor en Ourense. La noche fue tan larga que se hizo día. Al vino de ribeiro le siguió la cerveza, a la cerveza la ginebra, a la ginebra el cava y al cava el orujo. Acabamos comiendo guindas en aguardiente. Llegó un momento en que me dolía la barriga de tanto reírme con los chistes de mis anfitriones, historias que comenzaban en castellano y terminaban en gallego. No entendía nada, pero llegué a llorar revolcado en el sofá. Luego un sueño corto y profundo del que me despiertan el calor sofocante y un terrible dolor de cabeza.
Otra vez, Manolo Romero. No tienes arreglo…
No sé que le han dado a esta gente, pero llevan horas en planta y vienen a buscarme a mí, que estoy a las puertas del Más Allá.
-Levanta, que hay que ver Ourense
Si deben hacer cuarenta grados. Un café, ibuprofeno a palas, un trozo de deliciosa tarta de almendras y a la calle. ¿A quién se le ocurriría plantar una población en un hoyo lleno de cuestas? El sol me golpea mientras desciendo hasta el Miño. Ciudad de oro. Un río en el que nadaba el metal precioso. Roma llegaba al confín del Mundo buscando riquezas. Aurense. Nausea profunda junto al agua mansa. Sudor. Puentes vetustos y puentes ultramodernos con pasarelas que evocan montañas rusas que, por supuesto, hay que subir. Flama en las alturas. Miedo y asco en Ourense.
Es tarde. Hay que almorzar. Me temo lo peor. El clásico local galaico de aspecto cutre y cocina exquisita, sólo que mi estómago no está para fiestas.
-¿Tienen buey de mar? Pues ponga tres, y navajas, y pulpo. El mejor pulpo a feira se hace en Ourense, no en la costa…
Oigo la comanda como el que oye su sentencia de muerte
-…y lacón, y de ese chorizo tan bueno pónganos un plato, y empanada de zorza, y empanada de zamburiñas, y de postre tomaremos queso de Arzúa con membrillo.
Dios tendrá clemencia de mí y me enviará un desvanecimiento antes de llegar al postre. No hay suerte e incluso tomamos licor café.
Terminamos justo para visitar la Catedral. Los soportales de las hermosas plazas nos protegen de los rayos solares, que caen como espadas. ¿No hay en este pueblo una calle plana? Escaleras de granito. Subida al Monte Calvario. Una iglesia que habría sido preciosa en otras circunstancias. Gazpacho gallego. Ponga un pórtico del Maestro Mateo, bóvedas de crucería, un hermoso retablo gótico lleno de escenas coloreadas, volutas, rocallas, oro, mucho oro. Aplique calor y mezcle. Verá la luz al final del túnel.
Santo Cristo de Ourense, apiádate de mí. Metales preciosos, tallas doradas, exvotos. Greñas negras y falda colorada. Devoción secular. Una capilla delirante al baño maría. Velas encendidas y la tensión por los suelos. Aquel banco me servirá de alivio
-Levanta, que aún queda lo mejor. Vamos a Las Burgas.
Un manantial a sesenta y siete grados. Fin de fiesta por bulerías. El agua humea al mismo tiempo que mi cabeza. Siento que me estoy derritiendo. Parte de mí va quedando a mi paso en las losas de granito. Mientras, comienzan las historias bizarras de mis amigos.
-Acuérdate del niño de la prima Benilde. Lo trajeron de la aldea y lo sentaron aquí para hacerle una foto. El pobre cayó al agua y acabó cocido…
Quizás dentro de la fuente se esté mejor. Siento grandes tentaciones de lanzarme a seguir el cruel destino de la criatura. Cocido, como un pulpo…
Hace calor en Ourense. De regreso a casa el Miño ha empezado a hervir teñido de sangre ante mis ojos. No habrá tregua. La noche que se avecina promete ser larga.
También te puede interesar