la nicolumna

Nicolás Montoya

Motores gripados

26 de abril 2012 - 01:00

LA hipocresía se está asentando en nuestras vidas. En el abecedario de los libros de cabecera solo existen palabras metafóricas, hiperbólicas o malsonantes. Los nuevos salvadores de la patria y los acólitos salvadores del jerez de los huérfanos están derrapando mucho más que las motos de gran premio que nos esperan estos días. Derrape continuado en busca de justificación. Caballito a dos ruedas a modo de puesta en escena barriobajera. Son capaces de exprimir al máximo a los más necesitados, a la vez inventar amnistías fiscales para los que más tienen y hacer que con los impuestos de los ciudadanos se puedan dedicar a vivir como concejales y diputados sin freno ni embrague de solidaridad. Son capaces de creerse las mentiras de la Merkel para justificar las medidas de encarcelamiento y endeudamiento para los crónicos, los pensionistas, los parados y las castas que no tienen amigos financieros. Y en este mundo de motores sin cilindros y ruidos sin escapes hasta se abren las puertas del centro como bienvenida troyana a los inocentes caballeros de caballos de vapor de dos ruedas. Al contrario que los visigodos en sus mejores épocas, que las peleas a cuerpo descubierto y las batallas navales de ríos navegables, se les toma por ilusos de la rueda redonda y a modo del Pelayo del siglo XXI se les atrae para que en el Guadalete de nuestro entorno dejen buenos dividendos y sean capaces de dar caña en donde solo hay tristeza y desolación.

La mentira de quienes no saben de principios, no tiene explicación en un mundo de solidaridad como el de las motos. La falsedad de quienes andan enredando a quienes solo tienen una humilde bicicleta es el mejor ejemplo de falta de criterio. El desdén de quienes se creen destinados a cambiar la historia, tienen en el ejemplo de la motorada el paradigma de la libertad mejor entendida. Ni redes, ni vallas, ni alambradas artificiales. La verdad solo siente el viento en su cara y le hace sentirse libre de ataduras. No como los engominados que ni miran a los ojos ni saben de brisa fresca.

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