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Ojo de pez

Pablo Bujalance

pbujalance@malagahoy.es

Nostalgia o fe

Igual es cuestión de tener un poco de fe. Y de saber apartarse y dejar paso a los nuevos si es preciso

Aestas alturas no se entendería el capitalismo postmoderno sin la entrada en juego de su mercancía más incendiaria: la nostalgia. Con todas las plataformas televisivas, las carteleras de los cines y hasta las estanterías de los supermercados entregadas al revival como gancho más efectivo, queda claro de qué pie cojea aquella generación, la mía, que creció asombrada bajo aquella parafernalia de niños karatekas y monstruitos que nunca debían mojarse. Semejante mercado corre en paralelo al apogeo de la idea de que la Generación Z afronta una especie de maldición bíblica, una condena carismal, un futuro ciego que no conduce más que a la desesperanza en un planeta inhóspito. Y es muy cierto que los datos de desempleo juvenil y la tasa de suicidios entre adolescentes (así como la consiguiente vergüenza que provoca el hecho de que el Gobierno, ahora laureado en todo el mundo por su campaña de vacunación, se haya limitado a verlas venir en estas cuestiones) no invitan a alentar alternativas. Pero, igual porque uno es padre de una hija adolescente, pienso que es conveniente, de vez en cuando, lanzar la idea de que quienes vienen detrás no tienen que resignarse al axioma de que todo lo que les precedió, desde la vida laboral y familiar al ocio pasando por los referentes éticos y culturales, fue mejor sí o sí. Niego la mayor.

Entre la gente joven que conozco, que es bastante, encuentro de todo, claro. Pero, en una mayoría aplastante, es gente con valores firmes, compromiso decidido, una enorme capacidad de trabajo y una formación que a menudo multiplica por diez la que yo tenía con sus años. De acuerdo, calma: tales virtudes sirven de poco en un paisaje laboral proclive a expulsarlos. No se trata de afirmar que vivimos en Jauja, pero sí de abrir grietas en el muro para que entre la luz. De toda esa gente joven que ha pasado por la redacción de mi periódico o que he conocido por otras vías, aquellos que reunían mejores cualidades personales y profesionales (insisto: la mayoría) disfrutan hoy de trabajos estables. Es cierto que a menudo lejos de sus casas, pero, desde luego, esta generación está mucho más dispuesta a hacer las maletas y largarse de lo que lo estuvo la mía. Que no es lo deseable, sí. Pero hay mucho talento en juego para que más temprano que tarde cambie el rumbo de las cosas. Igual es cuestión de tener un poco de fe. Y de apartarse y dejar paso a los nuevos si es preciso.

Lo que no sirve de nada es alimentar un mundo hecho a medida de los cuarentones, como si los códigos de los que han venido después no sirvieran. Creo que prefiero su mundo al mío. Mejor que manden ellos.

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