DIARIO DE JEREZ En la batalla del coronavirus: mantenemos nuestra cita en los quioscos con despliegue informativo sobre la pandemia

No hay que ser Aristóteles para manejar ciertos conceptos y contestar correctamente si nos preguntan qué es una estrella o un fregadero. Incluso tenemos idea de lo que es una aceituna rellena de anchoas (concepto algo más complicado desde el punto de vista metafísico pero que funciona bien acompañando una cerveza.) Ahora bien, si nos preguntan qué es la normalidad, no es fácil contestar, puesto que la normalidad pertenece a ese grupo de términos invertebrados, tan típicos de las matemáticas, que si no se rellenan con algo de sustancia, no saben a nada.

Salir con ropa puesta suele ser normal. O leer el periódico. Pero no lo sería tanto si viviéramos en una selva, pues lo normal en las selvas es que no haya quioscos de prensa abiertos. Montar en bicicleta puede ser lo más normal del mundo. No montar, también. Y tan normal es levantarse a las siete para practicar el sonambulismo en una oficina como trabajar con un turbante, comiendo alcayatas y pasando luego un platillo para las propinas. Todo depende de que uno haya aprobado las oposiciones o se haya metido a faquir.

Por eso, cuando las autoridades insisten en la "nueva normalidad" que dejará a su paso esta epidemia, es lógico que nos preguntemos en qué consiste, pues tal como nos la pintan, para quien ya antes hiciera vida de cartujo, la nueva normalidad tendrá menos de nueva que de normal, pero para quien tuviera rutinas sociales con mayor índice de rozamiento, las reglas de urbanidad que anuncian le parecerán tan naturales como dormir colgado del techo y boca abajo (sin dejar de reconocer que dormir boca abajo es muy normal si se ha nacido murciélago, pero que también hay gente a la que, tras años labrándonos unos hábitos, algo así nos va a costar horrores.)

Que todo está cambiando ya se pudo comprobar ayer durante esas horas en las que salir de casa dejó de ser propio de furtivos. Después de tantos días de arresto, al cruzarnos por la calle los de mi turno (sí, eso ya va sonando normal, pero salimos a la calle por turnos) nos mirábamos de reojo, desconfiados, no sé si porque veíamos en los demás una amenaza en chándal o porque nos sentíamos culpables por estar fastidiando a los que querían pasear sus propios microbios sin que otros los incordiáramos con los nuestros.

Ahora toca traducir lo nunca visto al lenguaje de la normalidad. Nos estamos programando para que, cuando descubramos a dos compadres charlando en una esquina sin excusa aparente, nos quedemos farfullando, a ver qué tendrán que decirse estos dos que no pueden hacerlo por teléfono. Divisaremos a los niños en los parques y haremos mediciones mentalmente para calcular si guardan las distancias o si habrá que ir pensando en una retirada de custodia. Veremos, en fin, a los chavales tomándose sus cañas tan a gusto en una plaza, y nos preguntaremos desde cuándo son legales las orgías al aire libre. Pero será normal.

MÁS ARTÍCULOS DE OPINIÓN Ir a la sección Opinión »

Comentar

0 Comentarios

    Más comentarios