Yo te digo mi verdad

Paren el mundo

Los protagonistas de la política española actual parecen evangelistas aficionados de un apocalipsis más que cercano

Siempre me hizo gracia, aunque nunca comulgué con él, el mensaje de aquella pintada tan popular en los 60 y 70 que lamentaba el estado general del planeta con una petición desesperada y resignada: "¡Que paren el mundo que me quiero bajar!". Más bien soy de los que creen que no hay otras paradas con otros mundos en los que bajarse, ni siquiera después de esta vida, y que lo obligado, y saludable, es tratar de llegar al final del trayecto con los menos rasguños y heridas posibles. Aunque reconozco que es grande la tentación de apretar el botón para que el gran conductor de esta viaje sideral sin fin pise el freno y nos ofrezca otra salida.

Me pasa eso con la política española de los últimos tiempos, en la que sus protagonistas parecen evangelistas aficionados de un apocalipsis más que cercano, esforzados en ser como tertulianos de un programa televisivo del corazón, desatados proferidores de mensajes huecos revestidos de indignación y empeñados en que el otro es siempre el que pone los cuernos al país.

Es verdad que pueden doler más algunas bofetadas sin manos a la razón y la concordia, como la propinada por los 'políticos' madrileños que han votado inexplicablemente (creo que es imposible que se expliquen) en contra de que se nombre a Almudena Grandes hija predilecta de la comunidad a título póstumo. Pero cansa ese chorreo diario de alusiones a grandes principios en peligro para tratar de cosas normales en democracia.

La lista de vociferaciones es larga, pero me vienen ahora a la mente algunas cercanas como las amenazas con recurrir a todos los tribunales simplemente porque la ministra Yolanda Díaz haya recordado que en marzo del pasado año quiso implantar un catálogo de precauciones contra el covid en los centros de trabajo y que todo el mundo se escandalizó; o que gente tan obligada a ser seria como Pablo Casado grite que lo que pretende el Gobierno al reformar la 'ley mordaza' es ponerse del lado del delincuente y en contra de las fuerzas de seguridad; o que Gabriel Rufián se muestre muy digno al advertir que "no le toquen las narices" a ERC con el asunto de que Netflix tenga que doblar sus productos al catalán, que debe de ser vital para los ciudadanos de esa comunidad autónoma. Lo del simpar optimismo impostado del presidente, pase lo que pase, es otro asombro.

Más que querer bajar nosotros, habría que habilitar en la política española un asiento eyector para muchos de sus protagonistas.

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