Parrilla

La historia de la zambomba es tan corta que sólo la grandeza de su creador explica cómo se ha perpetuado

A la zambomba jerezana como a todas las tradiciones inventadas le han salido al camino puristas, ideólogos, partidarios y detractores, definiciones muy discutidas y degeneraciones varias que van desde el ritmo de pachanga al de comparsa carnavalera al ritmo de la maldita caja. Se ve que vamos por el buen camino porque estamos cumpliendo con todos los ritos y sacrificios antes de que la zambomba adquiera el rango de sagrada o se pierda para siempre.

El camino es duro porque muchas veces la tradición está basada en leyendas y falsedades históricas. Por ejemplo, yo aún echo de menos la imagen del san Dionisio de la cabeza en la mano que estaba en su iglesia, aunque no fuera el nuestro. De chica me hizo pensar mucho. El que está ahora en el altar será el auténtico, pero para mí es un desconocido no muy agraciado. Injusta que es una. Pero la tradición no puede ser sólo lo que nos gusta ni lo que compran los turistas. Moda y tradición son antónimos en mi diccionario. Yo no sé quién otorga el título de tradicional a una costumbre generalizada, ni cuánto tiempo ha de pasar ni qué pruebas ha de superar y de seguir por este camino caería en el relativismo. Cogeré otra senda, la de aquellos que dicen que algo se convierte en tradición cuando permanece sin que el vaivén de las modas lo destruya.

La historia de la zambomba es tan corta que sólo la grandeza de su creador explica cómo se ha perpetuado. Sin Manuel Parrilla, el prodigioso Manuel Parrilla, no existiría lo que hoy conocemos por zambomba porque, salvo los escogidos que han vivido en las casas de vecinos de Jerez, nadie había oído hablar de zambombas. Sabíamos que existían coplas de navidad, algunas picantes que no se cantaban, y que los gitanos con toda su gracia y su sabiduría sabían interpretar como nadie. Pero tuvo que llegar Parrilla para convertir todo aquello íntimo que se improvisaba en un patio de vecinos en un espectáculo flamenco que subyuga a propios y extraños. La gitanería de La Macana, la sensualidad de Maleni Parrilla, la profundidad de Terremoto hijo o la deslumbrante genialidad de Torrito (no se puede tener más gracia ni más arte que él) han propiciado que todos nos apropiemos de las letras y hagamos nuestra su belleza y nos emocionemos cuando alguien canta de verdad y nos devuelve el eco de Parrilla y de su gente. Yo no sé si la zambomba es ya tradición, pero Parrilla es todo un clásico, un grande muy grande.

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