Perdigonadas

Gafas de cerca

Ya se pueden ver a algunas mujeres futbolistas adoptando los tics de los futboleros de cromosoma XY

18 de junio 2024 - 00:00

Un jefe de Opinión de esta casa me aconsejó que, entre un artículo pesimista o desagradable y otro de cualquier tono, descartara el “mal rollito” por principio. Como lector, lo entiendo. Pero hay cosas poco amables que “tienen su peluseo”, que decía Eduardo Soto. Por ejemplo, la costumbre futbolera de escupir continuamente en el terreno de juego: no es sólo escatología menor. El elegante y sofisticado Pep Guardiola, regidor técnico del equipo más rico del mundo, el City, no se mueve en el rectángulo de la cancha, sino en la banda, pero acapara la atención de las cámaras. Y no para de procesar entre extracción de papilas y gestos evitables pequeños salivajos con los que riega su “zona técnica”. El también elegante y deseado Zidane, igual: practicaba con denuedo el aspersor bucal como entrenador del Madrid. Esto es, con garantía de difusión global, y como potentísima tentación mimética para los chavales, que por millones están abducidos por el balompié.

En los autobuses urbanos de los setenta, una placa sobre cada puerta advertía “Prohibido escupir”. Los tranvías de Lisboa mantuvieron esa prohibición unos pocos de años más, quizá por no quitarlos. Era allí frecuente ver colgado en los cafés y tascas de bagazo un azulejo pombalino que rezaba: “Fregués educado, nao cospe no chao, nao pede fiado, nao diz palavráo”. Un cliente educado ni escupe, ni deja fiado, ni dice tacos. Lo peor es lo primero, escupir sin necesidad. De vuelta al balón, no es necesario ir lanzando perdigones en la cancha, es un vicio en el que no incurren los baloncestistas o los tenistas, es un gesto sucio. No libera nada más que hombría barata.

Pero como todo lo malo se pega, ya se pueden ver a algunas mujeres futbolistas adoptando los tics de los futboleros de cromosoma XY, y este del escupir no es el único, porque también ellas –algunas– asumen como parte de la escenografía de juego de pelota con los pies el fingir y exagerar en las faltas del contrario, incluso si no son tales faltas: el teatro granuja es una lacra del fútbol profesional que, se dice uno, debería ser penalizada por el VAR, y con tarjeta y hasta con arrepentidas charlas en las escuelas. Con más motivo que quitarse una camiseta por el júbilo de un gol, que a fin de cuentas es el premio que se otorga el narciso atlético y de tatuador semanal. Enfocado por mil cámaras: he ahí por qué. Siendo también algo estomagante, prefiero la sobredosis de chicles de Ancelotti moviendo sus facciones como Jim Carrey imitando a Jack Nicholson. La saliva no se comparte sin necesidad; pero, bien mirado, lo que no se comparte hoy no existe.

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