Eduardo Jordá

Playa

En tránsito

Cualquiera que vea los informativos tiene que formarse una idea del mundo bastante siniestra

11 de agosto 2018 - 01:39

El otro día, dando un paseo por una playa, al atardecer, reparé en dos cosas. La primera, que la gente lee mucho más de lo que parece. La segunda, que hay mucha gente feliz. Lo digo porque cualquiera que vea los informativos o que siga más o menos la actualidad tiene que formarse una idea del mundo bastante siniestra. El pesimismo y el catastrofismo parecen ejercer un extraño efecto hipnótico sobre nosotros. Nos pasamos la vida hablando de tragedias, de crímenes, de agresiones, de guerras, de violencias. Sí, de acuerdo, todo eso es real, pero también es real eso reverso oculto del mundo en el que las cosas tienen un color mucho más agradable. Ese mundo de las familias -abuelos y nietos, hijos y padres, cuñados y primos y resobrinos- que se toman una cervecita en la playa bajo la sombra tutelar de una sombrilla. Ese mundo de niños que disfrutan jugando de sol a sol y que cantan las mismas canciones que cantaron sus padres -o incluso sus abuelos- hace ya muchos años. Ese mundo de los chiringuitos y las neveritas y las latas de cerveza. Ese mundo de risas y de mala música y de partidas improvisadas de futbito sobre la arena. Ese mundo que no parece existir salvo cuando se nos habla de la contaminación y de las montañas de plásticos que ensucian el agua y de los destrozos en el paisaje, pero del que nunca se nos recuerda su cara amable de simple felicidad animal, esa felicidad de estar tumbado al sol con los pies metidos en el agua.

Vale, de acuerdo, todos sabemos que una playa en una zona turística no sirve para hacerse una idea justa del mundo, porque sólo representa a un porcentaje mínimo de personas con los suficientes medios para poderse pagar unas vacaciones, por modestas que sean. Sí, es cierto. Pero ese mundo, que puede ser feo y vulgar -y lo es-, es también un mundo de gente razonablemente satisfecha. Muchas de esas personas nunca soñaron cuando eran jóvenes que algún día podrían disfrutar de unas vacaciones así, con un pequeño apartamento en la playa o una semanita con todos los gastos pagados en un hotel. Los intelectuales, tan desdeñosos ellos, desprecian a la gente que disfruta de estos placeres sencillos porque contradice sus lúgubres visiones pesimistas sobre la existencia humana. Pero yo, qué quieren que les diga, veo en estas playas atiborradas de gente una de las escasas utopías que hemos alcanzado en la tierra.

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