La muerte de George Floyd ha provocado protestas permitiendo que se infiltren otras causas y otras ideologías deseosas de sacar provecho de la situación. Pero el racismo estadounidense existe, no es ninguna novedad, tampoco lo es la violencia de la policía blanca sobre ciudadanos de otras razas, como los pueblos originarios y los hispanos. De éstos últimos no sólo hay abusos contra los inmigrantes, sino también sobre los descendientes de miles de familias que no han cruzado la frontera, sino que estaban asentadas en extensos territorios que pertenecían a México y que en 1848 pasaron a formar parte de Estados Unidos. Es difícil comprender que una persona se pueda creer superior a otra por su raza, lo cual acarrea no sólo la discriminación sino también la persecución de los que se consideran diferentes. No hay estudios que avalen que los blancos sean más inteligentes, ni más trabajadores, ni más bondadosos, ni más de nada. El racismo ha calado en aquél país pese a los esfuerzos de figuras como Martin Luther King o de logros innegables como el que Barack Obama haya ocupado la presidencia. La segregación racial es un asunto muy complejo. No olvidaré nunca situaciones que viví en mis viajes a Estados Unidos durante mi infancia en los años cincuenta y mi adolescencia en los sesenta. Recuerdo un día en el que estaba mirando unos escaparates y se me acercaron dos chicas de raza negra solicitándome que me probara unos vestidos que deseaban adquirir pero que por su condición racial no les permitían probárselos. Accedí y después de ver cómo me sentaban los pagaron y se fueron. En otra ocasión un conductor de autobús urbano me riñó porque le cedí mi lugar a una anciana negra. Otra experiencia tuvo lugar en un restaurante de prestigio donde entré con la familia. Comimos estupendamente, mi padre pidió una botella de vino francés y nos trataron con gran amabilidad. A la salida, me giré hacia la puerta y leí un cartel que no vimos al entrar donde rezaba: «Prohibida la entrada a negros, a mexicanos y a perros».

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