Un día en la vida

manuel Barea /

'Rajoytrix'

EN la fiesta de celebración de los 40 años de El País Rajoy se encasquetó unas gafas que le permitieron traspasar los confines de su entorno en funciones y lo transportaron a una realidad virtual. Él, que llevaba tiempo convencido de que "hasta aquí hemos llegado", descubrió un más allá ahí mismo, justo a su lado, al alcance de la mano, gracias a un visor y a unos auriculares de ultimísima generación. Los cronistas del evento no le oyeron decir: "Carallo, como en El Ministerio del Tiempo". Pero fijo que flipó. Bueno, algo tuvo que entristecerse: no les extrañe que hubiera querido regresar al 20 de noviembre de 2011 y a sus 186 diputados en el Congreso. Pero las gafas no le dieron para eso: le tenían preparadas las españolísimas gestas de Indurain por su afición al ciclismo y el gol de Iniesta en el Mundial de Sudáfrica, y por la parte de las efemérides chungas le recordaron que el planeta es una mierda con el accidente de la central nuclear de Fukushima (podían haberle recreado otro 11-M, pero no habría sido ni oportuno ni elegante: ese mejor para Aznar).

El 20-D es un sueño pasado. Sí, opresivo como la peor pesadilla, pero olvidado ya. Con sus gafas para la realidad virtual, NeoMariano, que se ha visto siempre como El Elegido, ha decidido aventurarse para llegar hasta el 26-J recorriendo el subsuelo de la campaña con el objetivo de encontrarse con un particular Morfeo que le ayude a eliminar a los agentes que, aquí, en su caso, no están liderados por un tío repeinado de elegante traje oscuro y gafas negras sino por alguien con camisa a cuadros, coleta y dientes de sable dispuesto a infectar la democracia con un virus demoníaco.

Rajoytrix, mirando no se sabe muy bien a dónde con sus gafas futuristas, con el despiste que debe provocar ver a Indurain ganando otro Tour alentado por Herminia la de Cuéntame, aguarda el Segundo Renacimiento pretendiendo sin embargo volver atrás y a que aquel 20-N de 2011 se repita como un bucle y pueda salir al balcón y saltar y botar al son de los cánticos de sus abanderados y tenga de nuevo motivos para besar a su mujer delante de todos ellos, dichoso y feliz por la victoria, lejos de la cruda realidad. Si lo hubiera sabido antes, habría pedido estas gafas cuando aquel bestia de Pontevedra le partió las suyas de un guantazo durante la campaña electoral del 20-D y entró en una óptica a por el recambio. Pero nunca tienen las gafas que uno quiere.

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