La torre de vigía

Juan Manuel Sainz Peña

Regalo animal

06 de enero 2013 - 01:00

ESPERO que en esta mañana de ilusiones, sonrisas y juegos, los Reyes Magos hayan dejado a buen recaudo a las mascotas que iban a parar a determinadas casas que, quizá demasiado tarde, iban a darse cuenta de que no podían atenderlas, de que los animales, perros, gatos o conejos, no son juguetes a los que se les pueden quitar las pilas para que no molesten con sus ladridos o con sus necesidades fisiológicas. Será un alivio (al menos déjenme que lo piense), que algunos papás, tías o abuelas, se han dado cuenta del error a tiempo y este año, cuando llegue el verano o acaso un poco antes, no tengamos que ver la perrera municipal abarrotada, ni algún animal reventado en un arcén, como parte del atroz paisaje que causa el desconocimiento y el abandono.

Espero que no. Espero que nadie que no esté dispuesto a asumir todas, absolutamente todas las consecuencias de tener un animal, haya recibido ese regalo que no será, en realidad, más que una condena para el recién llegado. Y es que, no es nuevo, lo que son caricias de bienvenida, arrumacos y besos, pronto, en cuanto las meadas y cagadas se sucedan en la casa (raro es el novato que entiende que todo animal requiere un tiempo de adaptación, y que no llega a la casa sabiendo), todo será un infierno (más para el animal que para sus incapaces dueños). Habrá broncas, gritos y también, si las cosas vienen mal dadas, algún golpe. Y el animalillo, que no sabe, que no entiende qué diablos ocurre, se esconderá bajo una mesa o una silla, se ocultará lo más lejos posible del alcance los humanos que lo han acogido, mientras por su cabecita pasará la pregunta de "¿dónde estoy?"

Espero que no. Espero que quienes hayan recibido un animal como regalo sepan lo que es, lo que conlleva y las obligaciones que acarrea. Y si no es así, vaya si lo siento. Por el animal, naturalmente.

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