La columna

Bernardo Palomo

Robert Allen Zimmerman

T ENGO mucho respeto por aquellos que son grandes amantes de la música. Será que yo tengo esa sempiterna sordera musical y hasta mí, y para mi desgracia, no llega ruido alguno -sólo los necesarios-. En esta semana, el mito, uno de los más grandes, se nos ha hecho presente. El gran mago de Minnesota ha llegado hasta Jerez. Era todo un acontecimiento. Muchos de mis grandes amigos musiqueros, conocedores de mi pésima educación musical, siempre me habían hablado de Bob Dylan como uno de los grandes -como también lo hicieron de Eric Clapton, de Lennon o de los Stones-. Era la oportunidad de verlo en Jerez -escucharlo, por los estragos de la voz y los años, parece que fue otro cantar-. Ha sido todo un éxito de los convocantes. Creo que el cantante levantó expectaciones. La gente bailó, cantó, tarareó… guardó la entrada para la posteridad y dejó constancia para el futuro de que él estuvo allí. Los verdaderos amantes de la música, también los del gran Bob Dylan, se mantuvieron al margen, prefirieron seguir guardando en su alma el sentido eterno de su música. Lo de ahora era otra cosa: la oportunidad de que el ayuntamiento de turno se apunte un tanto en su carrera, saque pecho de sus muchos desvelos culturales -aunque el día a día de su departamento deje mucho que desear-. La música de Bob Dylan aquí era lo de menos. Había que traer al mito, costara lo que costara. El pueblo y, sobre todo, los nostálgicos, tenían que verlo en directo, sacar el mecherito, guardar la entrada y a esperar otra nueva ocasión. En Chapín vieron a un señor llamado Robert Allen Zimerman del que dicen que intentaba cantar canciones de Bob Dylan. Bob Dylan, mientras tanto, permanecía eternamente en el corazón de los verdaderos amantes de su música.

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