Tribuna Libre

José Luis / Repetto Betes

Rogad al dueño que envíe obreros a su mies (I)

30 de enero 2013 - 01:00

PARA el Concilio Vaticano II los cuatro evangelios que la Iglesia venera y lee tienen carácter histórico. No son, pues, novelas ni cuentos ni la puesta por escrito de leyendas elaboradas con mayor o menor apoyatura histórica sino que "narran fielmente lo que Jesús, el Hijo de Dios, viviendo entre los hombres, hizo y enseñó realmente para la eterna salvación de los mismos hasta el día de su Ascensión" (DV 19). Esto no es una invitación al literalismo o al fundamentalismo: es una invitación a creer, como cree el Concilio y toda la Tradición de la Iglesia, en la historicidad de los santos evangelios, porque recogen fielmente el testimonio de los testigos de vista de la vida, la muerte y la resurrección del Señor, testimonio que se puso por escrito bajo la inspiración del Espíritu Santo.

Y en los evangelios se nos cuenta que el Señor Jesús trató con sus discípulos el tema de la necesidad de que haya ministros y apóstoles en su comunidad. Mateo nos dice en el cap. 9 de su evangelio que al Señor, viendo las turbas, se le enternecieron las entrañas para con ellas, pues andaban todos deshechos y decaídos como ovejas sin pastor. Entonces dijo Jesús a sus discípulos: "La mies es mucha mas los obreros pocos; rogad, pues, al dueño de la mies que mande obreros a su mies" (vv. 37-38). Lucas por su parte señala que el Señor, que había elegido a los doce apóstoles para que le oyesen y acompañasen, más tarde decidió elegir otros colaboradores y así designó y envió a otros setenta dos que irían por delante de Él a toda ciudad y lugar a donde Jesús pensaba ir. Y les dio la razón de esta elección y este envío: "La mies es mucha y los obreros pocos; rogad, pues, al Dueño que mande obreros a la mies " ( Lc 10, 1-2). Pero el problema no está solamente en que haya obreros en la mies sino en que estos obreros se comporten de manera digna de la vocación a que han sido llamados (Ef 4, 1) y hagan bien su trabajo, y para ello habrá que formarlos adecuadamente.

Y esto fue lo que le dijo San Juan de Ávila al Concilio de Trento como podemos ver en los memoriales que le dirigió y que pueden leerse en el tomo I de sus Obras Completas, reeditadas recientemente por la BAC, a partir de la página 485. Juan de Ávila no era cardenal ni obispo, y no tenía por tanto voz ni voto en el Concilio, pero era un sacerdote que amaba a la Iglesia de todo corazón y la había servido con todas sus fuerzas desde su ordenación cuando era un joven de veintitantos años. Debido a su prestigio, el arzobispo de Granada y otros prelados le habían pedido les dijera lo que ellos debían decir en el Concilio. El Santo Maestro tuvo así oportunidad de referir por escrito lo que acerca de la reforma necesaria en la Iglesia ya venía diciendo de palabra a los obispos que le consultaban.

Los escritos del P. Ávila que ahora se vuelven a publicar como "Memoriales al Concilio de Trento" se localizaron en diferentes bibliotecas por estudiosos avilistas a mediados del s. XX, como puede verse en la introducción que se les hace en el citado tomo I de sus Obras Completas de la BAC. Para el Santo Maestro era claro que la reforma de la Iglesia tenía que empezar por la reformación del estado eclesiástico. Y entiende el Santo que lo principal que había que hacer era dificultar la entrada en el estado eclesiástico.

Dice con toda claridad que lo que ha echado a perder toda la clerecía ha sido entrar en ella gente profana, sin conocimiento de la alteza del estado que toma y con ánimo de terrenales codicias. El Santo se refería a los más o menos pingües beneficios, capellanías, canonjías, prestameras etc. que es lo que iban buscando los que entraban en el estado eclesiástico sin verdadera vocación. Y lamenta que este tipo de personas logre de Roma bulas para poder ordenarse para el clero secular; en cambio nadie pide, dice él, bulas para entrar en alguna orden religiosa de estrecha observancia. Y a la pregunta de qué remedio puede ponerse a esto, contesta con toda claridad que él cree que hay uno principal y fundamental: que la vida clerical se ordene de tal manera que solamente los virtuosos o los que aspiran a serlo la puedan llevar y que esa misma vida arreglada y espiritual despedirá a los malos y ellos mismos huirán de ella. Y añade con enorme sabiduría: "Y si de esta manera no se les cierra la puerta, ningún otro medio hay para ello; o, si otro se quisiere dar, quizás excluirán a los que había que admitir, o admitirán a los que había que excluir." Señala, pues, el Santo Maestro un doble peligro en que pueden caer los responsables de las ordenaciones sacerdotales: uno, admitir a sujetos indignos de ser ordenados y otro, rechazar a quienes podrían ser perfectamente útiles en el estado sacerdotal.

No he podido nunca olvidar una conversación que sobre este tema tuvo con varios sacerdotes el recordado y querido Cardenal Bueno Monreal, al que agradezco sin fin que me ordenara sacerdote y otras muchas finuras que tuvo conmigo. Espero que el Señor lo tenga en su gloria. Un día, en el palacio arzobispal de Sevilla, después de una reunión del consejo del presbiterio, del que yo entonces era miembro, y en el que se había tratado el tema del declive del número de vocaciones sacerdotales, el Sr. Cardenal dijo que a él no le gustaban las letanías vocacionales que solíamos rezar, porque en ella le pedíamos al Señor: "Danos muchos y santos sacerdotes". Dijo el Sr. Cardenal que él le pedía al Señor no muchos sino los suficientes sacerdotes para que las parroquias, las capellanías, las clases de religión (así dijo) etc. estuviesen cubiertas, y que pedía que fueran buenos sacerdotes: piadosos, sin dar ningún mal ejemplo, sin ambición de dinero, diligentes en cumplir su cometido, obedientes a su prelado, celosos, que preparasen los sermones y la catequesis, que cuidasen de los pobres etc. Y añadió: Si alguno llega a santo, maravilloso, pero si se queda en buen sacerdote, yo, como obispo, le digo al Señor que me conformo. Es obvio que con esto no quería decir el Sr. Cardenal que no aspiráramos los sacerdotes a la santidad o que no estuviéramos llamados a ella; quiso decir que a veces lo mejor es enemigo de lo bueno. Y esto nos lo enseña la experiencia.

Esa misma experiencia nos ha llevado a ver cuánta razón llevaba San Juan de Ávila cuando temía que se admitieran al sacerdocio personas incapaces y se rechazaran en cambio otras útiles. Durante los años que estuve en el Seminario Mayor de Sevilla estudiando Filosofía y Teología, pude ver que fueron despedidos compañeros que luego en el mundo han sido seglares excelentes, padres de familia ejemplares, militantes y colaboradores de sus parroquias etc. y que han vivido con la tristeza de que se les haya impedido seguir la vocación sacerdotal que, aun pasados muchos años, seguían creyendo que era su vocación verdadera. Alguno, incluso ya viudo, ha podido ordenarse sacerdote y ejercer ejemplarmente el sacerdocio. En cambio no han faltado entre los fieles quienes hagan esta pregunta: ¿se ha dejado ascender al sacerdocio a personas de cuya vocación podría dudarse si había sido suficientemente calibrada y probada como verdadera antes de ser admitidas a la ordenación? El motivo de hacerse algunos fieles esta pregunta es la facilidad y tranquilidad con que luego algunos abandonaron el ministerio.

Sobre este tema se permitió hablar Pablo VI - que por cierto fue el primero en permitir las secularizaciones - en la homilía de la misa de un Jueves Santo, y por esa homilía le llovieron las críticas al Papa desde todas las instancias progresistas, que por entonces todavía pensaban que podrían imponer sus criterios en la Iglesia como si fueran los criterios del Concilio.

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