Entre las muchas habilidades de Pedro Sánchez hay que destacar la de haber convencido a la opinión pública de que lo importante es que España tenga un Gobierno enseguida. Comoquiera que objetivamente él es el único que puede presidirlo, todo lo demás ha caído por su propio peso. Se apresuró a pactar la coalición con Pablo Iglesias, cortando en cuarenta y ocho horas cualquier otra opción, y abrió los brazos a completar una mayoría suficiente con el voto de los diputados particularistas y, sobre todo, con la abstención de los secesionistas catalanes. Aquellos con los que le prohibió hablar el Comité Federal del PSOE en un ya lejanísimo diciembre de 2015.

Piensa Pedro en su ambición que una vez reinstalado en la Moncloa mediante investidura legítima, aunque atropellada, ya no le podrán sacar de allí. No sin fundamento: no va a haber en el Congreso mayoría posible para una moción de censura. Pero esto es cortoplacismo puro. Porque lo importante para la sociedad no es contar con un Gobierno, sino dotarse de un Gobierno estable y sólido. Y el Gobierno de PSOE y Unidas Podemos con el aval de los partiditos locales y regionales y el permiso de los independentistas no será ni sólido ni estable.

Sánchez ya ha hecho muchas concesiones a ERC: negocia con el segundo jefe de la sedición (el primero se fugó) que está en la cárcel, dejando a España sin argumentos para lograr la entrega de Puigdemont; se sienta en la mesa negociadora con el imputado que escribió en su agenda la hoja de ruta de la independencia; impulsa que el Tribunal de Cuentas no imponga multas a los sediciosos; acepta que las reuniones sean entre iguales, que se hable de todo y que haya un calendario de cumplimiento de lo acordado. Pero, como he escrito ya otras veces, hay concesiones que no puede hacer, aunque quisiera: la amnistía y la autodeterminación. En realidad, la investidura depende del cálculo que haga ERC. Si le compensan las promesas de futuro de Pedro (indultos, reforma de la Constitución, gobierno tripartito en la Generalitat presidido por ellos) o el desgaste frente a los Puigdemont, Torra y otros vándalos sería tan fuerte como para arruinar una vez más su hegemonía del separatismo. Porque separatistas sí que son. Completamente.

La culpa no es sólo de Sánchez. También estamos así porque Pablo Casado no está siendo patriota en absoluto. Por interés suyo, no de España, espera sentado a que Sánchez se hunda en su desvarío.

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