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Marco Antonio Velo

Semana Santa 2022: ¡todo es de color!

El matiz chabacano -que es tufo filibustero en toda ciudad que se precie- desparece por arte de birlibirloque cuando los preludios de primavera anuncian una nueva Semana Santa. La órbita de lo malicioso queda relegado a un ínfimo plano. Ahora predomina la sangre de la madera que simboliza. El espíritu de una tradición que siempre prevalece por encima de esa caprichosa anarquía de las novelerías. Las Hermandades asimismo están expuestas al acoso y derribo de las nocturnidades externas -aquella gente indigna que no respeta la ideología y la creencia de cada cual- y -¡cuanto, fill meu, resulta más preocupante!- también interna: los perversos arrebujados que, siendo habitas contadas, hacen del aburrimiento una confabulación cainita. Sin embargo, cuando una cruz de ceniza traza el tempus fugit sobre la hoja de calendario del inicio de una nueva Cuaresma, sobreviene la autoritas de lo inapelable: esto es: cuanto tácitamente ya está establecido a pesar de los pesares de las demagogias de baratija, los circunloquios de cartón piedra y esa suerte de inmersión errática en la progresía de papel mojado.

Ahora además la liturgia regresa por sus fueros y los cofrades con las pilas cargadas. Y todo, como cantara Lole, volverá a ser de color. En el espejo dorado del solo de una corneta. Color en la sarga que, por ventura, sigue adscrita a la fijación del esparto. Color en la epidermis de la manos que -no titubeantes pero sí temblorosas, “manos que, fingiéndose palomas, son manos de un hombre cualquiera”- se posan sobre la renovación evangélica en la fórmula de la Protestación de Fe. Color en los dedos arrugados de antiguos biberones que hoy cosen dobladillos de túnicas para el nieto que estrena anonimato en una noche de carita tapada. Color de cordones de zapatos nuevos en la superstición del dicho popular del Domingo de Ramos. Color de arroz con leche en la intrahistoria de la receta sabrosa de las abuelas. Color de bombeo de estómago cuando otro costalero también se faja la dimensión de esta plegaria que avanza de costero a costero…

Color en la plata insomne e insigne del respiradero que filtra oxígeno a otra levantada a tres tiempos. Color de Casa de Hermandad vacía con ecos de enseres ya monumentos efímeros en la envergadura condescendiente de la sede canónica. Color de nudos de corbatas. Color de encarnadura de la Madre de Dios, que es torre de marfil in hac lacrymarum valle. Color de oración con addenda de agudo matiz andaluz. Color de mantilla que no enluta sino rejuvenece la orla femenina de una tradición de tacón alto. Color de pelo revuelto de niño chico que sostiene, tan formalito, la naveta de su propio destino. Color de bocina que es trompetería anunciadora de nuestro diálogo con Dios. Color de portada de ‘El Vía Crucis de todos los hombres’ de Ramón Cué: “Simón de Cirene quedará para toda la Iglesia, en el primer Vía Crucis de la historia, como Catedrático y Maestro en el arte supremo de llevar la Cruz”.

Color de las enseñanzas igualmente cofradieras que se infieren de las reflexiones de San Agustín. Color de la nostalgia por quienes ya no se desvisten su túnica nazarena en tanto han alcanzado la dicha de la definitiva estación de penitencia sin esfuerzo físico ni horarios ni itinerarios. Color de tinta en la escritura del diputado mayor de gobierno cumplimentando a puño y letra las cédulas de sitio. Color de la inteligencia de un cultísimo obispo nuevo cuya empatía late con fortaleza de magistral humildad innata. Precisamente hoy, cuando todo sucede a la hora inciertamente exacta de la cuenta atrás, iba a escribir sobre la enriquecedora audiencia que nos concedió nuestro querido prelado a la Real Academia de San Dionisio este pasado lunes, pero el teclado, tan indomable, ha tomado otro sendero. Será que los caminos del Señor también son convergentes en esto del columnismo periodístico…

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