Tierra de nadie

Alberto Núñez Seoane

Y, sin embargo, seguimos aquí...

SÍ, estamos en medio de nuestra vida, perteneciendo, en gran parte de lo que somos, a un pasado al que no deberíamos estar lo subyugados que decidimos estar: pasó… ya fue… es inmanejable… Nada de lo que hagamos, por nada de lo que nos preocupemos, respecto a él, va a cambiar un ápice de lo que entonces ocurrió. ¿Para qué? pues, ¿por qué…?

Pendientes existimos, de un futuro que pretendemos ‘afianzar’, algo del todo fuera de nuestro alcance: nunca seremos ese futuro, lo que queremos llegar a ser es lo que somos hoy, mañana no llega nunca.Padecer, calcular, tratar de prever, intentar asegurar… ¿qué?, ¿para qué…?, ¿para quién…?, ¿para cuándo…? Nada… porque lo que lleguemos a ser sólo será lo que elijamos ser hoy, ahora. Para nada, porque es inútil empecinarse en modelar lo que se nos escapa, nunca podremos estar fuera de nuestro presente, del hoy. Para nadie, porque nadie nos puede ‘esperar’ allá donde no hay nadie, el mañana es una nada, un vacío inventado por nuestra ‘necesidad’ de creer en él, una ilusión fomentada por nuestra conciencia de temporalidad, por nuestra intuición de esa más que factible ausencia –inasumible para nuestra fragilidad– de un futuro sin deficiencias ni fin, amplio y extenso, en el que pudiésemos ser todo lo que no podemos ser en el presente que vivimos; en realidad, lo único que seremos y no más de lo que nunca llegaremos a ser. Para nunca, porque jamás alcanzaremos lo inalcanzable; nos está vedado ‘ser’ fuera de nuestro tiempo, y nuestro tiempo es, sólo y exclusivamente el presente, hoy, ahora, este mismo momento.

Pero lo cierto es que: tozudos, empecinados y persistentes, seguimos ‘al pie del cañón’, ‘haciendo de nuestra capa un sayo’ –o creyendo que lo hacemos–, desviviéndonos por vivir… una vida equivocada, dejándonos el aliento por lo que no tendría ni que ser considerado. Soterrando anhelos que deberían ser las guías de nuestro existir, posponiendo decisiones que ya no podrán ser cuando nos decidamos a tomarlas, olvidando afectos, querencias y amores que sólo estarán a nuestro alcance cuando lo están, es decir: ahora, mañana… quién sabrá dónde habrán marchado, en qué rama se habrán posado, a la fuerza de qué viento llenarán sus velas todas, hacia dónde enfilarán la proa. Porque…. ¿con qué colores te vestirás al alba…, con el azul que tanto te gusta hoy…, con el rojo que tan bien te queda, o con el verde que realza tu hermosura? Ni tú lo sabes, ni yo lo podría saber; mañana, tú serás otra, mañana yo no seré el que hoy soy. Entonces… habita el azul que te enamora, hoy; acaricia el rojo que te apasiona, ahora; suspira con el verde que te ilusiona, antes de después… Es: o vivir, o ‘estar-preparándose-para-vivir’. Quien vive, ‘vive’; es él mismo ahora, en su presente, que es su realidad única. Quien no lo hace, quien ‘está-preparándose-para-vivir’: planea, prepara, supone, imagina y… espera un aguardo sin fin, porque siempre esperará lo que jamás conseguirá, no está en sus posibles lograrlo. Su existir, puede que amenizado por algunos vinos y pocas rosas, por melodías engañosas y compañías sólo suficientes; pasará –no ‘será’– raudo e inconsistente, como el agua presta que resbala torrente abajo, sólo durante el deshielo, luego… un cauce vacío y reseco bajo un sol lejano, implacable e inalcanzable, que nada quiere saber ni del agua que se fue, ni del cauce seco que dejó.

Es vano, por completo, angustiarse por lo que se sitúa allende nuestras posibilidades. Somos libres porque podemos, siempre, decidir; pero no podemos decidir sobre aquello a lo que no tenemos acceso –podemos decidir subir o no subir por esa escalera, pero no podemos decidir que la escalera ‘suba’ por nosotros–. Debemos usar la libertad que, como seres humanos, nos es implícita parar ‘ordenar’ nuestro existir en pautas que nos acerquen, lo antes y lo más posible, a los fines que motivan nuestra voluntad. La conciencia nos hace ver la multiplicidad de alternativas, pero esta circunstancia nos turba porque nos hace dudar, y al dudar sufrimos la incertidumbre por ‘lo que pasará’, por las consecuencias de esa decisión que hemos de tomar sin estar seguros del resultado.

Sin embargo, deberíamos preocuparnos del preciso momento en el que estamos, es decir: ahora, que es antes de decidir. Cuando estemos decidiendo, lo que haya pasado antes ya no importará, entonces sólo será relevante ese momento que, ahora, aún no ha llegado, por lo que no lo tenemos que considerar. Anteponer al ahora aquello de lo que no tenemos certeza que vaya a llegar a ocurrir es, a más de estúpido, perjudicial. Porque, aunque caminemos pensando en los pasos que vamos a dar después de los que estamos dando, siempre estaremos aquí, sólo aquí, en el lugar exacto en el que, en este momento, estamos.

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