La tribuna

manuel Ruiz Zamora

Susana y los viejos... perjuicios

LA actual presidenta de la Junta de Andalucía accedió a su cargo como suelen hacerlo los grandes personajes de la Historia: por cooptación. Sus méritos para ello eran los que en un país como España se esperan de un político. No bagatelas tales como la inteligencia, la integridad o el sentido de la realidad, sino la sumisión a las estructuras internas del partido, el talento para la intriga y unas dotes incomparables, según dicen, para deshacerse de sus enemigos. Nadie, al principio, daba nada por Susana. En el momento de su designación, las redes sociales se llenaron de comentarios indignados que incidían, por lo general, en la mediocridad de nuestra casta política y en su desvergonzada endogamia, de las que Susana operaría, según el juicio siempre categórico de los internautas, como último y más depurado paradigma.

Y, sin embargo, cuando nadie lo esperaba, Susana germinó como una deslumbrante florecilla en el desierto de una organización política, de la que, a estas alturas, ni siquiera los más pertinaces optimistas esperan otra cosa que cardos borriqueros. En la Conferencia Política del Partido Socialista, celebrada a finales del pasado año, nuestra insigne recién llegada sorprendió a propios y extraños, no sólo por la virulencia de las críticas al pasado reciente de su partido (del que ella, sin embargo, había formado parte en un piadoso silencio), sino por una declaración de principios que, teniendo en cuenta el grado de confusión que ha alcanzado nuestra izquierda, tan sólo cabe calificar de clarividente: "Tenemos un proyecto común y ese proyecto se llama España. Ahí tenemos que estar todos los socialistas, todos. Nadie puede echarnos de la defensa de la Constitución. Que los ciudadanos no se desconcierten, que cuando nos miren sepan que hay un partido que defiende a España y su unidad, porque nosotros no nos podemos permitir que el PSOE cree desconcierto e inseguridad entre los ciudadanos".

Sinceramente, después de más de treinta años de ambigüedades en los que la simple pronunciación del nombre de este país (también conocido como "El Estado") era considerado anatema por los detentadores oficiales del progresismo, aquella confesión de patriotismo constitucional me pareció tan inesperada, tan valiente, tan revolucionaria, que no pude dejar de escapar un par de lágrimas conmemorativas. Por fin un dirigente del Partido Socialista se atrevía a reivindicar un estado de cosas, el que se derivaba de la Transición, en el que ellos, como el resto de la izquierda, habían jugado un papel decisivo y que, por desidia y torpeza política, había terminado patrimonializando la derecha.

Muchos ingenuos, entre los cuales tengo el honor de contarme, pensamos que aquello podía ser el principio de una larga amistad entre nuestro progresismo patrio, por lo general tan reaccionario, y la defensa más o menos pragmática de los principios del constitucionalismo. ¿Sería posible, me preguntaba, que en este país se esté gestando una izquierda capaz de disputarle a la derecha el patrimonio de la nación y la defensa de la ley? Desatado ya mi entusiasmo, comencé a imaginar un horizonte en el que, por ejemplo, la bandera constitucional desplazaba en las manifestaciones a la de la II República, ese rancio anacronismo. Llegué a vislumbrar incluso la posibilidad de una izquierda que, en consonancia con sus más nobles tradiciones y principios, se convertía en el baluarte democrático contra la amenaza que representa toda -y digo toda- forma de nacionalismo.

Ahora bien, si Susana floreció fue sólo flor de un día. Como afirmaba W. H. Auden, Gil de Biedma mediante, "que la cabra tira al monte y nunca hay humo sin fuego". En apenas unos meses, Susana y su partido han vuelto por do solían. Después de entrevistarse con Artur Mas, ese gran líder, ese gran visionario, ese gran estadista, nuestra insigne presidenta ha declarado que Cataluña es víctima de un choque de trenes "entre los que quieren dejar sola a Cataluña y los que la quieren aislar". Es decir, la sempiterna equidistancia de nuestra izquierda y su patológica propensión a ejercer de tonto útil del nacionalismo.

Colocar en la misma balanza a los que defienden la Constitución y a los que sólo aspiran a destrozarla es una vieja estrategia del partido socialista que, la verdad, no parece reportarle muchos créditos, ni electorales ni de ningún otro tipo. Pensar que la voracidad totalizadora de la golfería nacionalista va a apaciguarse con unos leves retoques de cirugía estética, podía pasar por un rasgo, ciertamente conmovedor, de ingenuidad en otras etapas más candorosas de nuestra democracia, pero en estos momentos aparece como lo que es: un ejercicio de burdo cinismo político. A este paso, pronto veremos a Susana desdecirse de sus críticas, reivindicar las sombras del pasado, entonar loas a los logros nunca bien ponderados del zapaterismo…

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