Jerez íntimo
Marco Antonio Velo
Jerez, 31 de diciembre de 1946: Argudo, García-Figueras y Montenegro
EN ocasiones hay felices coincidencias. No hará ni un mes que un compañero me sugirió un pequeño libro de uno de los más eminentes procesalistas europeos del siglo XX: Piero Calamandrei. Su título no podía ser más llamativo: Elogio de los jueces escrito por un abogado. Quien se deleite con esta pequeña obra entenderá por qué el regusto que deja su lectura es delicioso. Compuesto por cortos párrafos, rezuma sabiduría. No en vano, Calamandrei fue, a la par que maestro del Derecho, un eminente abogado. Leer aseveraciones como aquella que dice: "Para encontrar la justicia es necesario serle fiel: como todas las divinidades, se manifiesta solamente a quien cree en ella", sencillamente, reconforta el ánimo.
De su lectura queda en el aire el olor que debe impregnar el ejercicio de la digna profesión de abogado: la probidad, la honestidad, la integridad del letrado. De ahí que Calamandrei entienda que "quien comparece ante un tribunal llevando, en la cartera en lugar de justas y honestas razones, recomendaciones secretas, ocultas peticiones, sospechas sobre la corruptibilidad de los jueces y esperanzas sobre su parcialidad, no debe asombrarse si, en lugar de hallarse en el severo templo de la justicia, creerá verse en un alucinante barracón de feria, en el que de cada pared un espejo le restituye, multiplicadas y deformadas, sus intrigas".
Calamandrei plantea una disyuntiva dramática: templo de justicia o barracón de feria. O lo que es lo mismo, optar por "justas y honestas razones" o por posiciones utilitaristas ayunas de ética cuya única finalidad es la maximización del beneficio económico. Sin más.
La abogacía está llamada a ser una profesión honesta, como cualquier otra. No en vano existe un Código Deontológico que, quizá, se estudia con menos empeño del que se debiera. O la impactante afirmación que se contiene en el artículo 30 del Estatuto General de la Abogacía Española, cuando vincula la abogacía al "fin supremo de Justicia".
Considerando esta expresión última, fin supremo de la Justicia, parece que no tiene cabida en su servicio el uso de la mentira. Y es que en muchas ocasiones se confunde la mentira con la perspectiva. Al respecto, Calamandrei también brinda un ejemplo claro: Poned dos pintores ante el mismo paisaje, el uno al lado del otro, cada cual con su caballete; volved al cabo de una hora a mirar lo que cada uno ha trazado sobre el lienzo. Veréis dos paisajes absolutamente diversos que parecerá imposible que el modelo de ambos sea el mismo, ¿Diréis por eso que uno de los dos ha traicionado la verdad?
De plantear la defensa de unos intereses desde una concreta perspectiva, para abordar una concreta realidad, a mentir abiertamente -llamando noche al día y día a la noche- hay una diferencia sustancial. La primera opción es la propia del abogado íntegro y honesto. La segunda, si acaso, la propia del charlatán de la feria de cuyos barracones habla D. Piero.
Enfocar la realidad desde la perspectiva del cliente, pero sin traicionar la verdad. Esta es la misión del abogado. Es evidente que se debe huir de posiciones simplistas, que dibujan una realidad con tonos puros, negros y blancos. La realidad es difícil de comprender y aprehender. La perspectiva genera tal número de interpretaciones que sólo uniéndolas todas puede apreciarse mejor la verdad que subyace en la concreta realidad. Esa es la trascendental función (misión) del juez, cuya responsabilidad se cifra en valorar las parciales versiones de la realidad que se le aportan (la dibujada por cada letrado) y desentrañar la verdad que late en los conflictos que se someten a su juicio para impartir justicia.
En relación con la misión del juez, y en una línea muy similar a la antes indicada puede leerse una reciente carta dirigida por el papa Francisco al presidente de la Corte Suprema de Argentina, fechada el 23 de marzo del corriente. En ella señala que la labor de administrar justicia es "una de las más insignes tareas que el hombre pude ejercer". Indica, a continuación, la gran utilidad de tener presentes tres ideales básicos para el juez: la ecuanimidad, la imparcialidad y las nobles miras. Adornándose el juez con las virtudes de la rectitud de conciencia, la posesión de conspicuos valores (prudencia, sabiduría, integridad y fortaleza) y la irreprochabilidad en su servicio al pueblo.
Todo jurista tiene la misión de "encarnar" el ideal (o, al menos, intentarlo), para que ese "ideal encarnado" en una persona pueda llevar a cabo la misión última que se le ha encomendado: servir al fin supremo de Justicia, como garantía de una sociedad libre y democrática. Y, de paso, ganarse honradamente el pan.
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