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Thule

Las naciones próximas ambicionan profanar la pureza casi intacta de la isla de los hielos perpetuos

No sin la base geográfica que aportaron los navegantes y los viajeros que se aventuraron por las remotas regiones árticas, el mito de la última Thule, situada en el reino de los hiperbóreos, se refiere a uno de los confines -casi terrae incognitae, conocidas por fuentes orales o entrevistas o imaginadas desde la lejanía- del pequeño mundo antiguo. Precisamente por su naturaleza semilegendaria, no existe constancia exacta de su localización en el mapa, pero los estudiosos ubican la isla en los límites septentrionales de la vieja Europa, más allá de las Casitérides y de la Britania anterior a la conquista romana, unidas ambas al continente a través de la ruta del estaño. La accidentada costa de Noruega, archipiélagos próximos como las Shetland o las Feroe y desde luego Islandia, el mágico país de los géiseres y los volcanes, se disputan una denominación -grata a los poetas por su sonoridad aliterativa y a los necios esoteristas por sus supuestas reminiscencias ocultas- vinculada en cualquier caso al vasto ámbito de las regiones nórdicas. A él pertenece, aunque sea en rigor americana, también Groenlandia, la tierra verde bautizada a finales del primer milenio por el vikingo islandés de origen noruego Erik el Rojo, cuyo no menos bravo hijo Leif sería el primer descubridor de lo que ellos denominaron Vinland, por la parte canadiense de Terranova, cuando los antepasados escoceses y alemanes del actual presidente de los Estados Unidos no podían ni sospechar, como el resto de los europeos no escandinavos de su tiempo, que al otro lado del océano había imperios y pieles rojas y centenares de lenguas y de culturas. A comienzos del siglo pasado, el explorador Rasmussen, hijo de un misionero danés y una nativa inuit, llamó Thule a uno de los puestos de avanzadilla en el arduo camino que lo llevaría al Pacífico en trineo, por el entonces recién hallado paso del Noroeste. Muy significativamente, sus sucesivas expediciones llevarían el mismo nombre, asociado a los relatos y las canciones del pueblo cuyas costumbres documentó sobre el terreno. Sólo unas decenas de miles de habitantes viven, casi completamente emancipados de Dinamarca, en unos pocos enclaves de la costa suroccidental, sometidos a condiciones extremas que no permiten ninguna clase de agricultura. Los recursos naturales de la isla de los hielos perpetuos, cuyos glaciares se están derritiendo casi a ojos vista, son objeto de la codicia de las naciones próximas que ambicionan profanar su pureza casi intacta con minas, prospecciones y plataformas. De Thule, por cierto, era la hermosa princesa Sigrid de los tebeos, que tenía como el patán neoyorquino un intenso pelo amarillo.

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