Tierra de nadie

Alberto Núñez SEoane

“Quos vult Iupiter perdere…”

“… Dementat prius” Una expresión latina que usaban los romanos para formular su percepción de que quien se conduce hacia el precipicio, previamente hace perder el sentido común a los que pretende arrastrar con él: “Júpiter comienza por volver locos a los que desea perder”.

Disculpen el latinismo, pero es que viene como anillo al dedo para la situación que hoy estamos padeciendo en España: lo que acontece, es de locos. No por mor de un incontrolable destino que nos somete y apalea, más bien a causa de la inasumible incoherencia de los máximos responsables de un gobierno que, este sí: nos somete y apalea.

Créanme si les digo que, sin acercarme a los maestros que me la regalaron, tengo la suficiente tolerancia como para aceptar ideas o ideologías opuestas a las que me ocupan o antagónicas de las que practico; creo poseer la sensatez necesaria para asumir que se puede llegar a donde se quiere por caminos diferentes a los que conozco o en los que confío; gozo del mínimo de sentido común necesario para ser consciente de que hay quien sabe mucho más, quien piensa con mayor profundidad, quien conoce mejor o quien deduce, elige o resuelve con más solvencia, acierto y provecho que yo; obviamente, esto no supone mérito alguno, tan sólo constatar la capacidad, por exigua que sea, de haber ido rectificando con el transcurrir de los años, aprendiendo de la experiencia y asumiendo la diminuta realidad que suponemos, aunque tanto nos cueste aceptarlo. El problema, sin embargo, no es que ande escaso de paciencia y comprensión ni que mi vanidad me impida validar alternativas ajenas ni tampoco que mi egocentrismo me lleve a creerme por encima de los demás o me impida dudar que “lo mío” sea lo mejor, no; el conflicto es que quien nos manda lo hace de modo compulsivo e irracional, carente, por completo, de la mínima coherencia necesaria e imprescindible para que las directrices, normas y leyes con las que nos gobiernan tengan la posibilidad, por escueta que sea, de alcanzar algo que sea bueno para todos, al menos para la mayoría, y no es así.

No se puede decir hoy blanco y mañana negro, no se puede mentir y tapar la mentira con otra mayor, no se puede errar y no pedir perdón, no se puede culpar a quien no decidió y obviar a quien lo hizo; no se puede estar en misa y repicando: abrazando a quien quiere derribar lo que tú dices defender, tendiendo puentes a quien está socavando sus cimientos, dando de comer a quien ha vertido veneno en tu plato… Nada de esto es entendible ni aceptable ni permisible. El conflicto no está en nosotros, no es una cuestión de partidos ni de política; no se trata de mentalidad, progresismo o tolerancia; no va la cosa de estar en la ‘izquierda’ o en la ‘derecha’; ni tiene nada que ver con feminismo o machismo, con liberales o conservadores, con capitalismo o marxismo; no está relacionado con tendencia, opción o alternativa alguna… sólo se trata de él, el conflicto es él.

Es él, sí, porque es quien elige y nombra, quien quita y destituye, quien escoge ministros, cargos, socios de gobierno o aliados, quien firma decretos, decide sobre leyes, pone impuestos y dicta normas. Él, quien, con fanfarrona y machacona desfachatez, predica la tolerancia de la que se encuentra en las antípodas; ‘llama’ a un diálogo que niega una y otra vez a quien no se somete a sus caprichos; desprecia, insulta y avasalla a quien quiera que no se pliegue a sus intenciones; miente con descaro impropio de su posición, se apoya en sus embustes, huye hacia delante, falsea información, acusa sin pruebas mientras niega las que le acusan, defiende lo indefendible, y tira por tierra principios y moral, ética y valores, amplitud de miras, grandeza de espíritu y generosidad de mente. Apalancado en su prepotencia, pisotea la humildad; obsesionado con el poder, destruye la esperanza; crecido en su vanidad, arrasa con el sosiego, alentando una crispación que terminará en tragedia, o muy cerca de ella, puede que demasiado.

Él, enrocado en un inquietante posicionamiento ególatra, enfermizo y febril, años luz de la razón y las buenas prácticas, en el reverso del entendimiento y la generosidad; nos está haciendo enloquecer antes de llevarnos hasta el abismo al que se encamina.

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