Quién, nacido en Jerez, en la etapa escolar o en alguna visita a bodegas, no recuerda haber escuchado hablar de las características de esta tierra blanca, tan exclusiva de nuestro entorno, de su áspera y árida apariencia y, a la vez, de su sorprendente capacidad de acumular el agua y ser, contra todo pronóstico, tan fértil como para hacer crecer las cepas de esa uva palomino de la que habrá de surgir la maravilla de los vinos del marco. No recuerdo, por el contrario, una forma tan hermosa y precisa de describirla como la que he encontrado en el reciente poemario de Josefa Parra, quien consigue el raro prodigio de que las palabras consigan evocar, con su juego y sonoridad, la antigua naturaleza de la albariza y sus remotos orígenes marítimos: «…un temblor de antigua espuma, / aún recuerda y añora las mareas, / y los racimos guardan de los peces/ los ojos, la humedad y el tacto grave». Es apenas un solo poema, el que encabeza su último libro, que inaugura un personal viaje de la autora por pagos, viñas y enclaves por donde el paso de las estaciones deja un rastro de leyenda. Las bodegas y las calles con olor a solera serán el vehículo con el que rastrear por los rincones de la memoria sin dolor ni prisas, con un maduro detenimiento. Y, por fin, el vino que ilumina días, testigo de la experiencia amorosa y de la misma vida que pasa: In vino veritas. Apenas unas decenas de poemas en los que la poeta nos ofrece sus versos, ordenados con el cuidado que le caracteriza, otorgándoles toda su capacidad evocadora, la que nos lleva a hacer propio el personal mundo que relata. Es suyo y es nuestro por esa insólita capacidad que tiene la buena poesía de hacerse universal para que, de esa manera, nos podamos apropiar de ella.

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