Por medio de una entrevista hallada por casualidad, volvió a mí un tema del que venía oyendo hablar desde hace tiempo, pero al que nunca eché demasiada cuenta. Debe de ser que a los que no viajamos en avión con demasiada frecuencia nos cuesta asimilar el efecto de las emisiones de CO2 sobre la crisis medioambiental, pero resulta que ahí está. El sujeto de la susodicha entrevista era el escritor y periodista norteamericano Jonathan Safran Foer, autor del libro Podemos salvar el mundo antes de cenar (Seix Barral), y su discurso era bastante claro y hasta asequible en lo tocante a nuestra participación en la salvación del planeta. Sus propuestas no consistían en suprimir nada radicalmente, sino en restringir la frecuencia de determinadas cosas. Entre ellas -las otras creo recordar que eran comer menos carne, conducir menos y tener menos hijos-, se encontraba la de volar menos. Vale, tomo nota de todo, aunque uno de los objetivos queda ya fuera de mi ámbito, pero les aseguro que en lo de volar me lo ponen muy fácil. Como diría aquel, si hay que volar se vuela, pero no es que uno vaya tocando las palmas. Ahora añado lo del cambio climático, pero créanme: me sobran razones para que me piense coger un avión. Seguro que están de acuerdo conmigo: los aeropuertos se han convertido en auténticas carreras de obstáculos, los controles de equipajes, según en qué lugares, en una minuciosa investigación en la que partes como sospechoso, y más si eres morenito. Y si tienes que enlazar vuelos, échate a rezar. Tienes todas las papeletas de tirarte un día entero tirado en un aeropuerto. Nadie te pedirá disculpas. Tampoco si te pierden la maleta. Es tanta la cosificación a la que nos someten, tan grande la indefensión y vulnerabilidad, que, si no fuera por lo que es, porque es obligado a veces para viajar, iba a volar quien yo sé.

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