HABLANDO EN EL DESIERTO

Francisco Bejarano

Vuelve el verano

21 de junio 2010 - 01:00

NO porque los agoreros anuncien un verano muy caluroso, como debe ser por los pagos sureños, va a ser malo. Hemos conocido veranos tórridos, con interminables quincenas de 40º, cielos grises y rojizos y vientos calientes capaces de agostar las almas. Si este que empieza hoy, a las 11,28, hora solar, es de ésos, no nos será desconocido ni debemos interpretarlo como un signo apocalíptico. Mejor será esperar y no adelantar predicciones del tiempo. Los meteorólogos han repetido cada vez que tienen oportunidad que con más de tres días de antelación es arriesgado prever el concierto de los meteoros. Veranos calurosos hemos disfrutado desde tiempo inmemorial porque nuestras casas están preparadas para el calor. Ha llegado el momento de compensarnos del frío que pasamos en ellas en invierno, arrinconados en un lugar confortable en medio de una casa helada. Bienvenido el verano, pues a su casa viene.

El clima mediterráneo, el de los griegos y los romanos, se prestó siempre a los comentarios, porque, aunque tiene unas normas básicas, se excede frecuentemente. Desde que se propaló la especie del calentamiento global no pasa un día de calor sin oír noticias de la fundición de los hielos polares. O esta otra noticia aparecida hará unos dos meses: Un científico de la universidad canadiense de Victoria, Andrew Weber, ha denunciado a un periódico de Canadá por envenenar el debate sobre el calentamiento global con 'falsedades irresponsables'. Es una pena que el periódico no dé más detalles para saber cuáles son esas falsedades y si Weber es de los buenos o de malos, de derecha o de izquierda. El enconamiento entre los partidarios del calentamiento o del enfriamiento, lentísimos ambos, tienen siglos por delante para hacerse acusaciones ideológicas, como si el cambio del clima dependiera de una elecciones generales. La mayor parte de los meteorólogos asisten a esta controversia con asombro expectante.

No pensemos en las discusiones del clima, que van para largo y no es un peligro inminente. Los peligros del verano, y nunca está de más reiterar la advertencia, son los que se derivan del espíritu plebeyo y del embrutecimiento. El descenso humano veraniego es un riesgo general; pero afecta, como es de suponer, de manera notoria a quienes por afición, o porque no conocen otras referencias, gustan de lo vulgar y bruto. El buen tiempo, aun caluroso, invita a salir y a destaparse, no sólo de ropa sino de alma, nos inclina a la fritanga, a los refrescos con alcohol y al vocerío (el plural en estas frases es pura y santa humildad), y nos invita a enseñar carnes que nunca debieron verse fuera de lo íntimo y de los reconocimientos médicos, en los que adquieren dignidad. Previendo los peligros, y negándonos a discutir sobre el cambio de clima, el verano nos da placeres y disfrutes ordenados: la contemplación de la belleza, humana y divina, hecha verdad patente en la Naturaleza.

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