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Descanso Dominical

El accidente

Cuando el chico abrió los ojos como quien despierta de una pesadilla, se levantó del asfalto apoyando las manos en una alfombra de cristales

El viento áspero entraba a latigazos por las ventanillas del coche y rasgaba la piel con ardor guerrero, pero, en mitad de un agosto desbocado, era preferible masticar la flama que subir los cristales y condenarse. En una de sus sus embestidas la corriente caprichosa del levante trajo a lomos algo parecido a una libélula. El insecto, alas largas y fulgor de colores, inició una especie de danza del caos con la que iba sorteando a la conductora, los niños y los bolsos de la playa, aunque, queriendo forzar una vía de escape, se golpeó violentamente en un par de ocasiones contra la luna trasera, que lo devolvía aturdido a los medios de la plaza. Se trataba de un ‘caballito del diablo’ -así los llaman- y, ciertamente, no fue un buen augurio. Sus hijos gritaban asustados y la mujer distrajo la vista de la carretera para intentar ahuyentar al bicho con una bayeta que acertó a sacar de la guantera. Fueron dos segundos, el camionero no tuvo tiempo de esquivar lo inevitable; el impacto, directo, frontal, llenó el aire de violencia y añicos.

Fundido a negro. Cuando el chico abrió los ojos súbitamente, como quien despierta de una pesadilla, se levantó del asfalto apoyando las manos en una alfombra de cristales. No sentía dolor, sólo había sitio para el miedo. Buscó rápido a su hermana pequeña, en cuyas mejillas se cunfundían la sangre y las lágrimas. Está viva. Su madre se había llevado la peor parte y pasaría varias horas esa noche en el quirófano, pero también seguía allí, malherida pero consciente. Mamá, resiste. Esperar a la ambulancia era un lujo que no se podían permitir, así que aquella familia los subió a su furgoneta dejando atrás, a las afueras de El Puerto de Santa María, un punto kilomético donde el eco de un milagro impregnaba los restos de un 600 destrozado. Camino del hospital una patrulla de la Guardia Civil se situó delante y les fue abriendo el paso. Ahora es cuando estamos a salvo, pensó. Ya en Urgencias, esos agentes jugaron a calmar a los niños, los acompañaron de la mano entre cura y cura, y borraron sus lágrimas hasta que comenzaron a llegar los familiares más directos...

La imagen del accidente me acompañó por muchos veranos. El pavor del principio se transformó luego en una sensación incómoda y molesta, como al ponerte un jersey de esos que pican por todo el cuerpo. Hoy, cuarenta años después, lo que permanece es la convicción de que el cielo y la suerte se aliaron para darnos a los tres otro boleto. Y el recuerdo de aquellos guardias civiles, los primeros de tantos que me han enseñado a lo largo de la vida que los ángeles de la guarda muchas veces visten de verde.

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