Lecturas contra el coronavirus

Jesús Rodríguez

El afinador de fuentes (Capítulo 20)

Pedro Corbacho, en un retrato de la època. Pedro Corbacho, en un retrato de la època.

Pedro Corbacho, en un retrato de la època.

Una de las mañanas de trabajo en la bodega, mientras Mencía despachaba, vencida de aburrimiento, en el cuarto de muestras con don Críspulo, el químico, sobre las diversas holandas del brandy, entró el botones para decirle que una señora la estaba esperando en el vestíbulo. Vio el cielo abierto y se excusó:

–Perdóneme, don Críspulo. No tengo más remedio que atender la visita.

–Vaya, vaya, señorita –contestó él–. Cuando termine la espero en el cuarto de muestras.

–Perfecto –respondió, sin comprometerse–.

Se marchó hacia el vestíbulo.

Allí, sentada en uno de los mullidos sofás, medio perdida en una esquina, se veía una mujer menuda, vestida con un rebozo negro. Tenía la tez morena, el pelo entrecano y unos ojos azules, aunque opacos.

–¿La conozco? –preguntó Mencía.

–A mí no, señorita; pero a mi marido, sí.

–¿Quién es su marido?

–A lo mejor por su nombre no lo reconoce: se llama Cayetano de la Cruz. Usted lo conoció en el tren de viaje a…

Mencía sintió una sacudida.

–Madrid… Claro que lo recuerdo –contestó interrumpiéndola–.

Dudaba de cuánto sabría aquella mujer de lo que habían hablado. Ella pareció adivinarle el pensamiento.

–Él me dijo que le contó a usted que había participado en la muerte de ‘El Blanco de Benaocaz’. Por eso estoy aquí. Va a confesar su crimen a la Guardia Civil y me ha dicho que usted le pidió que si alguna vez lo hacía no dejara de comunicárselo, y que usted procuraría que su padre le buscara un buen abogado. Ya ha hablado con uno de Paterna y le ha dicho que cuente con que el fiscal va a pedirle en el juicio pena de muerte.

–¡Pena de muerte! –exclamó Mencía– ¿Y aun así está dispuesto a confesar ese crimen?

–Lo está, señorita. Yo he tratado de quitárselo de la cabeza, pero dice que prefiere morir atravesado por un tornillo que vivir sin poder dormir ni una noche más en su vida. Y es que desde que se enteró de que los Corbacho no ordenaron la muerte de ese hombre por traicionar a los trabajadores sino por el interés de ellos, no descansa. Saber que mató a un inocente no le deja la cabeza en paz.

–Sí. Ya me contó que detrás de la causa que dieron los de la hermandad para decretar la muerte de ese tal Blanco se escondía una deuda que tenían esos rufianes con él.

–No solo la deuda, señorita. Lo que de verdad lo tiene quemado es que se aprovecharan de él para ocultar el escándalo de un señorito.

–¿El escándalo de un señorito? Eso no me lo contó.

–Ya lo sé. Me dijo que era mejor para usted no saber nada de eso, que, a fin de cuentas, los Corbacho son unos desharrapados, pero el otro tiene mucho poderío.

Mencía sentía la curiosidad de conocer la misteriosa historia que se ocultaba tras aquel asunto. Debía de ser muy grave el escándalo para que se resolviera en un asesinato. Era tanta su curiosidad que dijo tanteando:

–Sí que debe de ser un escándalo grande para taparlo con una muerte.

–Lo es, pero mi Cayetano me hizo jurar que no se lo contaría a usted y no puedo hacerlo. Lo único que le puedo decir es que ‘El Blanco’ fue testigo de lo que hacía junto con otro señorito en el cuarto de aperos de un cortijo de El Valle y les amenazó a los dos con contárselo a todo el mundo si no le daban cien duros.

–¿Y se puede saber quiénes son esos señoritos? –preguntó Mencía–.

La mujer debió de advertir que la respuesta a aquella pregunta era muy peligrosa porque intentó desviar la conversación.

–Señorita Mencía. Yo le ruego que, como prometió a mi marido, hable con su padre para que le busque un buen abogado. Ya veremos cómo podemos pagarle, pero que ponga todo su interés en defenderlo. Es cosa de vida o muerte.

Mencía no estaba dispuesta a que aquella mujer se marchara sin desvelarle algo de aquel secreto e insistió:

–Hablaré con mi padre, pero antes quiero saber cómo se llaman esos señoritos… O por lo menos, lo que estaban haciendo.

La mujer se arrepintió enseguida de haberle contado a Mencía que la otra razón de la muerte de ‘El Blanco de Benaocaz’ fue tapar un escándalo. Había intentado eludir una respuesta, pero era tan evidente que ella no cejaría en su empeño hasta que hablara que claudicó.

–Los nombres no lo sé, se lo juro –contestó–, y mi marido tampoco. Solo sabemos que ‘El Blanco’, antes de que lo asesinaran, se había ido de la lengua con los Corbacho, contándoles lo que vio en el cortijo de El Valle y los nombres de los señoritos. En cuanto estos se enteraron de que la Guardia Civil estaba metiendo la nariz en el asunto se les ocurrió la idea de mandar una carta al padre de ‘El Blanco’, como si la hubiera escrito él, explicándole que había tenido que marcharse con mucha prisa a Barcelona para no perder un trabajo que le había salido, y que volvería en cuanto hubiera ganado un buen dinero. Pero, claro, como ellos son analfabetos, pensaron en ir a buscar a esos señoritos y amenazarles con que si no escribían ellos la carta contarían a todo el mundo lo que estaban haciendo en el cuarto de aquel cortijo.

–¿Y qué pasó? –preguntó Mencía con impaciencia–.

–Según mi marido, encontraron a uno y cuando le hablaron del asunto de El Valle y lo que querían de él les respondió que, bueno, que la escribiría, pero que antes le tenían que explicar el motivo de lo que le estaban pidiendo. Por lo visto, el Corbacho grande soltó una carcajada y le contestó tranquilamente que necesitaban la carta porque los de su hermandad habían ejecutado a uno por traición a los trabajadores, y que el resto a él no le importaba. Me dijo mi Cayetano que los Corbacho le habían contado que el señorito ni se inmutó, sino que nada más que dijo: “Ah, es cosa de política. Vale, lo haré”. Mencía estaba cada vez más alarmada. Intuía algo terrible.

–¿Y quién tiene esa carta? Quiero verla –dijo con tono de ansiedad–.

–¿La carta, señorita? –respondió la mujer, asustada– ¿Quién la va a tener? El padre de ‘El Blanco’.

–¿Y cómo se llama el padre de ese Blanco, y dónde vive?

La mujer dudaba. Aquella señorita se estaba adentrando en un camino muy peligroso y ella no quería que se perdiera en él. Cayetano le tenía aprecio, pero se dijo que si la contrariaba quizás no mediaría con su padre para que lo atendiera un abogado de confianza.

–Se llama Blas Gago –contestó-, pero todo el mundo lo conoce en El Valle, que es donde vive, como ‘El Monteagudo’. No le costará trabajo encontrarlo.

–Gracias –respondió Mencía–. En cuanto su marido se vaya a presentar a la policía, que me lo diga. Hablaré con mi padre… O mejor, lo trataré con un amigo que es muy buen abogado.

–Gracias, señorita –dijo la mujer mientras se levantaba–. La avisaré enseguida.

Cuando salió, Mencía se quedó meditando sobre aquello, diciéndose: “Verdaderamente, como ha dicho la mujer, si continuo adelante con esta idea que se me ha ocurrido me estaré metiendo en un terreno peligroso, pero también, si mis sospechas son ciertas, tendé en mis manos un arma poderosa, enormemente poderosa”.

Decidió entonces ir a conocer al padre de aquel pobre hombre, ‘El Blanco’, cuya muerte él ignoraba.

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