Lecturas contra el coronavirus

Jesús Rodríguez

El afinador de fuentes (Capítulo 22. Parte II)

Georg Friedrich Händel (en el centro), compositor de las suites Water Music (Música Acuática), con el rey Jorge I en 1717 en el Támesis. Óleo de Edouard Hamman (1819-1888). Georg Friedrich Händel (en el centro), compositor de las suites Water Music (Música Acuática), con el rey Jorge I en 1717 en el Támesis. Óleo de Edouard Hamman (1819-1888).

Georg Friedrich Händel (en el centro), compositor de las suites Water Music (Música Acuática), con el rey Jorge I en 1717 en el Támesis. Óleo de Edouard Hamman (1819-1888).

Todavía no eran las diez cuando sonó el timbre y aparecieron en el zaguán el filósofo y Rinaldi.Jacobo, que los esperaba, salió a recibirlos:

–Enrico, Guglielmo, muchas gracias por venir.

Enseguida se oyó desde la escalera la voz de barítono de Farinelli:

–Un alto honor, señor Rinaldi, un altísimo honor para esta casa.

Descendía los escalones pesadamente, asiéndose con ambas manos al pasamano. Cada vez que bajaba un escalón exclamaba: “Un honor, señor Rinaldi”.

Después del quinto “un honor”, todos soltaron la risa que llevaban aguantando los cuatro anteriores.Jacobo había cerrado la válvula que llevaba el agua hasta la taza de la fuente con el fin de que su sonido fuera más impactante para el inventor.

Cuando todos estuvieron reunidos, Jacobo se dirigió hacia el estanque del huerto, abrió la espita y el agua empezó a manar, corriendo por las tuberías hasta salir por los surtidores. Se introdujo en la fuente, colocó sus dedos sobre los orificios del anillo de aluminio y, nada más moverlos, comenzaron a sonar las notas de Hornpipe. Mientras interpretaba aquella música, miraba con disimulo al balcón de Giovanna, que seguía oculta tras los visillos.

Enrico comenzó a aplaudir con entusiasmo. Rinaldi miraba asombrado aquel artilugio y Jacobo comenzó a tocar ahora la suite número dos de la Watermusic.

Se oyó la voz del maestro:

–Y si esto le sorprende, señor Rinaldi, se sentirá alucinado con la música que provoca sentimientos. ¿Quiere sentirse triste, alegre, sereno…? Pues escuche. ¡Adelante, Jacobo!

Jacobo asintió y comenzó a interpretar las partituras que había compuesto. Rinaldi sentía sensaciones encontradas con cada una. Estaba admirado de aquel invento.

Cuando Jacobo dejó de interpretar melodías, Rinaldi se dirigió a él diciéndole:

–La mitad de mis descubrimientos te cambiaría yo solo por este tuyo. Jamás un invento me ha sorprendido tanto y me ha parecido tan fascinante. Tienes talento de gran creador, amigo... De los que cambian el mundo.

Farinelli sonreía con cara de orgullo, como si los elogios de Rinaldi estuvieran también dirigidos a él. En el fondo, estaba convencido de que le correspondía buena parte de ese invento, porque su alumno había acogido todos sus consejos musicales.

Invitó a todos a pasar al salón y continuar allí la charla:

–Como se charla sentado y comiendo, señores, no se charla de pie y en ayunas –exclamó–. Ya en la mesa, Farinelli tocó una campanilla de plata y aparecieron criadas que portaban bandejas con bebidas y pequeños bocados de comida.

Rinaldi pidió un jerez cream y alzando la copa dijo dirigiéndose a Jacobo:

–Por ti y tus descubrimientos. ¿En qué consiste, por cierto, el proyecto que te dispones a abordar?

–Pretendo –respondió Jacobo– que la fuente, en lugar de reproducir música sinfónica, replique con toda fidelidad melodías entonadas por una voz humana.

–¡Reproducir con una fuente voces humanas! –enfatizó Rinaldi–. No es desde luego un proyecto fácil. Ahora mismo no sabría decirte si es posible, pero si me dejas unos días te podré dar una respuesta. Mañana asisto a un congreso de inventores y científicos en Siena, en el que participa también un físico americano que tal vez te pueda orientar. En unos días te lo diré. Me parece tan fascinante tu proyecto que puedes estar seguro de que me lo tomaré con el mismo interés que si fuera mío.

Siguieron hablando de inventos hasta la hora de la comida. Rinaldi declinó la invitación de Farinelli de quedarse a almorzar, porque tenía un compromiso.

–En cuanto vuelva del congreso –dijo dirigiéndose a Jacobo– te informaré de mis indagaciones. Entonces me quedaré a comer. Estoy seguro de que la cocina de esta casa será tan espléndida como el sonido de sus fuentes.

Jacobo se ofreció a acompañar a los visitantes hasta la puerta de la casa. Farinelli se negó protestando que era a él, como anfitrión, a quien correspondía despedirlos. El discípulo vio poca firmeza en las palabras de su maestro y repitió su ofrecimiento.

–Ya que insistes tanto –respondió Farinelli– no puedo negarme. Paz y bien a todos.

Y se acomodó más en el ancho sillón, mientras engullía un bocado.

Esos días que Rinaldi pasó en el congreso de Siena, Jacobo estuvo alternando sus clases de música con la lectura de libros sobre la voz humana e inició varios experimentos que tuvieron escaso éxito.

Una mañana recibió una carta de Rinaldi en la que le indicaba que, como había prometido a Farinelli, al día siguiente almorzaría con ellos. Decía también que le acompañarían Enrico de Peruggia y un amigo americano, un tal Thornton Hill.

A Jacobo se le hizo muy largo ese día. Por la mañana escribió una carta a sus padres y otra a Mencía en las que les contaba el proyecto que se disponía a abordar. La tarde en cambio se le hizo dulce porque Giovanna se mostró desmedidamente fogosa. Era ya casi de noche cuando ambos se vistieron y, por separado como siempre, volvieron a casa. Jacobo lo hizo andando y notó que estaba el tiempo tierno. “Mañana lloverá”, se dijo.

Como había vaticinado Jacobo, la mañana amaneció lluviosa y fría. Estaba él hablando con Giovanni, su compañero de estudios, cuando llamaron a la puerta y aparecieron el filósofo, Rinaldi y un hombre alto, de pelo largo, tieso y despeinado que daba a su cabeza aspecto de medusa. Andaba como los libertinos en días de confesión: con los hombros caídos y la espalda vencida.

–Tengo el honor de presentaros a mi amigo y colega, el inventor americano Thornton Hill –dijo Rinaldi–. Ha creado más de ciento cincuenta instrumentos musicales.

El hombre inclinó la cabeza y su melena se abatió como una palmera sacudida por el viento.

–Mucho gusto, señores –dijo con acusado acento americano–.

En ese momento se oyó la voz de Farinelli desde el piso de arriba:

–¡Señor Rinaldi y compañía, qué alegría verles otra vez en mi casa!

Para el americano era nueva la imagen de Farinelli bajando la escalera a la vez que saludaba, desde lejos y repetidamente, a sus invitados y dudó si resultaría descortés reírse, como veía hacer a los demás. Enarcó las cejas y compuso una mueca extraña, entre protocolaria y delirante.

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