Lecturas contra el coronavirus

Jesús Rodríguez

El afinador de fuentes (Capítulo 26. Parte I)

Nenúfares en el balneario del lago Hévíz, en Hungría. Nenúfares en el balneario del lago Hévíz, en Hungría.

Nenúfares en el balneario del lago Hévíz, en Hungría.

La condesa, en la charla que estaba manteniendo con Giovanna después de la cena, le preguntó si estaba enamorada de Jacobo.

Giovanna se había hecho muchas veces esa misma pregunta, pero nunca quiso darse una respuesta. Cuando se le venía a la cabeza, invariablemente la rechazaba con el recurso de poner su pensamiento solo en evocar el despiadado motín de su carne cuando la acariciaba Jacobo. “Esto no es la llama del amor, sino un fuego violento”, se decía… Como si no fuera el amor algo que crece mientras arde encendido de hermosura.

–No sé si es amor –respondió a la condesa–. Solo sé que, al verlo tumbado a mi lado en la cama, medio adormilado, muchas veces me digo: “Si no tardase mucho en enamorarse de mí, lo esperaría toda la vida”. Pero él no me es desleal. Desde el primer día me confesó que está conmigo por gratitud a mi marido, que está enamorado de una española.

–Ya lo sabía. Me hablaste de esa relación cuando viniste con tu marido la vez anterior: la hija de un marqués que es tan imbécil como sinvergüenza. Ahora que lo conozco, le pediré al conde que suba la cantidad que va a pagarle por su invento para que pueda volver a su casa más rico que ese marqués. Miró a Giovanna con una sonrisa dulce.

–Salvo que tú prefieras que siga en tu casa, claro.

-No, Mária –respondió Giovanna–. Yo amo a mi marido. Él no consiente que yo lo vea desnudo, pero no es difícil imaginar cómo es su cuerpo. No lo deseo, pero tampoco me repugna. Si él pudiera, no tendría inconveniente alguno en que estuviésemos juntos.

–Me sorprende vuestra relación –dijo–. Es difícil esclarecer si hay amor en ella, pero tengo la intuición de que hay más del que parece.

Hizo un gesto de dolor, como si hubiera sentido una punzada. Se tocó el pecho y dijo:

–No sé si te veré mañana, querida, porque tengo cita con mi médico en el balneario de Balatonfüred, pero cuando vuelva pasaremos juntas el día, mientras los hombres se dedican a las fuentes.

Giovanna fue a avisar a los hombres de que ambas se retiraban a descansar. Cuando llegó al salón de fumar vio que el conde hablaba muy animadamente con Farinelli –los dos fumando un puro enorme–, mientras Dieter charlaba con Jacobo en un sofá.

Ellos se levantaron. Cuando Giovanna hizo saber que la condesa y ella se marchaban a sus habitaciones, el conde respondió:

–También nosotros damos por terminada la charla. Mañana Jacobo tiene previsto dedicarse a ajustar los ingenios en las fuentes y yo no quiero perderme ni un detalle.

Resplicó Dieter:

–Perdón, tío Férenc. Si no te parece mal, Jacobo y yo tomaremos otra copa de brandy mientras terminamos la conversación.

El conde dirigió a su sobrino una mirada indescifrable. Se encogió de hombros, se dio media vuelta y cerró la puerta suavemente.

Ya solos, habló Dieter:

–Como te decía, viajo con cierta frecuencia a tu país. Tío Férenc es también armador y sus barcos se dedican a la exportación e importación con América. Exportamos productos europeos y, con el importe de su venta, importamos otros americanos de mucha demanda en Europa. Traemos sobre todo telas, cerámica, puros habanos… Aunque últimamente nos estamos centrando en la importación de caoba cubana. Los ingleses se han vuelto locos con esa madera. Fíjate que hace unos años llegaron a importar más de ochenta mil toneladas… Un disparate… El caso es que se han talado tantos árboles para atender a su demanda en Inglaterra que la caoba se está convirtiendo en un producto escaso y carísimo; por eso algunos armadores han empezado a importar caoba africana, pero no hay punto de comparación con la de Cuba.

Sorbió un trago de brandy y dijo con una sonrisa a Jacobo:

–Pero, bueno, amigo, solo hablo de mis cosas. Cuéntame de tu invento. Tiene entusiasmados a los condes, sobre todo a tío Férenc. Él me ha contado algo, pero no he sido capaz de entenderlo del todo. Solo sé que si tienes éxito con el encargo que te ha hecho recibirás una fortuna… Una enorme fortuna. Lo comprendo, ellos son inmensamente ricos y no tienen hijos. Hacen bien en gastar su dinero en las cosas que les hace ilusión.Bebió otro trago. Se quedó un momento en silencio y compuso una sonrisa en la que Jacobo detectó un poso de amargura:

–Bueno, que no se lo gasten del todo. Soy su único heredero y no tengo más esperanza de riqueza que el capital que ellos me dejen… Mi padre era un tarambana y se gastó en casinos y juergas todo lo que recibió del suyo. Nos enteramos al abrir su testamento: no dejaba más que el título que ahora ostento y una lista interminable de acreedores… Por lo menos –y suavizó el gesto– puede decirse que era un moroso cosmopolita: nada más morir, comenzamos a recibir reclamaciones desde todos los países de Europa e incluso alguna de Norteamérica y Méjico… Tío Férenc empezó pagando algunas, pero cuando vio que los requerimientos de pago no cesaban dejó de hacerlo.

–¿Y de qué vives entonces? –le preguntó Jacobo, aunque enseguida se arrepintió, porque le pareció que Dieter podía considerar su pregunta, una impertinencia–.

Antes de que pudiera excusarse, contestó Dieter:

–De mi sueldo como director de la empresa armadora. Por eso visito tan frecuentemente tu país. ¿De qué parte eres, por cierto?

Jacobo le contó muy resumidamente su lugar de nacimiento y las razones por las que abandonó su casa. Para su sorpresa, Dieter conocía al conde de Caserta. Le alegró tratar allí, tan lejos de su casa, a un amigo del conde, de quien se acordaba muy frecuentemente porque casi cada día dedicaba un rato a la lectura del libro de Horacio que él le había regalado cuando partió hacia Italia.

Dieter volvió a mostrar interés por el invento de Jacobo y él le fue explicando su composición y los principios físicos que lo hacían funcionar.

–¿Y esos enormes tubos de aluminio y ese montón de piezas han venido hasta aquí desde Italia en tren? ¿Qué hubiera pasado si con el traqueteo de los vagones se hubiera roto o estropeado uno de los tubos o en los cambios de tren se hubieran perdido piezas? –preguntó Dieter–.

–El artilugio no funcionaría –respondió Jacobo–. Cada pieza, por pequeña que sea, es fundamental e insustituible. Ya te he explicado que no hay nada mágico en mi invento, sino pura Física. No pudo reprimir un bostezo y oyó decir a Dieter:

-Estoy abusando de tu amabilidad, amigo. Mañana me contarás más cosas de tu invento… Y de la esposa de tu maestro. Es una mujer hermosísima. Una tentación… No se comprende que siga con ese Farinelli, por muy genio de la música que sea.

Jacobo volvió a sentirse incómodo. No se explicaba por qué, puesto que su corazón le respondía cada vez que le interrogaba que no había en él amor por Giovanna. Sin embargo, a veces, como ahora, Jacobo dudaba. El amor –lo percibía– entra en el cuerpo que ama buscando salvación, placer, ternura, consuelo, vida o muerte... ¿Qué buscaba él en el de Giovanna? Empezó a enumerar sensaciones, pero llegó un momento en que se dio cuenta de que estaba llamando sensaciones a lo que en verdad eran sentimientos y le dio miedo. Se dedicó entonces a pensar en lo hermosas que eran las fuentes de aquel palacio.

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