Lecturas contra el coronavirus

Jesús Rodríguez

El afinador de fuentes (Capítulo 3. Parte I)

El marqués regaló a su hija Mencía una jaca negra por su 20 cumpleaños. El marqués regaló a su hija Mencía una jaca negra por su 20 cumpleaños.

El marqués regaló a su hija Mencía una jaca negra por su 20 cumpleaños.

Se equivocó el marqués, porque transcurrieron los años sin que la relación entre Jacobo y Mencía, que ya habían dejado de ser adolescentes, se resquebrajara. Al contrario, la amistad estrecha había dado paso a un amor profundo.

Cumplía Mencía 20 años e invitó a Jacobo a la fiesta que habían organizado sus padres para celebrarlo.Carmen, la madre de Jacobo, encargó a una costurera que le confeccionara un traje. El día de la fiesta, mientras su hijo se vestía, ella no paraba de darle consejos sobre el comportamiento educado que debía mantener y lo respetuoso que había de ser con el marqués y la marquesa. Jacobo asentía sin prestar atención, porque todo su interés estaba en la fiesta y, sobre todo, en estar guapo para quien sería su principal protagonista.

Nada más llegar vio a Mencía en la puerta esperando a los invitados. Mientras saludaba a unos que habían llegado antes que él, Jacobo alzó la vista hacia el hermoso edificio. Se sintió impresionado por la altura de la torre-mirador, en cuyo frontal, sobre un ventanal, aparecía tallado el escudo de armas de la familia. A su derecha, se abría un largo balcón con barandilla de piedra tallada con arabescos y, a su izquierda, dos ventanas y un balcón que copiaba el otro para ofrecer simetría a la construcción. A Jacobo le llamó especialmente la atención los merlones que remataban los muros: unidos a las dos garitas de las esquinas daban al edificio un aspecto de castillo.

Esa admiración de Jacobo era compartida por todos los que visitaban ‘Lavapájaros’. Resultaba sorprendente que en medio del campo se levantara un edificio que podía pasar por palacio en cualquier ciudad. Aquella opulencia tenía, sin embargo, explicación:

Aunque lo corriente era que los dueños de las viñas vivieran en la ciudad y solo en agosto, cuando la vendimia, se trasladaran al campo, el marqués y su familia habitaban permanentemente en la viña. La costumbre la inició el bisabuelo de Mencía y cuando sus amigos trataban de persuadirle de que abandonara esa idea extravagante de residir en el campo, teniendo, como tenía, un hermoso palacio en el centro, él les respondía: “Me fío más del consejo de Palladio, el arquitecto, que del vuestro. Cuando le preguntaban por qué diseñaba esas villas maravillosas para ser levantadas en medio del campo, donde nadie podía admirarlas, él contestaba que sus casas no estaban concebidas para su contemplación, sino para ser vividas por sus dueños, y acababa su explicación citando el viejo aforismo medieval: praesentia domini provectus es agri. Lo mismo digo: seguid dejando que los capataces manden en vuestras viñas, que en las mías mando yo. Ya veremos cuáles prosperan más”.

Lo que más le impresionó, sin embargo, fueron los sonidos. Delante de la casa se oía el suave y melódico discurrir del agua de una fuente, pero, a la vez, un rumor lejano, vivo y alegre, que le pareció el de una cascada. Más tarde, en cuanto encontró un momento para despistarse de todos, se dirigió a la trasera del edificio y pudo advertir que aquel sonido que parecían los rápidos de un río era producido por los caños de otra hermosa fuente afinada por su padre. Se sintió orgulloso.

Se fue hacia Mencía y le entregó el modesto regalo –un chal azul de punto que había tejido su madre–. Ella se lo colocó sobre los hombros y allí lo mantuvo, a pesar de que su madre le repitió varias veces que no combinaba bien con el traje de seda marrón que vestía.

No paraban de servirse refrescos y comida. Jacobo, que no conocía a nadie, permaneció –menos los pocos minutos en que se perdió por la parte trasera de la casa viendo la fuente con sonido de cascada– todo el tiempo junto a Mencía.

Se oyó de pronto la voz recia del marqués, convocando a los invitados al salón donde, sobre una mesa, se veía una enorme tarta de cumpleaños con un ‘20’ coronándola. Todos aplaudieron. El marqués se dirigió a su hija:

–Mencía, eres nuestra alegría. Tu madre y yo te queremos mucho y nos sentimos felices de celebrar contigo este cumpleaños que te va acercando a la mayoría de edad. Todo nos parece poco para ti, por eso te queremos hacer el mejor regalo que se nos ha ocurrido... Vamos todos al jardín.

Salieron y allí, sostenida de las riendas por un mozo, apareció una jaca negra y brillante. Mencía gritó entusiasmada y se dirigió al caballo para acariciarle la cabeza. El animal recibió tranquilo aquella caricia y la del resto de los invitados… Menos la de Jacobo, que sentía miedo incluso de acercarse a él.

El marqués sonreía satisfecho. Cogió a Mencía de la mano y le dijo:

–Eres todo para tu madre y para mí. Como te gusta tanto la música hemos hecho venir a un cuarteto para que, mientras apagas las velas de la tarta, interprete ‘Claro de Luna’, tu composición preferida. La tararearemos todos: tus invitados, los criados, los mozos… Me gustaría que hasta la jaca… Hasta la fuente del almijar, ya que…

En ese momento se oyó la voz de Jacobo:

–Señor marqués, si quiere usted que la fuente también cante para Mencía creo que puedo conseguirlo.

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