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Lecturas contra el coronavirus

Jesús Rodríguez

El afinador de fuentes (Capítulo 36. Parte I)

El príncipe Rodolfo de Habsburgo (1858-1889) a los diez años de edad. El príncipe Rodolfo de Habsburgo (1858-1889) a los diez años de edad.

El príncipe Rodolfo de Habsburgo (1858-1889) a los diez años de edad.

Al día siguiente, serían las nueve de la mañana cuando se presentó el cochero de la emperatriz en la casa en la que Jacobo había pasado la noche.

Él se encontraba en el balcón disfrutando de la belleza del paisaje. Bajó enseguida y se subió al coche, que tomó el camino del palacio.

Nada más entrar se encontró con la condesa:

–Su Majestad no estará presente –dijo–. Le resulta demasiado doloroso volver a ver a los maestros del príncipe… Por cierto, ayer llegó tu artilugio y esta mañana lo han instalado en el rincón elegido por la propia emperatriz.

–Sí, comprendo que ese encuentro resulte triste para Su Majestad, señora condesa.

Ella le dirigió una mirada seria. Jacobo no sabía por qué. Ni siquiera se le pasó por la cabeza que no se esperaba de él que comprendiera o no la decisión de la emperatriz.

Nada más entrar en el salón, se levantaron los tres hombres que allí lo esperaban.

La condesa se dirigió a ellos:

–Puesto que, de los tres, solo el profesor Klaus von Pfänder habla español y usted, Jacobo, desconoce el alemán, hablen entre ustedes dos en español y yo traduciré lo que digan a los demás.“Von Pfänder. Farinelli me habló alguna vez de él. Lo tiene como un músico extraordinario”, se dijo Jacobo. Sacó su libreta y se puso enfrente de ellos.

Comenzó a interrogarles sobre la tesitura de la voz del príncipe, pero ellos no se ponían de acuerdo: uno decía, “do 6”; otro, “do, 4”; el tercero, “la 2”.

Jacobo se sintió desconcertado hasta que el profesor von Pfänder, que era de los tres el más joven, ofreció una explicación obvia: uno había sido profesor del príncipe cuando niño; otro, cuando apenas era un adolescente; y él, cuando había cumplido ya diecinueve años. “Lógicamente, la voz de Su Alteza Imperial tenía a cada edad una tesitura distinta”, dijo.

Jacobo pidió a la condesa que comunicara a los otros dos profesores que consideraba que von Pfänder era el único que podía resultarle útil.

Así lo hizo ella en tono amable. Cuando se marcharon, Jacobo y el profesor se dispusieron a fijar las características de la voz del príncipe Férenc-Rodolphe.

El profesor von Pfänder lo miró y dijo:

–Tengo muy claras en la memoria todas las características de la voz de Su Alteza Real. Nunca he tenido ningún otro alumno que fuera heredero de un imperio.

–Por supuesto, profesor –respondió Jacobo sonriendo–. Si le parece, empezaremos ahora mismo. Fijemos primero la tesitura y después el timbre.

Jacobo estaba admirado de la cantidad de detalles de la voz del príncipe que el profesor conservaba en su memoria. No solo fue capaz de fijar que su tesitura era de barítono la 2, sino que determinó sin titubear su color, el espesor, la mordiente, el vibrato… Se entendía que Farinelli lo tuviera como un músico excepcional.

Mientras von Pfänder hablaba, Jacobo recogía sus indicaciones en una libreta.

Cuando terminaron, Jacobo le propuso:

–Profesor, me gustaría contar con usted en el ajuste exacto de mi invento a la voz del príncipe, ¿puedo contar con su ayuda?

–Por supuesto. Para mí es un honor colaborar en cualquier cosa que tenga que ver con Su Alteza Imperial.La condesa les interrumpió diciendo que la emperatriz no podía comer con ellos ese día, porque tenía que hacerlo con la reina de España en su barco.

Jacobo exclamó:

-–Mi reina! Me gustaría conocerla.

–Ignoro su agenda –contestó la condesa–, pero si mañana sigue aquí podrás saludarla.

Cuando Jacobo miró al profesor vio que sonreía. Le caía bien ese hombre tan sabio en música y lleno de una humildad verdadera, no de esa otra, tan frecuente entre los artistas, que es solo un artificio del orgullo.Después de que almorzaran los tres juntos, la condesa los condujo hasta la fuente. Tenía forma circular y estaba medio perdida en un rincón del jardín, fuera de las anchas veredas, en una especie de plazuela dibujada por un boj de mirto. Un poco más allá, tras el acantilado, en cuyo borde se había levantado una barandilla de rica forja, se oían los embates de las olas.

Tal como había anticipado la condesa, la estructura de aluminio estaba ya instalada. La examinó y vio que la terminación era perfecta. Ferretti se esmeraba mucho en su trabajo.

Mientras la condesa y el profesor von Pfänder curioseaban el ingenio, Jacobo se dirigió hacia la barandilla. El mar era un óvalo transparente de azul y rompían el aire las alas de las aves pescadoras. Abajo, en las rocas, el mar pregonaba su poder inmenso.

Allí se quedó Jacobo mirando el horizonte, cegadas sus pupilas por la claridad de la distancia virgen, y escuchando el silencio del agua entre dos estruendos de espuma. Sentía una profunda euforia al notar en la cara el viento, carne del alma del mar. Lo sacó de aquel trance la violencia de una ola rompiendo violentamente contra las rocas. Recordó entonces que aquella belleza pacífica y luminosa guardaba un oscuro dragón en su interior. Aquella mezcla de felicidad y miedo le hizo entender por qué los hombres del mar no pueden pasar mucho tiempo sin palpar su presencia viva: la alegría, como el terror, han condicionado desde siempre la vida del hombre.

Además, pertenezca a tierra adentro o al litoral, quien ha percibido alguna vez la sensación de soledad ante el mar no la olvidará nunca, porque esa sensación habrá avivado inevitablemente en su alma el sentido de eternidad.

Cuando miramos ese mar que nació a la vez que la luz y el tiempo y que, antes que nosotros, contemplaron los ojos de miles de generaciones muertas, comprendemos que la eternidad es vida, pero vida sin nosotros. Mirando sus aguas, se adquiere conciencia de lo efímero de la vida: el mar era mar antes de que el primer hombre naciera y lo seguirá siendo mucho después de que muera el último superviviente de la especie humana. No hay nadie que, mirando el mar, no sienta ese sobrecogimiento que ya sufría la humanidad primitiva, viendo en sus aguas –como en el fuego y en el vendaval– la voz, la forma y el soplo divino.De estos pensamientos lo sacó la voz de la condesa:

–¿Y cómo funciona este artilugio?

Él no contestó. Seguía sobrecogido por el rugido del mar batiendo contra las piedras. Se dirigió al pequeño cuarto de máquinas y comenzó su trabajo. Abrió la válvula y después se dirigió a la fuente, de la que ya había empezado a manar el agua a borbotones.

La condesa y el profesor lo miraban entre pasmados y escépticos.

Sacó su libreta y anduvo ojeándola durante unos minutos. Después comenzó a manipular las lengüetas, tubos, pistones, biseles… Se colocó después delante del anillo de aluminio.

Estaba la condesa mirando al mar cuando, de pronto, profirió un grito.

El profesor tenía los ojos muy abiertos. Se sentía desconcertado y solo fue capaz de decir:

–¡El príncipe está cantando!... Quiero decir, canta la fuente, pero su voz es muy parecida a la suya… Me parece imposible. Lo que estoy viendo y oyendo no puede ser verdad.

La condesa tenía un gesto de incredulidad y de horror en el rostro, como si hubiera visto un fantasma.

–No es exactamente la fuente –explicó Jacobo-, sino este anillo de aluminio lo que hace que parezca oírse la voz del príncipe. La fuente solo le suministra agua y presión… Profesor, ha dicho usted que la voz que se escucha es muy parecida a la del príncipe, pero no es suficiente. Para que se asemeje del todo a la que él tenía necesito su ayuda. Empecemos otra vez. A ver, la tesitura…

Von Pfänder consiguió recuperarse de la sorpresa que le había producido aquel invento y Jacobo fue ajustando las piezas a las indicaciones que le fue dando.

Volvió a colocarse ante el tubo y pidió al profesor que eligiera una composición de las preferidas del príncipe. Fue la condesa quien contestó:

–Dammi i colori! Ricondita armonia, de Tosca, era su aria preferida. No tenía voz de tenor, pero la cantaba con muy buen gusto.

El profesor asintió y Jacobo comenzó a pulsar los orificios con sus dedos. Una voz delicada de barítono lo llenó todo.

La condesa sintió que la emoción la exprimía por dentro. Fingiendo –la voz temblorosa la delataba– templanza, porque había sido educada para la contención y la reserva, dijo:

–Me alegro de que Su Majestad no haya podido venir. Su corazón no resistiría oír lo que estamos oyendo. Debo prepararla. Temo que pueda sufrir un desmayo. El conde Veszprém-Kaposvár nos había advertido de que tu invento era prodigioso, pero nunca pensé que lo fuera tanto. Ahora entiendo que quiera ocultárselo a su esposa.

La condesa pidió a Jacobo que le diera dos días de plazo para ir preparando a la emperatriz.

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