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Lecturas contra el coronavirus

Jesús Rodríguez

El afinador de fuentes (Capítulo 38. Parte I)

Café Los Cisnes, junto al hotel del mismo nombre, en su primera ubicación en la calle Larga, donde estuvo entre 1877 y 1920. Café Los Cisnes, junto al hotel del mismo nombre, en su primera ubicación en la calle Larga, donde estuvo entre 1877 y 1920.

Café Los Cisnes, junto al hotel del mismo nombre, en su primera ubicación en la calle Larga, donde estuvo entre 1877 y 1920.

Jacobo tardó varios días en llegar a su tierra. Lo hizo ya casi vencida la tarde. En la estación lo esperaban sus padres. Cuando lo vieron aparecer vestido con su levita gris y su porte aristocrático sintieron un profundo orgullo. 

Jacobo, en cambio, se quedó impresionado del cambio que habían sufrido ellos durante el tiempo que había pasado fuera. Ambos tenían un gesto de viva pesadumbre que a Jacobo le sorprendió, ya que desde siempre los vio dotados de un carácter alegre, vital y positivo, que se reflejaba en la manera alta con que siempre habían embocado la vida. Ahora, en cambio, el rostro de los dos era de una tristeza entreabierta. 

También en lo físico. Su padre apenas rondaba los cincuenta, pero el pelo se le había vuelto completamente canoso y lucía hondos surcos en la frente. Peor, sin embargo, era el aspecto de su madre, que aún andaba por los cuarenta. Eso tan florido en la mujer que son la belleza y la juventud se vislumbraban todavía en ella lo suficiente como para hacer más catastróficas las canas prematuras de sus sienes y la palidez y demacración de su rostro. Parecía una frágil copa de cristal cascada por la pena.

Después de abrazarse con ellos y secar las lágrimas de su madre, Jacobo alquiló una calesa. El cochero se apresuró a subir el equipaje, diciéndose que aquel caballero tenía pinta de dejar buena propina.

Anselmo, el padre de Jacobo, dijo una dirección y el cochero arrugó la frente.  

–¿Pero dónde vamos? –preguntó Jacobo al oírla–.

Anselmo y Carmen se miraron. Ella asió la mano de su marido, como si necesitara su fuerza, y contestó:

–Es que ya no vivimos en la viña. El marqués nos echó de la casa cuando despidió a tu padre.

–¿Despedir a papá… pero, por qué?

–Mañana seguiremos hablando –cortó el padre, que era ahora quien apretaba la mano de su esposa–. Es una historia triste y hoy es un día de alegría.

Se adentraron por calles traveseras y el coche paró ante una casa de muros encalados, réplica de las del resto de la calle: en el bajo, dos huecos de ventana y la casapuerta en el centro; en el principal, tres balcones atestados de geranios; en la última planta, un sobrado con pequeñas ventanas.

Jacobo se sintió desfallecer. Se le vino a la cabeza que las últimas casas en las que había dormido eran palacios: el de Farinelli, en Roma; el de la emperatriz, en Corfú, y el de los condes Veszprém-Kaposvár, en Hungría. Se sintió abatido al ver la pobreza de aquellas tres habitaciones que ocupaban sus padres en el primer piso.

Su madre, fingiendo una alegría que pareció aún más triste por ser manifiestamente impostada, exclamó:

–¡La suerte que hemos tenido, hijo! Nuestras habitaciones dan a la calle, que son, dónde va a parar, mucho más luminosas que las que dan al patio.

Jacobo la miró y a ella se le saltaron las lágrimas.

–Nunca más –contestó– viviréis aquí. Vamos ahora mismo al hotel ‘Los Cisnes’. Nos hospedaremos en él hasta que encontremos una casa digna de vosotros. No recojáis nada, ya encargaré a alguien que lo haga.

–Pero, hijo –respondió la madre–. Cómo vamos a vivir los tres en el hotel ‘Los Cisnes’.  Es de mucho lujo y será muy caro.

–No te preocupes por eso, mamá. Tampoco nunca más tendrás que mirar por el dinero. Vamos al hotel. El cochero sigue ahí en la calle. No lo despedí porque cuando vi la casa me imaginé esto.

Efectivamente allí seguía el cochero, alimentando al caballo. Cuando oyó decir. “Al hotel ‘Los Cisnes’, por favor”, se preguntó quién sería aquel caballero que cambiaba tan radicalmente la dirección de destino: de uno de los barrios más humildes a la calle Larga, la más lujosa de la ciudad.

La calesa paró ante la puerta del hotel. Jacobo entró por delante de sus padres, que se habían quedado en la calle saludando a un conocido. El portero le abrió la puerta y dudó si mantenerla abierta para que pasara también aquel matrimonio que, aun con pinta de personas humildes, viajaban en el mismo coche que aquel distinguido caballero.

Jacobo se dirigió a la recepción y dijo con la desenvoltura de quien ha viajado mucho y se ha hospedado en los mejores hoteles: 

–Deseo una habitación doble y la mejor suite del hotel.

–Podemos servirle en lo de la habitación doble, señor –contestó el recepcionista–, pero nuestra mejor suite, la Real, está siempre reservada por el conde de Henestrosa, por si alguno de sus clientes quiere dormir en el hotel. Puedo ofrecerle dos habitaciones dobles. Si las acepta estarán dispuestas para ser ocupadas en veinte minutos. Entretanto, podría esperar en el bar. 

–De acuerdo. Mis padres y yo esperaremos allí… Otra cosa: quiero hablar en cuanto sea posible con el director del hotel. 

Solo tras esta respuesta se apercibió el recepcionista de la presencia de aquellas dos personas de ropas sencillas, tan diferentes de la elegante vestimenta del caballero. “¿Quién será este señor?”, se preguntó. 

Entró en el despacho del director para comunicarle que un cliente deseaba hablar con él y volvió otra vez a su puesto. Unos segundos después se había olvidado del joven de apariencia rica y de sus padres de aspecto pobre, porque para un recepcionista de hotel, ya curtido, todo es normal en lo que a los clientes se refiere.

Mientras sus padres tomaban un refresco, Jacobo estaba entretenido leyendo ‘El Guadalete’, el periódico local, que daba cuenta de que tras la pena de muerte impuesta a algunos de los autores del hecho que la noticia titulaba “El crimen de la Mano Negra”, había sido condenado por desobediencia un carpintero que se había negado a levantar el cadalso en el que aquellos iban a ser ajusticiados.

El proceso de la Mano Negra había tenido un interés de ámbito nacional. Desde el inicio de la vista oral, los periódicos más importantes habían mandado cubrir su desarrollo a sus más avezados redactores: ‘El Día’ había, incluso, decidido que se trasladara a vivir a la ciudad Leopoldo Alas ‘Clarín’, periodista y escritor de fama internacional; la información de ‘Diario de Cádiz’ la proporcionaba su director y fundador, Federico Joly; ‘La Ilustración Española y Americana’, por su parte, había enviado a su más inspirado ilustrador, Juan Comba… Fueron ellos quienes titularon el proceso con el nombre que acababa de leer Jacobo y no como “Causa de Bartolomé Gago Blanco Blanco, ‘El Blanco de Benaocaz’”, nombre que aparecía en la carátula de cada uno de los tomos que la integraban.  

Salió el director de su despacho y preguntó algo al recepcionista, quien señaló a Jacobo. El bar del hotel se hallaba en ese momento atestado de gente distinguida, aunque también había alguno que lucía esa falsa elegancia de los buscavidas, tan efímera, que desaparece nada más que abren la boca.

–¿En qué puedo servirle, señor…? –preguntó el director, alargando la erre–.

–Marqués de Fuentes –respondió Jacobo con cierto titubeo, que al director pasó inadvertido–.

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