Jesús Rodríguez

El afinador de fuentes (Capítulo 38. Parte II)

Lecturas contra el coronavirus

Interior del Café Fornos, en la calle Larga número 53, a comienzos del siglo XX. El Fornos ocupó el local que antes era del Café Los Cisnes, del siglo XIX.
Interior del Café Fornos, en la calle Larga número 53, a comienzos del siglo XX. El Fornos ocupó el local que antes era del Café Los Cisnes, del siglo XIX. / Blog Antonio Mariscal Trujillo

24 de mayo 2020 - 05:32

Era la primera vez que en lugar de identificarse por su nombre lo hacía por el título que le había otorgado el emperador. No le gustó la sensación. Se sintió tan impostor de aquel título que acababa de esgrimir como eran impostores de una clase social los buscavidas que pululaban por allí… Peor, porque ellos eran suplantadores por necesidad, para ganarse el pan, y él para encontrar una habitación más lujosa.

–Encantado, señor marqués –respondió el director que, a diferencia de su recepcionista, no le parecía cosa corriente un título–. ¿En qué puedo servirle?

Sus padres lo miraban atónitos. Él adoptó la pose de dignidad que un hombre al que le impresiona un título espera de un marqués:

–Desearía reservar la suite real durante dos meses. Pagaré por adelantado.

El director se dijo que Dios regala su bondad cuando le place, por eso había esperado al final de la tarde para alegrarle el día. A la mañana siguiente tenía previsto hablar con don Blas Gil, dueño del hotel, para informarle de que el conde de Henestrosa adeudaba más de un año de reserva de la suite, una cantidad que para su sueldo de empleado le parecía una fortuna. Se imaginaba el chaparrón que le iba a caer –bueno era don Blas para las cuentas– por haber mantenido tanto tiempo la deuda sin reclamarla o rescindir la reserva. Gracias a este regalo de la Providencia podría endulzar algo su informe diciéndole que acababa de reservarla por dos meses… con pago anticipado. “Ay –se dijo–, pero en casa del pobre no hay alegría completa”. Y es que le quedaba otro mal trago: comunicarle al conde, al que todos conocían como ‘El Caribe’, por su carácter explosivo e impredecible, que su reserva quedaba anulada.

–Verá, señor marqués –respondió el director–, la suite real está reservada por el conde de Henestrosa, pero si puede esperar hasta mañana hablaré con mi jefe. Tal vez acceda a cedérsela a usted.

–Muchas gracias. Y ahora necesito un mozo que suba hasta la habitación mi equipaje. El de mis padres no llegará hasta mañana.

Un valet los acompañó hasta sus habitaciones. Los padres miraban todo con arrobamiento de iniciados: “¡Mira, Anselmo, el cuarto de baño tiene dos retretes!”, exclamó Carmen asombrada, porque nunca había visto un bidet.

Los padres de Jacobo jamás habían dormido en una habitación tan suntuosa y a pesar de que habían pasado toda su vida en la ciudad no habían entrado ni una sola vez en el hotel, que consideraban reservado solo a ricos. Se durmieron nada más acostarse.

Jacobo, en cambio, apenas durmió imaginando el momento de su encuentro con Mencía.

La mañana siguiente la dedicó Jacobo a comprar ropa a sus padres, a quienes todo lo que les exhibían los empleados de las tiendas les parecía demasiado caro y compuesto.

Nada más llegar al hotel, Jacobo los obligó a cambiar sus ropas por aquellas otras que acababa de comprarles. Ellos, al principio, protestaron, pero al ver la determinación de Jacobo –y, sobre todo, cómo ordenaba a un mozo que se deshiciera de ellas, tirándolas a la basura– claudicaron.

Después, fue con ellos a visitar a don Julián Ceballos, su antiguo profesor de música. Cuando doña Catalina vio que se bajaban aquellas tres personas elegantemente vestidas del coche de caballos que paró en la puerta se frotó las manos: nuevos clientes para su esposo. A ver si pronto podía comprar el tresillo chesterton.

Enseguida, sin embargo, reconoció al antiguo discípulo de Julián. Escuchó aquella risa larga y alegre y exclamó:

–¡Pero si son Carmen y su hijo!

Don Julián abrazó a Jacobo: “Se me fue un muchacho listo y me vuelve un hombre hecho y derecho… Y, por lo que veo, rico”, repitió dos veces a su esposa con su voz chillona de grillo de bardo. Jacobo se acordó de Farinelli, que había dicho lo mismo cuando lo recibió a su vuelta de Grecia.

Recordó entonces a don Julián que le había pedido en una carta que le recomendara a algún asesor de confianza para los negocios que se disponía a emprender.

–Es verdad. No te contesté, pero no creas que eché en saco roto el encargo. Estuve pensando y creo que la persona que buscas es don Rafael Gaztelu –respondió–. Es abogado y tiene fama de hombre serio, honrado y, sobre todo, de buena persona. Te daré la dirección de su despacho.

Jacobo decidió que pasaría a visitarlo esa misma tarde. Su madre hablaba sin parar con doña Catalina, mientras su padre las miraba, ajeno a lo que hablaban. Estaba pendiente del sonido destemplado de la fuente que se oía fuera. “Si tuviera aquí –se decía– la caja de herramientas la afinaba ahora mismo. No hay quien aguante el ruido de esos chorros destemplados”.

Jacobo aprovechó para pedirle discretamente a don Julián que salieran al pequeño jardín. Nada más lo hicieron Jacobo sonrió:

–Seguro que mi padre está que se lo llevan los demonios con el sonido de su fuente, don Julián. Necesita que la afinen enseguida… Pero no es eso de lo que quería hablarle, sino de… ¿Qué sabe de Mencía?

Don Julián se esperaba esa pregunta desde que lo vio llegar, pero no había tenido tiempo de preparar una respuesta.

–Poco después de que te marcharas –contestó–, apareció el cochero del marqués en casa con un sobre con el importe de las mensualidades que me adeudaba y me dijo que Mencía no volvería más a sus clases de música. No me dio ninguna explicación.

–Pero qué se dice de ella –insistió Jacobo–. Todo el mundo la conoce en la ciudad. Algo se comentará, aunque sean chismes.

–Pues la gente comenta y no para, Jacobo –respondió don Julián–. Unos, que su padre y ‘El Caribe’… el conde de Henestrosa, quiero decir, están hablando de boda; otros, que ya se hizo la pedida de mano y se celebraron los esponsales; otros que… En verdad, yo creo que, salvo las dos familias, nadie sabe nada.

–Tengo que ver a Mencía –exclamó Jacobo–. ¿Dónde suele ir?

–No se la ve por el centro desde hace tiempo… Desde que te marchaste. Se dice que su vida discurre entre la viña y la bodega, y que anda preparándose para llevar algún día el negocio de su padre… Si le deja algo, claro, porque también se comenta que la bodega del marqués… Pero eso son habladurías, ya sabes que esto es un pueblo.

–¿Qué se comenta de la bodega del marqués?

–Pues que la tiene en venta. Igual que ‘Lavapájaros’ y que… todo. Se dice que le han ido mal unas ventas en Filipinas. Al parecer, mandó varios barcos cargados de brandy, que no le han pagado… Ya sabes cómo están las cosas por allí con eso de la guerra que se dice inminente con los americanos. El caso es que se cuenta que anda mal de liquidez y que por eso quiere acelerar la boda de Mencía… Pero no hagas caso, a lo mejor esto no es más que hablilla de gente ociosa, como hay tanta aquí.

Jacobo se acordó de que Farinelli le había contado que el marqués aún le debía el dinero que le prestó en el casino de Venecia, y le vino a la cabeza la imagen ante el de Montecarlo: “No son habladurías –se dijo–. Ese tarambana se está gastando la herencia de Mencía”.

Se despidieron y Jacobo y sus padres volvieron al hotel para almorzar.

Nada más llegar Jacobo al hotel, el recepcionista le comunicó, mientras le entregaba las llaves de su habitación:

–Le está esperando en el bar el señor conde de Henestrosa.

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