Lecturas contra el coronavirus

Jesús Rodríguez

El afinador de fuentes (Capítulo 39. Parte I)

Una sirvienta en una residencia señorial del siglo XIX. Una sirvienta en una residencia señorial del siglo XIX.

Una sirvienta en una residencia señorial del siglo XIX.

Jacobo nunca había visto al conde de Henestrosa. Era bajito y lo más llamativo de su cara eran sus ojos, unos ojos vivaces, de endrina, que parecían incrustados en la piel a fuerza de tanto examinar la transparencia y el color de sus vinos.

Precisamente para olerlos parecía estar hecha su nariz ganchuda. Según Santo Tomás, Dios da a cada uno un cuerpo en consonancia con el destino que ha dispuesto para él (“in ordine ad corpus”, dice el teólogo). En el caso del conde, por lo menos, se cumplía: su destino era irremisiblemente el de bodeguero. Su nariz tenía la exacta forma de uno de esos rociadores con los que se trasiega el vino; la boca, sumida como una piquera; el cuerpo, pequeño y rechoncho, de botina perulera.

Jacobo se fue hacia él, que estaba sentado en una mesa mirando a la calle.

–Buenas tardes –saludó–, me han dicho en recepción que quiere usted hablar conmigo.

El conde no se levantó, lo miró de arriba abajo con desdén y respondió:

–Exijo que me devuelva inmediatamente mi habitación de esta mierda de hotel, la suite real.

–Perdone, pero yo nada tengo que devolverle, puesto que nada le he quitado. Eso lo tendrá que tratar usted con el hotel. Tengo pagada la habitación para usarla durante dos meses.

–Ya lo he hecho, pero el imbécil del director me dice que las instrucciones del dueño son que, si ya está comprometida y pagada, solo me la devolverán si lo autoriza el huésped que la tiene reservada; por eso es usted quien me la tiene que devolver.

No solo era el tono despótico, sino las grandes voces de aquel conde lo que indignaba a Jacobo. “Tranquilo, acuérdate de lo que decía la condesa: un caballero no grita ni para arrear a su caballo”.

Cuando vio la cara asustada de sus padres –que presenciaban desde lejos la escena, sabiendo quién era el que gritaba a su hijo– decidió que su actitud debía ser muy serena.

–Bien –contestó–, si esa es su exigencia le daré la respuesta enseguida: no le voy a ceder la habitación.

El conde se encendió todavía más:

–¿Pero usted sabe a quién está hablando?

–No –mintió tranquilamente Jacobo–, usted no se ha presentado.

–Soy el conde de Henestrosa, propietario de las bodegas más importantes del país.

–Celebro conocerle, aunque sea en estas circunstancias tan desagradables.

Le tendió la mano y, como suponía, el conde la ignoró. Cogió su sombrero de copa, se lo colocó y se marchó rápidamente. Jacobo se fijó en que el sombrero le quedaba pequeño. Aquel hombre haría feliz a Santo Tomás: el sombrero parecía la corcha de la botina perulera.

Se fue hacia sus padres, que seguían impresionados:

–Tenía toda la razón –les dijo mientras colocaba sus brazos abiertos sobre los hombros de ambos– quien puso a este hombre ‘El Caribe’.

Durante la comida Jacobo preguntó a su padre:

–¿Por qué te despidió el marqués, papá?

Anselmo llevaba mucho tiempo esperando esta pregunta de su hijo, pero cuando la oyó se quedó sin palabras. Tomó un pedazo de pan, se lo introdujo en la boca y empezó a masticarlo lentamente. Con el pan masticaba también las palabras con que iba a contestarle, porque no quería ver a su hijo enfadado y, mucho menos, triste.

Al fin, dijo:

–En realidad, todo empezó en cuanto te fuiste. Al día siguiente, el mayordomo, con quien mantengo una amistad de muchos años, me advirtió en secreto de que el marqués había dado orden a los criados de que evitaran que me acercara a su hija. A mí se me cayó el mundo encima. Me sentí fatal porque yo nunca había sido desleal con él, como tampoco lo he sido con nadie que haya dado de comer a mi familia. Me costaba trabajo hasta afinar con tonos alegres las fuentes de la casa.

–¿A qué venía esa desconfianza? –le preguntó Jacobo–.

–Lo supe más tarde. ¿Recuerdas la carta que me mandaste pidiéndome que se la hiciera llegar a Mencía?

–Sí, claro.

–Pues como no encontraba el modo de hablar con ella porque siempre me estaban vigilando, le dije a la lavandera –a la que conozco desde niña porque los dos nos criamos en la misma calle–: “Dale esta carta a la señorita Mencía”. El caso es que…

–Que se lo dijo al marqués –le interrumpió Jacobo–.

–No. Juana, que así se llama, nunca me hubiera hecho eso. Lo que pasó es que la cogieron cuando iba a entrar en la habitación de Mencía para darle la carta… ¡La que se formó en aquella casa!: el marqués insultando a Juana; las criadas, asustadas de las voces del marqués; la marquesa, preguntando: “¿Qué pasa, qué pasa?”, sin que nadie le contestara; el mayordomo, tranquilizando a todo el mundo… El caso es que el marqués cogió la carta, la rompió y le dijo a Juana que no se le ocurriera decirme nada, que él me vería al día siguiente.

–¿Y fuiste a verlo? –preguntó Jacobo–.

–Esa misma tarde apareció por casa el cochero y me dijo que el marqués quería hablar conmigo por una cosa de las fuentes. Yo, como no sabía nada, estaba tan tranquilo pensando que sería cosa de otro de los caprichos del marqués pero, nada más terminar su trabajo, a Juana le faltó tiempo para venir a casa y contarme de pé a pá lo que había pasado. Me entró un tembleque en las piernas que no veas. Le dije a tu madre: “El marqués me echa”.

Jacobo se sentía abatido con la historia que le estaba contando su padre:

–¿Qué pasó al día siguiente?

–Entré en el despacho del marqués y allí estaba ya Juana, muy callada y mirando al suelo. El caso es que el marqués me dijo: “No volváis ninguno de los dos más por mi casa, sinvergüenzas. Y tú –y me miró a mí con cara de odio– mañana por la tarde te quiero ver fuera de la casa que ocupas; si al atardecer sigues allí, mandaré que saquen tu ropa y la de tu mujer y la desperdiguen por los carriles”.

–¿Qué le contestaste?

–No quise rogarle que no me despidiera porque sabía que no iba a servir de nada, pero le dije: “Señor marqués, le suplico que lo piense. Me iré de su casa, pero es que tengo que buscar otra y trasladar lo que tengo allí que es mío”.

–Y te dijo que no.

–Peor… Me dijo: “Vale, Anselmo, lo voy a pensar”. Y se puso a mirar al techo como si estuviera meditando algo, después me miró y dijo: “Ya lo he pensado. Por la tarde no; te vas por la mañana. Como a la hora del almuerzo no esté la casa vacía, mando sacar todo lo que tengas allí tuyo y que hagan lo que te he de dicho”… Y soltó una carcajada que todavía la tengo en la cabeza. Desde entonces he soñado varias veces con esa risotada y me entra una congoja y una apretura en el pecho que no hay manera de que coja el sueño.Jacobo se sentía desolado, triste, indignado. Dudaba de si en ese momento prefería tener palabras para consolar a su padre o una pistola para agotar para siempre la soberbia del marqués. Se le abrió entonces, como una granada, una idea. El tiempo diría si esa granada sería frutal o de mano. Contestó a su padre:

–Papá, siento de corazón que por mi culpa te vieras, primero en la calle y, después, en esos cuartuchos en los que vivíais los dos. Y siento más todavía que mientras vosotros pasábais esas penurias yo, sin saberlo, anduviera de palacio en palacio. Pero afortunadamente todo ha salido bien y vuestra vida de miseria se ha acabado para siempre.

De pronto, se le vino a la cabeza un pensamiento:

–¿Y qué ha sido de esa Juana?

Respondió la madre:

–Pues qué va a ser. Le pasa como le ha pasado a tu padre y a todos los que despide el marqués, que nadie los quiere contratar para no tener que escuchar eso de “Recogedores de mi mierda”.

–Mañana o pasado –respondió Jacobo– iremos a hablar con ella; si necesita trabajo, lo tendrá.

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