Lecturas contra el coronavirus

Jesús Rodríguez

El afinador de fuentes (Capítulo 39. Parte II)

Imagen reciente de la calle Francos, en Jerez, desde su acceso por la plaza Plateros. Imagen reciente de la calle Francos, en Jerez, desde su acceso por la plaza Plateros.

Imagen reciente de la calle Francos, en Jerez, desde su acceso por la plaza Plateros.

Por la tarde, Jacobo fue a visitar a don Rafael Gaztelu. Vivía en un enorme caserón de la calle Francos. Jacobo hizo sonar la campanilla de bronce de la cancela y enseguida apareció un hombre bajito y grueso. Le abrió y con voz honda y ronca, como de ultratumba, perfectamente ajustada al ambiente oscuro y húmedo de la casa, dijo mientras le conducía por el patio:

–Don Rafael le está esperando.

Llegaron ante una puerta y, sin pedir permiso, el hombre giró la manilla:

–Haga el favor de pasar.

Jacobo se encontró con un espacioso salón, de alto techo sostenido por vigas. Las ventanas estaban cubiertas por cortinajes de otomán burdeos, a medio descorrer.

Don Rafael se levantó de su mesa, repleta de legajos y libros, y salió a recibirlo con la mano extendida y la sonrisa franca.

–Me alegro de conocerlo. Tenga la amabilidad de tomar asiento.

Jacobo eligió la silla que tenía más lejos, porque la otra estaba ocupada por una gruesa carpeta. Enseguida apareció el secretario. Acercó al abogado un pliego de papel grueso, que él dobló por la mitad. Mojó la pluma en el tintero y comenzó a escribir el nombre de Jacobo con pulida caligrafía inglesa.Don Rafael era alto y enclenque, y vestía una levita cruzada, que mantenía abotonada. “Un hombre elegante”, se dijo Jacobo.

Una vez escrito el nombre en la carpeta, el secretario, que había permanecido de pie detrás del sillón del abogado, tomó de una mesita auxiliar un secante de madera y metal y lo pasó por encima de lo escrito. Después se despidió respetuosamente de ambos.

Don Rafael inició una conversación trivial. Se tocaba continuamente las gafas, que parecían jugar a deslizarse desde su nariz hasta la mesa. Él corregía ese entretenimiento subiéndolas otra vez, pero ellas volvían a lo suyo. Al principio, a Jacobo le resultó divertido ese juego de las lentes con su dueño, pero pronto empezó a ponerlo nervioso y decidió centrar su mirada en la barba entretejida de canas.

Enseguida le gustó aquel hombre. Tenía un hablar pausado y filosófico. Cuando supo que Jacobo tenía el propósito de adquirir una bodega le recomendó que hablara con un corredor de fincas, amigo suyo.

–Se llama Juan Aragón –le contó– pero todo el mundo lo conoce por ‘El Tabardillo’.

–'Tabardillo' –repitió Jacobo sonriendo–. Qué mote tan curioso.

Don Rafael también sonrió:

–Nadie, yo creo que ni él mismo, sabe dar razón de ese mote –contestó–. Alguien me dijo que, siendo niño, lo llamaba así un vecino porque decía que era muy inquieto, pero se lo he preguntado y él dice que no recuerda esa historia… El caso es que ‘El Tabardillo’ se conoce lo que los demás corredores conocen, pero también lo que no, porque como es muy discreto y serio la gente que quiere comprar o vender reservadamente no busca a otro intermediario que no sea él.

–¿Dónde puedo encontrarlo? –preguntó Jacobo–.

–Si tiene interés y algo de tiempo, aquí mismo. Lo tengo citado para –y consultó su reloj de bolsillo–… dentro de una media hora.

–Lo esperaré. Entretanto, necesito que me asesore acerca de los negocios que me propongo emprender.

Justo media hora después sonaba la campanilla de la cancela.

Al poco asomó por la puerta un hombre.

–¿Se puede? –preguntó–.

–Adelante –respondió don Rafael–. Te estábamos esperando, 'Tabardillo'.

Don Rafael hizo las presentaciones y le explicó al corredor el propósito de Jacobo.

‘El Tabardillo’ tenía pinta de cantaor flamenco: cara renegrida y voz afillada. Sus ojos, sin embargo, no eran de esa negrura rayando en el verde acebuche de tantos gitanos, sino que tenían un color de tonalidad tan idéntica a la de los billetes de veinticinco pesetas que cualquiera podría pensar que se teñía el iris fijando la mirada en los que le pagaban por sus mediaciones. Llevaba en la mano una vara de acacia con empuñadura de plata, que asía por la mitad, como cogen los buenos toreros el estaquillador de la muleta, aunque él se daba un postín que parecía portar el cetro del rey de los chalanes.

Contestó con su voz bronca y áspera:

–Pues mire usted, don Jacobo. Precisamente tengo un encargo muy gordo y muy secreto. Se trata de vender unas viñas muy buenísimas y, si se tercia, hasta una bodega de brandy. El dueño es, mejorando lo presente, muy rico, pero que estará ahora achuchadillo y necesita billetes…

Compuso un gesto grave y siguió:

–Usted comprenderá que no le dé el nombre, pero yo, como don Rafael, estoy obligado al secreto profesional.

A Jacobo le gustó definitivamente aquel hombre tan serio y que tanta importancia le daba a su oficio.

Concertó lo que le acababa de explicar ‘El Tabardillo’ con lo que le había contado don Julián y enseguida supo que se refería al marqués. Lo miró y dijo:

–Se refiere usted al marqués de San Juan de Aliaga.

‘El Tabardillo’ lo miró fijamente y respondió:

–Usted puede que sea mi cliente, pero el vendedor ya lo es. Yo no digo ni que sí, ni que no. Si le interesa a usted el trato se lo digo a él: que le interesa, pues nos vemos los tres; que no quiere dar la cara todavía, pues tratamos el negocio usted y yo, y que él decida.

–Me parece bien, Juan. Y otra cosa: quiero comprar una casa en el centro. Una casa que sea cómoda y luminosa. No me interesa un palacio ni ninguna que resulte demasiado llamativa: uno o dos patios; con pozo o aljibe; balcones con cierros… Una casa de esas como hay tantas por aquí.

–¿Para cuándo la necesita usted? –preguntó ‘El Tabardillo’–.

–Antes de dos meses tenemos que estar viviéndola mis padres y yo.

–Tengo un par de ellas en la cabeza que son mismamente lo que usted acaba de explicar.

–¿Cuándo podemos verlas? –preguntó Jacobo–.

–Mañana por la mañana, si quiere. No tengo –siguió con una sonrisa rebosante de orgullo– que contar con nadie, porque los dueños me han dejado las llaves… Yo lo recojo. ¿Dónde está usted parando?

–En el hotel ‘Los Cisnes’ –respondió Jacobo–. Mañana le espero a las diez en recepción.

–Allí estaré como un clavo –replicó ‘El Tabardillo’–.

Jacobo sonrió y se levantó, despidiéndose de los dos.

–Adiós –contestó don Rafael–.

–Condiós –respondió ‘El Tabardillo’–.

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