Lecturas contra el coronavirus

Jesús Rodríguez

El afinador de fuentes (Capítulo 40. Parte II)

Un vapor en el muelle de Cádiz a finales del siglo XIX. Un vapor en el muelle de Cádiz a finales del siglo XIX.

Un vapor en el muelle de Cádiz a finales del siglo XIX. / Autoridad Portuaria de la Bahía de Cádiz

El conde hizo una pausa y Jacobo advirtió que, a pesar de sus palabras, su mirada reflejaba un gran desánimo. Apareció en ese momento el criado con una bandeja de plata en las manos, sobre la que brillaban una botella de cristal finamente labrado y dos copas.

–Gracias, Ginés. Yo serviré el vino –dijo el conde–.

Cuando el criado se retiró, el conde se dirigió a Jacobo con una sonrisa de dulce tristeza:

–Esta catástrofe económica ha tenido sin embargo su lado positivo, porque nos ha permitido comprobar cuáles de nuestros amigos y empleados sentían por nosotros auténtico afecto y verdadera lealtad. Ginés, por ejemplo, no ha querido dejar la casa, a pesar de que apenas podemos pagarle… Y menos mal que la cocinera tampoco, porque si ese refrán que reza “Barriga llena, no siente pena” es cierto, y tuviésemos que vivir de lo que cocine mi mujer, esta casa sería un mar de lágrimas.

Jacobo sonrió sin alegría. Se sentía apenado por la situación de aquel hombre que con tanta cercanía lo había tratado, aun sin conocerlo. De pronto se le iluminó la cara.

–Ignoraba esa antigua dedicación de su familia al negocio de la importación –dijo–, y me ha venido una idea, conde. Voy a hacerle una propuesta que espero que acepte, aunque solo sea por amistad… Pero antes que nada quiero hacerle una pregunta: ¿Hasta dónde llega su amistad con Dieter von Hassel-Dessar? Él me dijo que era su amigo.

–Amigo no es la palabra. Digamos que lo conozco. Dirige la naviera de su tío, el conde Veszprém-Kaposvár, y viene con cierta frecuencia a la ciudad. Cuando avisa de su llegada todos los prostíbulos se dan prisa por reponer sus existencias del mejor champán. Es simpático, pero un bala perdida… Igual que su padre. ¿Por qué lo preguntas?

Jacobo lo miró con una sonrisa:

–Me tranquiliza saber que no tiene compromisos de amistad con el sobrino del conde Veszprém-Kaposvár… Ahora le explicaré por qué. He venido, además de para saludarlo a usted y a su familia, para firmar la escritura que me otorga la propiedad de la naviera. Por las razones que ahora le contaré, he hecho una permuta con el conde y por ella me corresponde la propiedad de las acciones de la compañía.

–¿La naviera Veszprém va a ser tuya? –le preguntó el conde–. Debes saber que es ya, y podría serlo mucho más, una fuente de riqueza. Es de las más importantes del mundo en el comercio euroamericano, y eso a pesar de que está pésimamente dirigida. Pero cómo…

Jacobo le hizo un relato resumido de sus viajes, así como de su invento y la riqueza que le había generado.

El conde lo miraba atónito. Cuando terminó dijo:

–Pero, entonces, eres un hombre tremendamente rico.

–Y quiero que usted me ayude a mantener esa riqueza –respondió Jacobo sonriendo–. Me gustaría convertirle en socio de la naviera… ¿Un veinte por ciento le parece bien?

El conde no sabía qué responder. Se había quedado atónito ante la propuesta de Jacobo.

–No aceptaré tu propuesta –contestó al fin, con evidente turbación–. Agradezco de corazón tu generosidad y te ayudaré desinteresadamente en todo lo que pueda, pero…

–Perdone, conde –le interrumpió Jacobo–, pero no se trata de generosidad puesto que no le estoy regalando nada. Esa participación en la naviera que le ofrezco no es un regalo, sino la contrapartida a su trabajo como administrador de la compañía. Piense que no sé absolutamente nada de importaciones o exportaciones, en tanto que usted tiene una larga experiencia… Y lo que es todavía más importante para mí: salvo usted, no conozco a nadie que me inspire la suficiente confianza como para poner en sus manos mi empresa.

El conde seguía mostrándose reacio a aceptar el ofrecimiento. Jacobo tuvo entonces una idea: le hizo ver que en cuanto el banco conociera que era socio y administrador de la naviera aceptaría concederle, no lo solo la ampliación de los plazos de los préstamos, sino una rebaja de los intereses.

–No tendrá que hacer ningún esfuerzo para conseguirlo –siguió–. Sus banqueros saben que todo el dinero que mueva el negocio se va a ingresar en las cuentas corrientes de la sociedad… Y ya nosotros nos encargaremos de que sepan también que la decisión de en qué bancos se van a abrir esas cuentas y durante cuánto tiempo se mantienen los saldos, dependerá solo de usted.

Al conde se le disiparon todas las dudas. Sellaron el acuerdo con un abrazo y el conde acompañó a Jacobo hasta la notaría para escriturar, tanto lo establecido por el conde Veszprém-Kaposvár como lo pactado entre ellos.

Una vez firmadas todas las escrituras, el conde insistió a Jacobo para que se quedara a almorzar en su casa, pero Jacobo declinó amablemente la invitación diciendo que sus padres lo estaban esperando.

–Acepto muy gustoso su invitación –dijo–, pero para dentro de dos o tres días. No podemos demorar más tiempo la visita a los empleados de la empresa y los clientes más importantes… Además, quiero tratar con usted un asunto que tiene mucho interés para mí... Me estoy refiriendo a la fuente de su jardín.

El conde, que ya conocía los logros de Jacobo con las fuentes, asintió sonriendo. Se despidieron con otro abrazo y Jacobo se marchó en dirección al puerto.

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