Lecturas contra el coronavirus

Jesús Rodríguez

El afinador de fuentes (Capítulo 41. Parte II)

Recreación del despacho de un banquero del siglo XIX (Exposición BBVA). Recreación del despacho de un banquero del siglo XIX (Exposición BBVA).

Recreación del despacho de un banquero del siglo XIX (Exposición BBVA). / EFE

Jacobo tenía que ir a casa de don Rafael, pero le pareció que rechazar aquella copa podía ser considerado un desaire por los vendedores… La verdad, sin embargo, es que los vendedores estaban deseando llegar al banco para ingresar la parte del precio, recibido en efectivo metálico, pero pensaron que decir que no, quizás pudiera considerarse como una falta de cortesía hacia el comprador. Solo ‘El Tabardillo’ no tenía otra prisa que la de beberse el vino.

Una vez apuradas las copas, todos se despidieron. Jacobo se dirigió a casa del abogado.

–Perdón, don Rafael –se disculpó nada más entrar en su despacho–, pero me ha entretenido ‘El Tabardillo’, se empeñó en que aquí un trato no acaba con la firma ante el notario, sino hasta que los firmantes se beben una copita juntos.

–Si hay ocasión de tomar una copa, ‘El Tabardillo’ no la desaprovecha nunca, aunque se tenga que inventar una costumbre… Que en este caso no es invento, ya que… Pero, bueno. Vamos a lo que nos ocupa: el marqués está en la ruina.

Jacobo no se sorprendió. Ya conocía la afición al juego y a lo que no era el juego del padre de Mencía.

–No me extraña –dijo–, pero los conceptos de pobreza y riqueza son relativos, porque depende de la fortuna de quien los emplea. Cuando me habla de pobre, qué quiere decir.

–Tiene razón, pero yo no he hablado de pobre o de rico, sino de ruina. Alguien puede tener el enorme patrimonio del marqués, pero si debe más de lo que vale ese patrimonio está técnicamente arruinado. Esta es exactamente su situación: adeuda al banco más del valor que poseen sus bienes.

–¿Y sabe el importe de ambos? –preguntó Jacobo–.

–Sí. Y también que no ha amortizado apenas nada de los préstamos que pidió, porque no paga las hipotecas desde hace casi un año… Aunque lo más grave no es eso, sino lo que le he contado antes: el importe de las cargas que soportan sus bienes supera al del valor real de ellos. El marqués debió de mover sus hilos en el consejo de administración y los consejeros dieron por buena la sobrevaloración que presentó.

–¿Y no puede ser que su fuente de información esté equivocada?

–No. Son prácticamente infalibles: el registro de la propiedad… y el propio banco.

–¿Qué me aconseja entonces que haga?

–Le voy a decir lo que yo haría. Cuando alguien compra un bien gravado con una hipoteca, al pagar el precio debe detraer de lo convenido la cuantía del préstamo pendiente de amortización; sin embargo, como en el caso que nos ocupa el valor de los bienes es inferior al importe de sus cargas, resulta que, en realidad, es el marqués quien debería pagarle a usted por quedarse con ellos.

–En definitiva –le interrumpió Jacobo–, que usted me aconseja que no compre los bienes del marqués.

–No, yo le aconsejo que los adquiera, pero no comprándoselos a él.

Jacobo se lo quedó mirando perplejo.

–Perdóneme, don Rafael, pero no le entiendo –contestó–. Si, como usted dice, el valor de los bienes del marqués es inferior al de la deuda que garantizan, su negocio vale menos que cero, ¿no es así?

–Pues no, don Jacobo. Un negocio es mucho más que bienes materiales, ya que también forman parte de él otros elementos que incluso pueden valer más que ellos. Piense usted solo en lo que le costaría, en tiempo y en dinero, hacer una clientela como la que tiene el marqués en todo el mundo o crear una marca tan prestigiosa y tan vendida como la de su brandy. Solo la clientela y la marca valen más que sus viñas, sus cascos de bodega y sus botas juntos. Por eso le aconsejo que compre su negocio.

–Me parece que ya sé por dónde va. Se refiere a que en lugar de comprar los bienes del marqués compre las deudas que mantiene con el banco, ¿no?

–Exactamente. Si me autoriza, mañana mismo puedo empezar las gestiones. Yo también tengo mis hilos, aunque seguramente no me harán falta porque la cosa es sencilla: el banco siempre va a preferir un cliente solvente, que es el caso de usted, que a un moroso como el marqués… Aunque, por mi experiencia con los bancos, le voy a dar un aconsejo: antes de hablar con el director abra usted una cuenta y haga un depósito, como mínimo, del importe de la deuda del marqués. Después, todo será coser y cantar.

–Muy bien –respondió Jacobo–. Mañana mismo pasaré por la notaría de don Antonio para otorgarle a usted un poder que le permita abrir una cuenta a mi nombre. Una vez abierta, actuaré conforme me vaya aconsejando.

–Para poder seguir mi plan necesitaría que me otorgara también un poder para presentar pleitos en su nombre.

–Cuente con ello.

Se dieron la mano y Jacobo se marchó en dirección al hotel. Pensaba que no había tenido mal tino don Julián al recomendarle a aquel abogado.

Cuando llegó al hotel se dirigió hacia el bar a esperar a sus padres para comer. La barra estaba ocupada por tres hombres elegantemente vestidos que no paraban de gastarse bromas entre ellos.

Se sentó en una mesa con vista a la calle, pidió una copa de amontillado y se entretuvo mirando a los paseantes. Advirtió que, tras servírsela, el camarero cuchicheaba con uno de los tres que estaban en la barra.

Él siguió entretenido mirando a los transeúntes hasta que escuchó una voz:

–¿Tú eres el mierda que le ha quitado la suite a mi padre?

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