Lecturas contra el coronavirus

Jesús Rodríguez

El afinador de fuentes (Capítulo 50. Parte I)

Fotografía de un juicio en el siglo XIX. Fotografía de un juicio en el siglo XIX.

Fotografía de un juicio en el siglo XIX.

El juzgado era un edificio noble transformado en oficina. Solo eso –un espacio con despachos– es lo que los asiduos llaman pomposamente “Palacio de Justicia”. Éste fue palacio en su día, pero ahora no era más que un viejo caserón, fatigado por gente entrando y saliendo sin tregua.

Nada más bajarse del coche en que lo habían conducido hasta allí, sentado entre dos guardias, vio a don Rafael.

–¿Ha traído el decreto? –preguntó Jacobo con gesto de ansiedad, mientras subía las escaleras–. Al juez no le puedo decir las cosas que le dije a ese sargento.

–Tranquilo –contestó el abogado–, usted solo responda negando cualquier acusación.

Al cruzar el pasillo vio, sentados en un banco, al padre de Mencía, al conde de Henestrosa y a su hijo, al notario y al director del hotel Los Cisnes.

A él lo sentaron en otro. El juez advirtió a su abogado que no podría comunicar con su cliente hasta que no se le tomara declaración. Un rato después, un agente pronunció su nombre.

Entró en la sala. Jacobo nunca había estado en la sala de vistas de un juzgado y le impresionó la seriedad que inspiraba su decoración. Sobre el estrado, en forma de “u”, aparecían tres mesas; la del centro, estaba destinada al juez y al secretario judicial; las situadas a izquierda y derecha, la ocupaban las partes acusadoras y la defensa, respectivamente. Debajo del estrado, filas de bancos. En el primero, dedicado a los acusados, se sentó Jacobo.

Se abrió una puerta y aparecieron el juez y el secretario. Se sentaron en la mesa central del estrado y el juez dijo:

–Vamos a practicar indagatoria y testifical para decidir sobre la situación personal del detenido. Comienza la vista…

Se dirigió a Jacobo y dijo: “Haga el favor de levantarse, que le voy a informar del motivo de su detención”.Jacobo se puso en pie.

–Se le acusa –dijo en tono grave– de haber cometido el delito previsto y penado en el artículo 345 del Código Penal: uso y atribución pública de título que no se posee, ¿Cómo se declara?

–Yo no he cometido ese delito del que se me acusa, señoría.

–Bien, se declara inocente. Conteste a mis preguntas; después, a las del fiscal y la acusación particular que ejercen contra usted el conde de Henestrosa y su hijo y el marqués de San Juan de Aliaga; por último, a las de su defensa.

El juez le preguntó si era cierto que se había titulado públicamente marqués de Fuentes y él lo negó.El fiscal y el abogado del conde y el marqués le insistieron machaconamente para que reconociera que lo había hecho en varias ocasiones, pero él mantuvo la misma respuesta.

Al fin dijo el juez:

–Que pase el señor notario.

Don Antonio entró con su grave ademán de procónsul o abad mitrado y el juez le preguntó:

–Señor notario, en la escritura de compraventa que usted otorgó figura, junto al nombre el detenido, el título de marqués de Fuentes. ¿Se nombró él con ese título?

–Cuando se me ha comunicado el motivo de mi presencia aquí –respondió el notario–, he estado repasando mentalmente el acto de la firma de la escritura de la que se me habla, y debo decir que el detenido nunca dijo en mi presencia ser el marqués de Fuentes, sino que fue el corredor que intervino en la compra quien lo hizo.

El juez dio la palabra al fiscal, que no quiso hacer preguntas, y después al abogado de la acusación particular, que preguntó:

–Diga ser cierto, don Antonio, que el detenido firmó la escritura conociendo que junto a su nombre aparecía el título de marqués de Fuentes.

–No es así –respondió–. La secuencia de los hechos fue la siguiente: leí la escritura a las partes, sin que figurase en ella el título que usted dice; firmaron y, después de rubricada por mí, el oficial corrigió, por mi indicación, la omisión del título. Por lo tanto, lo que dice usted no es cierto.

El notario salió tras despedirse protocolariamente del juez inclinando la cabeza. La luz que entraba por la ventana hizo brillar su calva de sol albino.

Después, fueron pasando a declarar el hijo del conde de Henestrosa, el propio conde y el marqués. Se veía a leguas que los tres habían ensayado su declaración, pero ninguno pudo afirmar que Jacobo se hubiera intitulado ante ellos marqués de Fuentes. Todos, sin embargo, usaron idénticas palabras:

–No lo dijo expresa, pero sí tácitamente, porque no me rectificó cuando yo lo llamé marqués de Fuentes.Por fin llamaron al director del hotel.

Una vez que le tomaron sus datos personales, el juez lo miró y le hizo una sola pregunta, directa y clara:

–¿El detenido se presentó ante usted llamándose marqués de Fuentes?

El director recogió todas las miradas porque se quedó en silencio.

Al oír la pregunta, Jacobo sintió un sobresalto. Se sintió despavorido recordando que cuando entró en su despacho para pedir habitaciones para sus padres y para él se había presentado con su título.

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