Lecturas contra el coronavirus

Jesús Rodríguez

El afinador de fuentes (Capítulo 54. Parte I)

Rueda de un coche de caballos rojo. Obra del pintor jerezano Juan Ángel González de la Calle Rueda de un coche de caballos rojo. Obra del pintor jerezano Juan Ángel González de la Calle

Rueda de un coche de caballos rojo. Obra del pintor jerezano Juan Ángel González de la Calle

A las siete de la mañana en punto llegaba un coche de caballos a la puerta de la casa de don Gervasio. Él, que ya lo esperaba, se subió de un salto. Allí estaba ‘El Tabardillo’ con el gesto tenso.

–Cochero, a la parada de coches de Rompelasdueñas –dijo en cuanto se acomodó don Gervasio a su lado–.

–¿A Rompelasdueñas, Tabardillo? –preguntó el cochero extrañado–. En esa parada solo hay ilegales.

–Ya, pero llévanos hasta allí lo más rápido que puedas.

El cochero arreó a los caballos. La carrera duró poco porque a esa hora apenas había tráfico. Solo se veían grupos de trabajadores caminando a paso rápido.

Llegaron a la parada y despidieron al cochero.

Se veían cinco coches colocados en fila, aunque a todos los vigilaba un solo cochero. Los demás esperaban en la taberna de enfrente a que llegara alguien demandando un servicio. Los clientes de aquella parada eran invariablemente gente pobre que carecía del dinero suficiente para contratar un coche legal, cuyo precio casi duplicaba al de estos.

Don Gervasio y ‘El Tabardillo’ recorrieron la fila. Tres de los coches lucían sus cajas pintadas de rojo. Entraron en la taberna y preguntó ‘El Tabardillo’ en voz alta:

–A los buenos días, ¿De quiénes son los coches rojos?

Uno de los hombres, después de beberse de un trago su vasuco de anís, respondió:

–Buenas, Tabardillo. El primero que tiene salida es el mío; los otros dos, son de éstos.

Y señaló a dos hombres, que los miraron de reojo.

–Estamos buscando a un cochero –dijo ‘El Tabardillo’– que recogió el otro día en una casa de la calle Alquiladores a una mujer gorda. Es fácil acordarse de ella, porque llevaba un paquete bastante grande.El mismo que había contestado dijo, mientras engullía un altramuz y señalaba al camarero el vaso vacío:

–Yo fui el que la llevó. Me acuerdo porque me metía mucha prisa. Ahora, Tabardillo, a mí no me pareció gorda. Jamona sí, pero gorda…

–Pues le ruego que haga memoria de dónde la dejó –contestó don Gervasio–. Es muy urgente que hablemos con ella.

–Eso mismo, Remolinete –confirmó ‘El Tabardillo’ –. Dinos dónde está su casa y déjate de calentarnos la cabeza con eso de la diferencia entre gorda y jamona.

‘El Remolinete’ cogió otro altramuz y se lo metió en la boca. Sonrió y dijo:

–Hombre, Tabardillo, ya sabes que la yegua que tira de mi coche tiene mejor memoria que yo. A veces le tengo que preguntar a ella que dónde está una calle… A ver si tenéis algo por ahí en los bolsillos que me la refresque.

Los demás rieron la gracia. ‘El Tabardillo’ se lo quedó mirando y respondió:

–Ya que hablas de yegua, a ver si te sirve esto que te voy a preguntar para refrescarte la memoria: ¿qué crees tú que dirá la Trini, tu mujer, si se entera de que no es la de tu calesa la única yegua que montas, sino que en la calle la Chanca tienes otra, no de pelo tordo como la de tu coche, sino zaíno y recogido en un rodete?

–Hombre, Tabardillo –contestó él–. Eso es una puñalada trapera.

–Pues le voy a hacer yo otra pregunta –dijo don Gervasio–. ¿Qué cree usted que dirá el concejal de Circulación cuando yo le cuente que los cocheros de Rompelasdueñas, además de que sus coches circulan sin matrícula, se entretienen, entre viaje y viaje, en darle bajones a las botellas de anís de la taberna que está enfrente de la parada? Ya sé que lo de la falta de matrícula lo sabe, aunque haga la vista gorda, pero lo de que os saltáis a la torera la ordenanza que prohíbe beber alcohol a los cocheros, bajo pena de multa y precinto del coche, seguro que no tiene ni idea.

El resto de los cocheros miraron alarmados a ‘El Remolinete’, que escupió al suelo el altramuz que tenía en la boca y dijo:

–Vale, os lo voy a decir. Pero que quede claro que lo hago porque dicen ustedes que es cosa urgente y no quiero que se diga que ‘El Remolinete’ no tiene conciencia. Les llevaré en mi coche… Eso sí, la carrera la cobro.

Apuró el vaso de anís, salió y se subió de un salto al pescante del coche. Don Gervasio y El tabardillo lo hicieron en el asiento de atrás.

–Métele látigo, Remolinete, que tenemos bulla y nos has entretenido mucho con tus tonterías –apremió ‘El Tabardillo’–.

Cruzaron la ciudad hasta El Olivar del Rufián, un suburbio formado por viejas casas de vecinos, aunque de fachadas relucientes de cal. El cochero paró delante de una de aquellas casas. Volvió la cabeza y dijo:

–Entró en esa, Tabardillo.

Se bajaron los dos. La cancela del zaguán estaba cerrada. Un perro empezó a ladrar y enseguida llegaron otros dos. Iniciaron un concierto de ladridos que hizo que los vecinos se asomaran alarmados.

–Venimos a hablar con Josefa, la que trabaja en casa del que le compró la bodega al marqués de San Juan de Aliaga –dijo ‘El Tabardillo’–.

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